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Noticias de historia contemporanea

10-05-2020 | Fuente: abc.es
Del fin de una guerra... ¿a otra?
El 8 de mayo de 2020 estaba llamado a ser una gran efeméride mundial. Nada menos que el 75 aniversario de la rendición oficial de las fuerzas armadas alemanas ante los Aliados, en una firma improvisada en un cuartel de la Juventud Hitleriana reutilizado por los soviéticos en el distrito berlinés de Karlshorst. Un día antes se había rendido el general Jodl en el cuartel general aliado de Reims, pero los soviéticos exigían su cuota de protagonismo: habían pagado el precio más alto, y habían conquistado Berlín. La guerra concluía oficialmente en Europa, aunque por algunas semanas persistirían los enfrentamientos entre unidades alemanas, soviéticas, partisanos de distinto color y otras milicias en distintos puntos de Europa centro-oriental y balcánica. Y, mientras tanto, los combates seguían en el Pacífico, hasta la rendición incondicional de Japón el 15 de agosto. Los Aliados eran heterogéneos. Un dictador comunista y despiadado, Stalin, aliado circunstancial de Hitler en 1939-41, se sentaba a la mesa de negociación con dos líderes elegidos democráticamente, Roosevelt (y después Truman), y Churchill (después Atlee), y un general de regusto bonapartista, De Gaulle. Les unía el antifascismo, la derrota de una Alemania que había puesto en marcha un plan de exterminio racial sin precedentes. También olvidaban: Churchill había tenido una buena opinión de Mussolini años atrás, y había especulado con utilizar a Hitler como dique de contención de la temida expansión soviética. Todo eso ahora pertenecía al pasado; pero los vencedores sabían que, en poco tiempo, su coalición se dividiría. A un lado, el comunismo soviético. Del otro, el «mundo libre», donde una nueva potencia hegemónica, Estados Unidos, que impondría progresivamente su prevalencia a dos potencias coloniales en progresiva retirada, Gran Bretaña y Francia, y que no veía con buenos ojos la resurrección de los imperios ultramarinos en Asia. Una Europa en ruinas La salida de la guerra fue traumática. Buena parte de Europa estaba en ruinas, su capacidad industrial devastada. Privaciones y penurias: a principios de los cincuenta aún había racionamientos en Gran Bretaña. Millones de personas sin hogar, desplazadas, desaparecidas. Prisioneros de guerra, víctimas de limpiezas étnicas que no encontraban solidaridad entre sus depauperados connacionales, en Alemania o Italia. Mujeres que recogían escombros con sus hijos: la «Germania, anno Zero», de Rossellini (1948). Persistían rencores y divisiones soterradas: el antifascismo como matriz ético-política fundadora de las nuevas democracias occidentales hacía «tabula rasa» del pasado, y pasaba por alto que los resistentes activos a la ocupación nazi o fascista eran una relativa minoría. Los judíos supervivientes del Holocausto hallaban a menudo frialdad y hostilidad entre sus antiguos convecinos. Reconstrucción Tras la II Guerra Mundial fue preciso un plan que permitiese a Europa crecer y consumir los excedentes de EE.UU. Fue preciso un Plan de Reconstrucción Económica procedente de la única potencia que no había sufrido destrucciones en su territorio, los Estados Unidos. Un ingente programa de créditos a bajo interés, con perspectiva estratégica: había que reconstruir una Europa que pudiese crecer y consumir los excedentes norteamericanos, de la Coca-Cola al pato Donald; pero también había que crear clase media, consolidar la pequeña propiedad y el consumo, para evitar que la miseria favoreciese la expansión del comunismo, reforzado por el prestigio militar y el sacrificio soviético. De la necesidad de redistribuir y coordinar los fondos recibidos del amigo americano nacieron las primeras instituciones de cooperación supraestatal, que serían los precedentes de la Comunidad Económica Europea constituida en 1957 en Roma. Los antiguos aliados se dividieron; los antiguos enemigos, Francia y Alemania en primer lugar, se reconciliaron. Paradójicamente, los líderes políticos que habían exigido de sus poblaciones sangre, sudor y lágrimas no gestionaron la inmediata posguerra, salvo Stalin. Pero del mismo modo que aquellos habían colaborado durante los duros años bélicos, ahora buena parte de los nuevos líderes cooperaban en Europa occidental para dar paso a una etapa de reconstrucción. Las sociedades europeas miraron hacia adelante, y durante treinta años apenas quisieron saber de sus sufrimientos pasados y de las víctimas; disfrutaron de las nuevas oportunidades y del creciente bienestar. Algo aprendieron: para maximizar las expectativas individuales, era mejor ajuntar esfuerzos, relativizar fronteras. Populismo Trump y Bolsonaro eluden su pésima gestión y culpan a laboratorios chinos y agresiones externas La amenaza del virus Tres cuartos de siglo después, el mundo se enfrenta a una amenaza inusitada. Un virus de morbilidad baja, pero muy contagioso, que ha provocado una crisis sanitaria y un parón económico sin precedentes en tiempos de paz. Los distintos gobiernos estatales han recurrido a menudo a retóricas de tinte bélico, equiparando el Covid-19 a una invasión silenciosa. Algunos, recurriendo a un burdo populismo, desde Trump a Bolsonaro, han intentado externalizar las responsabilidades de su pésima gestión en un agente foráneo: laboratorios chinos, agresiones externas. Otros, aun adoptando medidas de contención recomendadas por expertos, no dejan de apelar al patriotismo, a la solidaridad con los más vulnerables frente a la pandemia -ancianos, personas con patologías previas, pero también sectores sociales desfavorecidos-, y parecen inspirarse en los lemas utilizados en tiempos de guerra para movilizar a la retaguardia. Todos saben que, como todas las guerras, también esta pasará, y piensan en el mundo de mañana, en el que se dirimirán hegemonías, se confrontarán modelos económicos y el cataclismo dejará huellas sociales impredecibles. Lección En 1945 nos enseñaron que las sociedades del último siglo superaron catástrofes mucho más destructivas A diferencia del mundo de 1945-47, el dilema ya no es entre «mundo libre» y «comunismo», sino entre libertad y democracia versus seguridad y autoritarismo. Qué sistema político demostrará ser más eficaz para derrotar a un enemigo difuso, pero corrosivo. Algunos argumentarán que la globalización favorece el contagio, y propugnarán una vuelta a los límites conocidos: el confinamiento como metáfora de un mundo más pequeño, mediocre, pero manejable. Otros ven en esta crisis una antesala de la gran catástrofe climática futura y esperan que la Humanidad aprenda una lección: es vulnerable. Un mundo más sostenible y solidario será garantía de salud y bienestar, aunque se consuma menos. También a diferencia del mundo de hace 75 años, la colaboración internacional cede paso frente a las soluciones estatales. Las recetