Infortelecom

Noticias de raul alfonsin

25-10-2019 | Fuente: abc.es
Fernández cierra la campaña entre lágrimas y Macri pletórico
Lágrimas en uno y al borde de la afonía el otro. Alberto Fernández (Frente de Todos), el favorito con una diferencia meteórica de no menos de 15 puntos, según los sondeos, sobre Mauricio Macri (Juntos por el Cambio) se despidió de la campaña con un rostro, el de la emoción, desconocido. La cara opuesta es la que ofreció el actual presidente de Argentina, el hombre al que se da como irremediable perdedor, se mostró exultante y arrollador. A la vista de las imágenes, las primeras en Mar del Plata y las últimas en Córdoba, parecería que el favorito era el segundo y el primero, el del furgón de cola. En el último día de los cierres de campaña había otra protagonista que ha estado prácticamente ausente de la campaña. La expresidenta, Cristina Fernández, no asistió a ninguno de los debates de su «compañero de fórmula» y su participación en el proceso electoral, en la mayoría de las ocasiones, quedó reducida a la presentación (reiterada) de su libro, «Sinceramente», un «relato» donde aprovecha para pulir el pedestal de la autoestima y ajustar cuentas con sus enemigos. Ella, la nueva «Cristina», salió al escenario para hablar 10 minutos, los establecidos y, sorpresas de la historia, no se apartó un segundo del tiempo programado. «Alberto fue el jefe de Gabinete del proyecto político que le devolvió la dignidad a los argentinos en el 2003, del gobierno que le pagó al FMI la deuda que arrastrábamos desde 1957 y del que comenzó a reconstruir el salario». Hablaba, naturalmente, de Néstor Kirchner. Demasiado para un candidato que hasta hace dos días y menos, no existía en el espectro electoral. Pucheros y lágrimas desdibujaron el rostro del otro Fernández. Lejos de la liturgia peronista, el mitin fue un reflejo de orden, coordinación y contención. No hubo un detalle librado al azar. Mar del Plata, el balneario que un día fue el espacio de las familias de doble apellido de Argentina escuchó de labios de su virtual presidente, según los sondeos, la historia que le llevó a ese lugar. «Un día me llamó Cristina y me dijo: Alberto, es tu turno». Como si fuera un sacrificio, completó: «Uno, que es un militante, se sacó el saco (chaqueta) del que opera por la unidad y se puso el saco del que tiene que conducir este tiempo». Declarado peronista convencido, Fernández (fue compañero de filas del exministro liberal Domingo Cavallo), como en otras ocasiones, mencionó al expresidente radical Raúl Alfonsín, el hombre de la transición de la dictadura (1976-83) a la democracia en Argentina que, por supuesto, estaba en los antípodas del peronismo. «Como Alfonsín, vamos a aplicar la ética de la solidaridad. A aquel que se cayó del pozo vamos a tenderle la mano para que vuelva a estar con nosotros? Nos vamos a ocupar de sacar del lugar en el que han quedado los cinco millones de pobres que ha dejad Macri». La viuda de Kirchner, maquillada de moderada con auténtica habilidad, lanzó el mensaje clave: «No hay que silbar ni gritar, ni insultar. Hay que votar». La emoción, la palabra definitiva, tiene en los Fernández un nombre español: Antoni Gutiérrez-Rubi. En el de Mauricio Macri, el hombre entre bambalinas que piensa, delimita, inventa y ajusta es el ecuatoriano, Jaime Durán Barba. Cerebro detrás de la carrera política del presidente de Argentina, desde sus tiempos de Boca Junior, decidió sumar al estrado y a exprimir en campaña a Miguel Angel Pichetto. El candidato a vicepresidente, el peronista «razonable», liberal y genuíno, ha tenido, peso propio y hasta protagonizado spots unitarios, algo sin precedente. «No queremos la reforma de la Constitución, ni de la patria de Grabois (Juan, que propone expropiar tierras) con su reforma agraria. Ni que se ocupen los inmuebles urbanos desocupados. Ni la violencia que se vio hoy en Tucumán», donde se libro una batalla campal entre kirchneristas por ocupar espacios. Dicho esto, añadió, «Nuestra propuesta no hace apología de la pobreza, nosotros vamos a integrar a la Argentina al mundo y no con la Venezuela de Maduro, ni con Cuba», sentenció. Macri, con su mujer, Juliana Awada, repitió la cábala, como hace cuatro años, de cerrar en Córdoba, motor de la industria argentina. «Acá empezó, no me lo voy a olvidar más», arrancó rodeado de miles y miles de cordobeses. La imagen de esa multitud desbordante resultaba más que sorprendente en el acto de un hombre al que la totalidad de los sondeos le dan por incapaz de lograr un balotaje y mucho menos su reelección. El «mea culpa» se expuso: «Sin querer, dejamos un espacio vacío y lo ocuparon aquellos que quisieron ir por todo. Aquellos que también intentaron ir por nuestra libertad. Pero por suerte, nos despertamos y empezamos a levantar la voz juntos hasta llegar a gritar que hasta acá llegaron. Nos dimos cuenta que el verdadero poder lo tenemos nosotros. Los que salimos a trabajar todos los días para sacar adelante el país». Libertades y derechos versus promesas de mejora de economía por parte de aquellos que antes la destruyeron fue uno de los mensajes. El ajuste de los argentinos y la inflación se presentaron como algo terminado en el Gobierno de Macri. «Viene otra etapa», aseguró. Entusiasta, reflexionó: «No nos equivocamos cuando dijimos que el cambio es posible. Ni cuando dijimos que juntos somos capaces de encarar cualquier desafío. Y demostramos que se puede gobernar sin generar odio, que se puede dialogar buscando creativamente generar trabajo, que se puede hacer política sin clientelismo y tratando igual a los adversario como a los amigos». Entre la costa de Mar del Plata y las montañas de Córdoba se puso punto y final a la campaña, dos discursos y dos candidatos, lejos en la distancia y en el contenido del uno y del otro.
20-10-2019 | Fuente: abc.es
Medio millón de personas le dicen a Macri «yes, we cat»
Algunos lo comparaban con el histórico cierre de campaña de Raúl Alfonsin en 1983. Otros, con la euforia de las «barras» de Racing, el club de fútbol que festeja casi más cuando pierde que cuando gana pero el protagonista del mitin, el presidente Mauricio Macri, prefirió apuntar a lo que verdaderamente hay en juego en las elecciones del próximo domingo: «Se define cómo vamos a vivir, nuestro presente y nuestro futuro por muchos años». Luego, entusiasta, aseguró: «Vamos a dar vuelta este país para siempre? Sí, se puede». Era la manifestación «del millón» (acudieron en torno a 500.000) que no se rinde aunque no haya un sondeo que permita pensar que la reelección de Macri es realista. En la Avenida 9 de julio, emblema de la capital argentina, una alfombra de miles de personas se extendió hasta el Obelisco. Fue la mayor demostración de fuerza de una campaña con manifestaciones en las principales ciudades del país y en el extranjero. En el caso de Madrid, el actor Luis Brandoni fue el maestro de ceremonias. Los de dentro y los de fuera confían en reconquistar los cuatro millones de votos que necesitan para evitar lo que hoy parece inevitable, el regreso al poder del kircherismo con Alberto Fernández como titular de la papeleta presidencial y Cristina Fernández de vicepresidenta (Frente de Todos). «Son valores, principios que no se pueden entregar. Si perdemos lo hacemos sin ponernos de rodilla». «No nos van a humillar en las urnas. Si toca ser oposición lo haremos pero con fuerza y representación. No es lo mismo perder con 40 por ciento que con 30». Las explicaciones del por qué ir a un acto del que se da por perdedor, las pronunciaban dirigentes históricos de la UCR (Unión Cívica Radical), representantes de la Internacional Socialista, ex ministros o jefes de servicios de inteligencia que apostaban «por la democracia». También, jóvenes militantes dispuestos a estar en primera línea de la política porque, «nada es eterno». Y después, en unos años, sueñan con ser ellos los que tengan el poder. Mauricio Macri se dejó abrazar y arropar por un gentío con el que ahora es capaz de fundirse. Las cámaras de las pantallas le enfocaban pero no recogían los rasguños en las manos ni los dedos enrojecidos de tantos apretones. No llegó a besar los pies a una jubilada como hizo en la provincia de Tucumán pero se ve que, por fin, disfruta de la masa, del fervor y del cuerpo a cuerpo sin angustia. Es la recta final de su mandato y de la campaña y es ahora donde, tarde, se envuelve en la mística de los líderes que hacen historia, aunque sean derrotados. «Esto va de derechos y libertades, de democracia», insisten en el escenario. Los pesos pesados de la coalición Juntos por el Cambio estaban firmes ante el desafío y los malos pronósticos. El jefe de la ciudad de Buenos Aires (gobernador), Horacio Rodríguez Larreta, fue el primero en tomar la palabra. Su reelección es lo único que parece seguro en una formación que defraudó a la ciudadanía y a sí misma. Buenos Aires es el bastión y el origen del Pro, el partido de Macri que se fundió en Cambiemos. Una imagen resultó difícil de explicar. María Eugenia Vidal, la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, estaba, con los pies en el asfalto, apoyada en una valla. La gran promesa política de hace cuatro años, la revelación de una mujer con genuina vocación y talento para la política, se hizo trizas en las primarias de agosto y prefirió estar más cerca de la gente que de los suyos. El verdugo de su infortunio en las urnas fue el ex ministro Axel Kicillof, kirchnerismo en estado puro con ADN de la Cámpora, el poder real en la Argentina que prepara la madre de Máximo Kirchner. Los que tiene experiencia en las arenas de la política estaban en la calle por orgullo, por dignidad y los que su día a día está lejos del Congreso o de la Casa Rosada lo hacían, «porque vamos a dar vuelta a la elección», insistían repicando la frase de Macri. El presidente de lo que parece será una transición hacía atrás y no hacía adelante, se revolvía: «No nos vamos a quedar callados, viendo cómo nos roban el futuro con el dedito (en alusión a Alberto Fernández), con el atril (por Cristina Fernández), con canchereadas (prepotencias), con soberbia y esa forma de concebir el poder que muchos argentinos rechazamos». Pletórico advirtió a los derrotistas: «Tengo siete vidas pero con Pichetto a mi lado tengo 8», proclamó en agradecimiento al senador peronista que sumó como candidato a vicepresidente. Ese es el hombre cuya misión es lograr alcanzar lo inalcanzable, recuperar el favor del votante peronista que no es un fanático de «Cristina», como todos se refieren a la viuda de Néstor Kirchner. Macri, orgulloso de ser el «gato», insulto trasformado en lema de campaña, demostró que sabe dar zarpazos y está dispuesto a seguir. Hoy domingo, en el último debate tendrá otra oportunidad. Los suyos lo llevan impreso en la camiseta con humor, «Yes, we cat».
14-08-2019 | Fuente: abc.es
Alberto Fernández, el camaleón político que medró a la sombra de los Kirchner
«Yo, si fuera presidente, escucharía al presidente electo, porque por algo lo han elegido». Alberto Fernández pronunció estas palabras después de arrasar, con el 47% de los votos, en las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias). Fue el candidato más votado el pasado domingo y el único que se presentaba, con Cristina Fernández de aspirante a vicepresidenta, por la coalición Frente de Todos. No fueron unas elecciones presidenciales, ni siquiera una primera vuelta, pero él ya se siente «presidente electo» y se presenta con ese título al mundo y a la Argentina. El terremoto de la Bolsa, la subida meteórica del dólar y el «riesgo país» rompiendo techos históricos (1.709 puntos, el máximo en diez años), tienen una lectura de rechazo a «los Fernández», aunque Alberto, a micrófono abierto, se la adjudique a Mauricio Macri. «Dice que soy el responsable de todos sus males, pero él es el responsable de lo que sucede», aseguró a los periodistas María O?Donnell y Ernesto Tenembaum. En ese contexto, el hombre que ahora tiene todo que agradecer a Cristina Fernández tuvo reflejos para enviar un mensaje expreso de tranquilidad a los mercados: «No voy a declarar la cesación de pagos, ni siquiera caer en ?default?». El Fernández ganador modificó veloz sus palabras de días previos donde anunciaba que como presidente pagaría a su antojo las tasas de las Leliq (Letras de Liquidez). En cuanto a la divisa estadounidense, que hasta hace nada y menos consideraba que estaba baja, optó por no meterse en ese barro de la cotización meteórica y confesar cuál sería el valor justo. Un hábil estratega El tiempo es oro de aquí al 27 de octubre. El peronista que se fue y volvió al kirchnerismo, pero ahora dice que guarda «enorme distancia» con los que representa y de modo implícito con la mujer que le puso en la papeleta, es un ejemplo de cómo decir una cosa y otra distinta sin perder a sus leales. O, en rigor, sin que el kirchnerismo le abandone. Si su pareja de baile electoral no fuera «ella», lo habrían arrojado sin remilgos a la cuneta. Lo harían los mismos que le llamaron «traidor» y ahora se abrazan a él como un solo hombre. Astuto y calculador, este abogado de 60 años es hábil en la creación de «relatos», en adaptar su discurso para beneficio propio y en diseñar estrategias de campaña exitosas. Fue el cerebro de la que llevó a la Presidencia a Néstor Kirchner en 2003 y su mano derecha como jefe de Gabinete de Ministros en su Gobierno. En el siguiente de su viuda no logró echar raíces. En los ocho meses que estuvo de «ladero» fue decisivo para que «Cristina» no dimitiera, como le exigía su marido, después de perder «la guerra con el campo» por un intento de aumento de impuestos. En el dique seco desde julio de 2008, terminaría transformado en un feroz crítico de su exjefa, algo que no hizo con los presidentes de las anteriores administraciones donde logró otros cargos (técnicos). Los más importantes, subdirector general de Asuntos Jurídicos en Economía con Raúl Alfonsín y superintendente de seguros de la Nación con Carlos Menem, hasta 1995. En busca de un lugar en el mundo de la política, en 2010 fundó el Partido del Trabajo y la Equidad (PARTE), un espacio sin presente ni futuro. Tres años más tarde se sumó a las filas de su sucesor en el Gobierno de CFK, el peronista Sergio Massa (Frente Renovador), el hombre que asestó el mayor varapalo electoral en las legislativas a Cristina Fernández y que parecía perfilarse como el futuro presidente. Por entonces, Alberto declararía: «El kirchnerismo ha muerto, esto es una iglesia del cristinismo». Con el GPS en permanente ajuste político para encontrar el camino de regreso al poder, Alberto Fernández volvió a tender puentes con el kirchnerismo/cristinismo el año pasado. Nunca más volvió a pronunciar frases como «Cristina tiene una enorme distorsión de la realidad» o «el peronismo fue patético con Cristina». Ella fue la que anunció que sería su segunda en las elecciones, aunque muchos estén seguros de que será la primera. «Mi candidatura no es testimonial. Yo soy un dirigente político. Ni Cristina es Perón ni yo soy Cámpora», se defiende él en alusión a las elecciones en las que Héctor Cámpora se presentó de testaferro político del general Juan Domingo Perón. Dicho esto, después de conocer los resultados de las primarias advirtió: «El que piense que no voy a escuchar a Cristina está loco». Hablaba, naturalmente, como «presidente electo».
13-08-2019 | Fuente: abc.es
Alberto Fernández, el «tipo común» que hizo las paces con Cristina para ganarle a Macri
Mano derecha de Néstor Kirchner y posterior enemigo de su esposa, Cristina Fernández, una inesperada jugada llevó a Alberto Fernández a aceptar reconciliarse con ella y pujar por ser el próximo presidente argentino con una promesa: sacar al país de la crisis, como ya se vanagloria haberlo hecho en 2003. Nacido en Buenos Aires hace 60 años, este peronista, amante de la guitarra y de pasear a su perro Dylan, fue en la noche del domingo el candidato más votado en las primarias presidenciales, con el 58,7 de voto escrutado, superando por 15 puntos al jefe de Estado, Mauricio Macri, a quien buscará dar el órdago final en las elecciones generales del 27 de octubre. «Hoy soy candidato a presidente y junto a Cristina voy a ordenar el caos que nos están dejando», cuenta Fernández en un vídeo de la campaña electoral, que ha estado marcada, al menos en los discursos de los principales postulantes, por la maltrecha situación económica del país, en recesión desde 2018. Atraído por la política desde los 14 años, Alberto -como todo el mundo le conoce, al estilo de «Néstor» o «Cristina»- se introdujo en el ámbito partidista a principios de los 80, con la última dictadura (1976-1983) agonizando y mientras estudiaba Derecho en la Universidad de Buenos Aires, carrera que terminó con éxito. Tras liderar la juventud del Partido Nacionalista Constitucional, ya en 1985, con Raúl Alfonsín como primer presidente de la actual democracia, fue designado subdirector General de Asuntos Jurídicos del Ministerio de Economía y, cuatro años después, el Gobierno del peronista Carlos Menem le nombró superintendente de Seguros de la Nación, puesto que ocupó hasta 1995. También fue presidente de la Asociación de Superintendentes de Seguros de América Latina. Ya distanciado de Menem, y luego de ocupar otros cargos públicos, Fernández comenzó el siglo XXI como diputado en Buenos Aires y fue uno de los primeros dirigentes capitalinos que se acercaron a Kirchner, quien desde 1991 era gobernador de la sureña provincia de Santa Cruz. Alberto formó parte del «Grupo de Calafate», llamado como esa ciudad santacruceña, que tuvo como fin apoyar primero la candidatura presidencial del también peronista Eduardo Duhalde y más tarde la del propio Kirchner. Pero la renuncia en 2001 del radical Fernando de la Rúa por la peor crisis económica y social que ha vivido Argentina aceleró los acontecimientos y llevó a Duhalde a ocupar la jefatura de Estado de forma provisional. Hasta que llamó a elecciones en 2003 y el gobernador de Santa Cruz, que había confiado en Fernández la jefatura de su campaña, acabó ocupando la Casa Rosada. Desde entonces y hasta 2008, el matrimonio Kirchner y su acólito, al que Néstor nombró jefe del Gabinete de Ministros, fueron carne y uña, al tiempo que el país empezaba a crecer y dejar atrás la dura hecatombe del «corralito». En esa primera etapa kirchnerista, Fernández acumuló altas cuotas de poder. Clave fue su participación en las negociaciones para cancelar en 2005 la deuda de casi 10.000 millones de dólares que el país arrastraba con el Fondo Monetario Internacional. Pero el principio del fin para la idílica relación llegó a finales de 2007, con la victoria de Cristina Fernández. Todo se desplomó cuando el 16 de julio de 2008, el Senado, con el decisivo voto del entonces vicepresidente argentino, Julio Cobos, vetó un incremento de impuestos agrarios propuesto por el Ejecutivo. Solo una semana después, Alberto Fernández renunciaba al cargo. Los varios meses de huelgas y manifestaciones de productores agropecuarios contra esos impuestos habían desgastado profundamente su figura y pusieron en evidencia sus discrepancias con los Kirchner, que fueron por mucho tiempo irreconciliables. Fernández dijo que el Gobierno erró en haber propiciado una doble pelea con «el campo» y los medios de comunicación, y poco a poco su discurso se tornó más agresivo hacia la gestión de su vieja amiga, más aún tras la muerte de Kirchner, en octubre de 2010. «Yo no me fui del Gobierno, a mí me echaron», «no me voy a callar su mal manejo de la economía» y «el peronismo fue progresista con Kirchner y patético con Cristina» fueron algunas de las lindezas que lanzó Alberto en la prensa. También la acusó de encabezar un «mal gobierno» y calificó de «deplorable» su «intromisión en la justicia». Pero tras años de distanciamiento, hace unos meses los Fernández volvieron a caminar a la par y el pasado 18 de mayo llegó el bombazo: la expresidenta anunciaba que había propuesto a Fernández ser candidato a la Presidencia, con ella como segunda, un modus operando inédito en el país. «Todos los que en algún momento tuvimos críticas para con ella entendimos que era un error seguir confrontando entre nosotros, cuando el problema que tenía Argentina se llamaba Macri», explicó Alberto. Aún hoy, muchos se preguntan por la razón real de la jugada -«ella pensó que yo podía ser más útil en la construcción de consensos», dice él-, y si el abogado y profesor universitario, que se define como «un tipo común», será un títere de la expresidenta o buscará indultarla en las causas de corrupción que la afectan. «Cristina piensa que soy muy conciliador, y es cierto. Pero cuando es necesario, sé poner las cosas en su lugar», asevera un Alberto que reconoce que su mentora dejó «tres problemas»: déficit fiscal, inflación y las duras restricciones para la compra de dólares. Sin embargo, insiste en que encabezar el Frente de Todos es el camino para cambiar la «realidad» que deja Macri -alto endeudamiento e inflación, caída del consumo y aumento del desempleo y la pobreza- y devolver el peronismo a la Casa Rosada, tras la derrota de 2015. «Inesperadamente (la política) me impuso el desafío de ser presidente. Claramente no lo había pensado», relata este hincha de Argentinos Juniors y fan de Bob Dylan, a quien algunos ven arisco con la prensa. «No me interesa ser políticamente correcto», confiesa.
13-08-2019 | Fuente: abc.es
El peronismo obtiene una rotunda victoria a pocos meses de las presidenciales
Era una crónica anunciada. Los mercados no quieren en la Casa Rosada a Alberto Fernández, y mucho menos a Cristina Fernández de Kirchner de vicepresidenta, enredando en la sombra. El dólar se disparó hasta los 61 pesos (15 más de su valor del viernes), las acciones argentinas se desplomaron y en Wall Street los pesos cayeron como nunca antes en la historia. El escenario del día después de la derrota de Mauricio Macri -por quince puntos de diferencia- en las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) no podía ser más negro. El mensaje de rechazo era para «los Fernández» (Alberto y Cristina), pero la factura la pagaba Macri o, mejor dicho, Argentina. El presidente, al menos hasta el 10 de diciembre, convocó de urgencia a su Gabinete. El día de furia con el baile de números en ascenso de la divisa estadounidense y el viaje al fondo del abismo de las acciones y bonos del Estado (60 y 20 por ciento de pérdidas respectivamente) prolongaron la pesadilla del domingo. El término gobernabilidad volvió a ponerse sobre la mesa para evitar escenas del pasado, como en los tiempos de la transición precipitada de Raúl Alfonsín a Carlos Menem y las versiones de remodelación de Gobierno tomaron fuerza. Éxito kirchnerista Solo un milagro podría revertir la situación. No acertaron las encuestas, se equivocaron los estrategas del Gobierno y los únicos que dieron en el clavo fueron los fantasmas del pasado hechos carne, pero carne ganadora. Los «Fernández», Alberto y Cristina (la viuda de Nestor Kirchner), arrasaron en las primarias argentinas. El presidente encajó, como un boxeador sonado, el golpe de la «fórmula» que siente rozar con los dedos el cielo del regreso al poder de la Casa Rosada. Más del 47 por ciento de los votos frente a un 32 convierten el sueño de la reelección de Macri (del FMI, de Estados Unidos y de buena parte de Europa) en una utopía. «Duele no haber tenido todo el apoyo que esperábamos», «han fallado todas las empresas encuestadoras», se lamentaba Macri. El gran sondeo nacional que fueron estas PASO parece anticipar una primera vuelta de las elecciones, el 27 de octubre, con unos ganadores que no son ni él ni Miguel Ángel Pichetto, el peronista con el que se alió en Juntos por el Cambio. Los números no engañan y si estos se mantienen no haría falta ni siquiera una segunda vuelta para ratificar la victoria del Frente de Todos. En Argentina es suficiente con superar el 45 por ciento para poder proclamarse Presidente. Y eso es, exactamente lo que sucedió el domingo. El fracaso se explica por muchas razones y prácticamente todas terminan en la famosa frase atribuida a Bill Clinton: «Es la economía, estúpido». Los argentinos no perdonan cuatro años de inflación galopante con una pérdida brutal de poder adquisitivo y un dólar, su moneda de ahorro, por las nubes. Frente a eso, la corrupción de los doce años del kirchnerismo carecen de valor. Algo parecido deben pensar los jueces, un cuerpo salpicado hasta las entrañas que ahora estará pensando qué hacer con la lista de juicios que tienen a la expresidenta en el banquillo. En cualquier caso, con ella como vicepresidenta y Alberto Fernández con la «birome» (bolígrafo) presidencial de los indultos en la mano, tendría garantizado el futuro lejos de la sombra de una celda. Nueva etapa Alberto Fernández estaba, con razón, pletórico. «Nunca fuimos locos gobernando. Siempre arreglamos los problemas que otros generaron». Desmentido por el pasado más reciente, poco importan las palabras mientras se traduzcan en votos: «Vamos a empezar una etapa nueva, que es lo que queda de la elección. Que los que están intranquilos no se intranquilicen». Siguió: «Los argentinos entendieron un mensaje que decía que nuestros abuelos tienen derecho a tener salud y un ingreso como el que corresponde y que vamos a pagarlo antes de seguir regalándole a los bancos intereses que no deben ir allí sino al progreso de nuestros jubilados». Los banqueros, como se vio horas más tarde, temblaban, y el FMI se hacía cruces después de blindar con créditos sin precedentes a una Argentina que podría volver a asomarse al abismo de una cesación de pagos. Por lo demás, «los abuelos», que nunca disfrutaron de ese estado de bienestar cuando los Fernández eran el poder, tendrán que repensar o ratificar su voto. María Eugenia Vidal, la gobernadora de Buenos Aires, un territorio con cerca del 40 por ciento del padrón y que da o quita la Presidencia, encajó una derrota aún más contundente que la de Macri. El adversario que la asestó es un emblema del kircherismo en estado puro, Axel Kicillof. El exministro de Economía de Cristina Fernández, el primero en inaugurar en el siglo XXI una inflación del 40 por ciento, superó el 49 por ciento de los votos. Ella, la esperanza blanca del macrismo, se estancó en poco más de un 32 por ciento. Como Macri, Vidal convocó a su Gabinete en busca del milagro electoral. El único alivio para Mauricio Macri fue la ciudad de Buenos Aires, su antigua casa. El actual jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, se impuso con un 46 por ciento de los votos a Matías Lammens, un desconocido «K» que logró el 31 largo. Bastión del macrismo, fracasar ahí habría hundido el sueño de una recuperación o remontada que hoy parece imposible.
09-07-2019 | Fuente: abc.es
El expresidente argentino Fernando De la Rúa, ingresado en estado «muy delicado»
El expresidente de Argentina Fernando de la Rúa (1999-2001), de 81 años, fue hospitalizado y se encuentra «en estado muy delicado», según allegados al político, quien este año ya había sido internado de gravedad por problemas cardiorrespiratorios. De la Rúa, que en diciembre de 2001 se vio forzado a dimitir como presidente durante la peor crisis económica, política y social de la historia contemporánea de Argentina, está alojado en el instituto Fleni de la localidad bonaerense de Escobar, según dijeron familiares del exmandatario a la agencia estatal de noticias Télam. El expresidente fue ya internado a comienzos de enero pasado en el Hospital Universitario Austral de Pilar por una infección respiratoria que agravó dolencias cardiovasculares previas, lo que obligó a practicarle una angioplastia coronaria y permanecer en el área de cuidados críticos. También fue sometido a una traqueotomía para facilitar la tarea de desvincularlo de la asistencia ventilatoria mecánica. Casi un mes después fue dado de alta y derivado al Fleni, un centro de tratamiento y rehabilitación de patologías neurológicas. En mayo trascendió que debió ser hospitalizado de nuevo por problemas renales. Los problemas cardiacos del exmandatario vienen de lejos, ya que en 2018 fue sometido a una angioplastia tras un infarto de miocardio y en 2014 a otra por obstrucciones arteriales. En 2016 fue operado de un pólipo en la vejiga con resultado favorable y su historial registra también problemas pulmonares. De la Rúa nació en Córdoba el 15 de septiembre de 1937 y a los 21 años se licenció en Derecho. Vinculado a la Unión Cívica Radical (UCR) y tras asumir el cargo de senador en 1973, De la Rúa fue candidato ese año a la vicepresidencia de la República, formando tándem con Ricardo Balbín, quién había ganado a Raúl Alfonsín en las elecciones internas de los radicales, pero fue derrotado por Juan Domingo Perón. Legislador hasta 1976, cuando los militares dieron el golpe de Estado que desencadenó la última dictadura argentina, que se extendió hasta 1983, De La Rúa desarrolló ya de nuevo en democracia una intensa carrera política como diputado, senador y alcalde de Buenos Aires. Su carrera llegó a lo más alto el 10 de diciembre de 1999, al ser elegido presidente del país y sucedió al peronista Carlos Menem (1989-1999) para un mandato de cuatro años. Sin embargo, a finales de 2001, en medio de la grave crisis en la que estaba sumergido el país, el «corralito bancario» y trágicas revueltas en las calles, De la Rúa acabó renunciando y abandonando la Casa de Gobierno en helicóptero, una imagen que dio la vuelta al mundo.
10-06-2019 | Fuente: abc.es
Hacía tiempo que palabras como autoamnistía no se pronunciaban. El término se hizo fuerte, en los años 80, con esa especia de indulto previo que se dio a sí misma la última dictadura argentina (1976-83). La cuarta Junta Militar que presidió el general Reynaldo Bignone, creyó que el pasado no tendría futuro con un perdón general a todos los que participaron de aquel plan sistemático de secuestros, torturas y asesinatos de miles de personas que, en su mayoría, se convirtieron en detenidos desaparecidos. El expresidente de la transición, Raúl Alfonsin, les demostraría que estaban equivocados al sentarlos en el banquillo de los acusados en el histórico juicio a las Juntas (1985). Ahora, parecería que el régimen de Daniel Ortega, versión Centroamérica de «Yo, el Supremo», se quiere también perdonar para evitar un futuro entre rejas. La ruta de la impunidad elegida por un Gobierno, convertido en banda criminal, es un proyecto de ley que, salvo error de memoria, no tiene precedente en la historia universal. En su primer artículo libera de toda culpa judicial a, «las personas que han participado en los sucesos acaecidos en todo el territorio nacional a partir del 18 de abril de 2018». Dicho de otro modo, a los policías, militares, paramilitares y mercenarios responsables de las masacres del mes de abril del pasado año que dejaron no menos de 325 muertos, decenas de desaparecidos, sesenta mil exiliados y cientos de presos políticos (de verdad) que sufren todo tipo de suplicios físicos y psicológicos. No satisfecho con esto Ortega y Rosario Murillo, dueños del circo negro en el que se ha convertido Nicaragua, se ocuparon de que la Asamblea Nacional incorporara el párrafo más insólito que una pudiera imaginar y es la «amplia amnistía» a aquellos «que no han sido investigados, que se encuentran en procesos de investigación o en procesos penales y en cumplimiento de ejecución de sentencias». Es decir, que se da carpetazo a las investigaciones en curso, que se prohíbe que haya otras y que los procesos judiciales y sus sentencias sobre «los hechos acaecidos» desde abril del año pasado (incluidas los delitos comunes de robo etc) son ya papel mojado y los culpables trasformados en inocentes. El expresidente Carlos Menem, borró con la mano del indulto las sentencias del Tribunal (hasta de cadena perpetua) a los gerifaltes de la dictadura. La condena social les persiguió años pero hasta Rafael Videla volvió -y murió en prisión - tras anularse aquellos indultos. Daniel Ortega y Rosario Murillo podrán triunfar con su «autoamnistía» pero los delitos de lesa humanidad y así están tificados los del régimen nicaragüense, no prescriben. Más tarde o más temprano, ese siniestro matrimonio terminará dando cuentas a la justicia y como Videla, pasará sus últimos días en una celda. Su única aliada, previa a esa escena, sólo podrá ser la muerte y eso, no se desea ni al peor enemigo.
02-10-2018 | Fuente: abc.es
Clarín se despide de Hermenegildo Sábat, el caricaturista político que huyó de las palabras
Se fue un hombre libre, generoso, sin mordazas, con un sentido del humor infinito y una convicción: «La caricatura sólo se puede entender como una manifestación de humor político». Hermenegildo Sábat, «Monchi» para la redacción de Clarín, su familia y amigos, se despidió de noche a los 85 años. Lo hizo sin hacer ruido, después de cumplir, un día más, con el trabajo bien hecho y.. sin decir una palabra porque, insistía, «agregar textos a una caricatura no sumaría nada. En un dibujo el observador ve lo que quiere ver y punto. Ese es el trato». A «Monchi» no le importaban las consecuencias si la caricatura era, como siempre fue, el reflejo de lo que sucedía en el país. Parecido, por su dimensión, a una versión argentina (aunque nació en Montevideo) de Mingote, asumió riesgos que podían costarle la vida. Lo hizo durante la última dictadura militar argentina (1976-83) al atreverse a parodiar, en un dibujo, a los miembros de la primera Junta Militar, el general y presidente de facto, Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y al brigadier Orlando Ramón Agosti. Con su ingenio y el trazo grueso, Sábat puso en blanco sobre negro al ex presidente Raul Alfonsín junto a Aldo Rico, el militar rebelde «carapintada» y, del mismo tamaño, a Saúl Ubaldini, el sindicalista que traía de cabeza al presidente de la transición democrática. En los años 90, cuando Guido Di Tella, el ministro de Asuntos Exteriores de Carlos Saúl Menem, presumía de mantener «relaciones carnales» con Estados Unidos, el caricaturista pintó al canciller argentino en calzoncillos con los pantalones bajados. «Di Tella nunca se quejo, entendió que era mi forma de ver esa situación y se comportó conmigo como un caballero inglés», observó. Otra actitud diferente mantuvo la expresidenta, Cristina Fernández, al verse con un ojo en compota (el golpe imaginario de una sentencia en su contra de la justicia) o con una equis que sellaba sus labios, cuando la viuda de Kirchner castigaba a los argentinos con eternas y cotidianas, «cadenas nacionales» en radio y televisión. La ira de la ex presidenta se tradujo, en la Plaza de Mayo, en un insulto que parecía un chiste de sí misma. Le calificó de «cuasi mafioso». Hermenegildo Sabát, como todos los artistas geniales, no se quedaba a un solo palo. Tocaba el clarinete y fue «un pintor autodidacta, mago del plumín y tinta china», como recordaba el diario en el que pasó sus últimos 45 años. También brilló como «fotógrafo, ensayista, presidente de la Academia Nacional de Periodismo» y como «el autor de más de quince libros sobre los temas más diversos», recordaba Hector D´Amico en La Nación. En su despachito del diario recibía a las visitas, a los corresponsales extranjeros que se acercaban y a los compañeros que, a diario, pasaban a saludarle por el placer de verle. Gabriel García Márquez le entregó un premio en forma de homenaje, con Jorge Luis Borges mantuvo conversaciones que ahora y siempre serán historia viva y con Julio Cortázar acumuló una intensa correspondencia. Ricardo Kirschbaum, director de Clarín, lo recuerda en las páginas del periódico. «Era muy observador de los diarios y de los medios en general. Su oficina era casi un museo y sus dibujos no acompañaban las notas (crónicas), sino que eran una nota en sí mismos? El periodismo argentino y latinoamericano está de duelo. Menchi merece un sitio importante y definitivo en el Olimpo del periodismo?. Y todo, gracias a sus caricaturas. Sin palabras.
12-09-2018 | Fuente: abc.es
Lorenzetti, «El señor de la Corte» argentina da un paso al costado
Victoria relativa, pero victoria. Esa es la sensación del Gobierno de Mauricio Macri , tras lograr la dimisión del polémico presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti. A partir del 1 de octubre, será Carlos Rosenkrantz, actual magistrado de la máxima instancia judicial, su titular. Lorenzetti se va pero se queda. El juez que decidió la última década, qué, cuándo y cómo se ponían sobre la mesa las causas que estaban en lista de espera, se despide del trono de la Corte pero conservará una silla como magistrado. Lo hará como uno más, su voto no podrá inclinar la balanza, ni las causas estar sometidas, según sus críticos, «a tarifa». Tampoco podrá meter mano en el presupuesto del Poder Judicial ni volver a publicar una sentencia como arma arrojadiza contra el Gobierno. Esto fue lo que el Ejecutivo de Macri interpretó cuando, un par de semanas antes de su investidura, publicó un fallo que obligó al Estado (después de 20 años de disputa) a asumir una deuda de 45 mil millones de pesos (unos cuatro mil quinientos millones de dólares de la fecha). Lorenzetti (de 62 años), presionado por su propia historia, las denuncias del libro «El señor de la Corte», de Natalia Aguiar, y el azote sin descanso de la diputada oficialista Elisa Carrió, negoció su permanencia en una segunda fila de la Corte que le garantiza todavía inmunidad y cierto grado de la poder. Designado por Néstor Kirchner en el 2007, en un amago de ofrecer una imagen limpia de una institución que arrastraba un pasado de corrupción sin tapujos y sometimiento al poder de turno, Lorenzetti se supo adaptar a los nuevos tiempos y dar un paso atrás cuando el kirchnerismo, con sus manotazos de ahogado, amenazaba con poder en riesgo la democracia. Con ambiciones políticas, su carrera a la Presidencia del Gobierno (nunca confesada) quedó truncada al destaparse un pasado de negocios de dudosa trasparencia y un presente, como magistrado, bajo sospecha. Jurista de gran formación e intelectualmente brillante, la oratoria de «El señor de la Corte», título del libro que destapó el rostro más oscuro del magistrado, resulta difícil de superar. Hábil con el poder entre bambalinas su resignación a la Presidencia de la Corte también se puede leer como una victoria a medias. A fin de cuentas, se va pero se queda. Su sucesor, Carlos Rosenkrantz, de 59 años, es un jurista y académico de reconocido prestigio nacional e internacional. Fue asesor del expresidente de la UCR (Unión Cívica Radical), Raúl Alfonsín, trabajó en un despacho de abogados que defendió al grupo Clarín y abogó para que la Comunidad Homosexual Argentina lograse personalidad jurídica, en contra de la opinión de la Corte.
08-03-2018 | Fuente: abc.es
Muere Reynaldo Bignone, el último de la larga lista de dictadores argentinos
Reynaldo Bignone, último dictador en la historia de Argentina (1982-1983), falleció este miércoles a los 90 años en un hospital militar de Buenos Aires y pasará a la historia, según relataron las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, por ser «el gran genocida» del país, que no tuvo «compasión por las víctimas». «Tiene en su haber crímenes horrendos: desapariciones, torturas muertes, apropiación de bebes. Los genocidas no hay manera de que puedan limpiar su historia ni que puedan ser reivindicados», dijo a Efe Nora Cortiñas, referente de Línea Fundadora, una de las dos asociaciones que responden al nombre de Madres de Plaza de Mayo. Fuentes militares explicaron que el exgeneral, último presidente de facto de la dictadura que gobernó el país entre 1976 y 1983, murió por complicaciones de una operación quirúrgica en la cadera en el Hospital Militar Central de Buenos Aires, donde se encontraba internado desde ayer. En los últimos años se habían dictado contra él varias condenas perpetuas por delitos de lesa humanidad cometidos durante el régimen: robo de decenas de bebés a sus padres biológicos -detenidos y desaparecidos por la dictadura-, y torturas, secuestros y homicidios de multitud de opositores. Cortiñas, que junto con otras decenas de mujeres comenzó a clamar a finales de los años 70 por saber qué ocurrió con sus hijos detenidos por el régimen, lamentó que «estos personajes» (en referencia a los represores) se lleven una parte de la verdad de lo que sucedió, ya que nunca confesaron qué ocurrió con los desaparecidos. Nombrado presidente el 1 de julio de 1982, Bignone sustituyó al depuesto Leopoldo Galtieri tras la derrota de Argentina en la guerra de las Malvinas contra el Reino Unido, y una de sus primeras medidas fue convocar elecciones, pero también la destrucción de toda la documentación sobre detenciones, torturas y asesinatos de desaparecidos. Además, sancionó una Ley de Amnistía para los miembros de las Fuerzas Armadas sobre los actos cometidos contra miles de personas que fue derogada posteriormente por Raúl Alfonsín, el primer presidente de la actual democracia, a quien Bignone cedió el bastón de mando en diciembre de 1983 tras su triunfo electoral. La titular de la organización Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, dijo hoy que espera que quien «llora» la muerte del dictador sepa que está lamentando la pérdida de un «criminal totalmente resuelto a matar». «Me lo dijo personalmente cuando le fui a pedir por la vida de mi hija en diciembre de 1977 (..) y la mataron aunque yo se lo pedí», aseguró a Efe De Carlotto este miércoles. Por eso, «quien le llora, que sepa que llora a un genocida que se vanagloriaba de las muertes, sin dignidad y sin compasión por las víctimas enemigas», agregó. Bignone, que fue ascendiendo progresivamente conforme avanzaba la dictadura, estuvo a cargo de la ocupación militar del Hospital Posadas, a las afueras de Buenos Aires, donde se estableció un centro clandestino de detención, pero también de Campo de Mayo, guarnición militar de la periferia de la ciudad bajo cuya órbita se cometieron múltiples delitos de lesa humanidad. Fue por su responsabilidad sobre estos dos lugares por lo que recibió las principales condenas. Según los organismos de derechos humanos, hasta 1983 alrededor de 30.000 personas -entre ellas militantes políticos y sociales, de grupos revolucionarios armados y no armados, sindicalistas, estudiantes o artistas- desaparecieron para siempre tras ser secuestradas, torturadas y asesinadas por la dictadura. Además, unos 500 bebés nacidos en centros de detención fueron entregados por el régimen a familias ajenas. Aunque en enero de 1984 Bignone fue encarcelado, quedó libre meses después y se libró del histórico Juicio a las Juntas Militares de 1985. Sin embargo, en 1999 regresó a prisión por el robo de niños y el secuestro y asesinato de médicos del Hospital Posadas. Liberado tras seis años, en 2007 volvió a ser encarcelado luego de que durante el Gobierno de Néstor Kirchner (2003-2007) la Justicia declarase la inconstitucionalidad de las leyes 'del perdón' aprobadas en 1986 y 1987, así como los indultos concedidos por el expresidente Carlos Menem (1989-1999). Bignone también fue uno de los involucrados en el Plan Cóndor, como se conoce a la represión coordinada de las dictaduras del Cono Sur americano en las décadas de 1970 y 1980. Bignone, que también era el último que quedaba vivo de los seis presidentes que tuvo la última dictadura, en uno de los juicios que enfrentó afirmó que en Argentina se desarrolló una «guerra irregular» en la que las Fuerzas Armadas «tuvieron que intervenir para derrocar al terrorismo». En Argentina, durante el siglo XX, se dieron seis golpes de Estado exitosos (1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976), que precedieron a distintas dictaduras de diversa duración. El Proceso de Reorganización Nacional -como llamaron los militares al periodo iniciado tras el golpe de 1976- fue el último régimen de facto en la tumultuosa historia del país, un oscuro periodo que la sociedad clama que nunca más se vuelva a repetir.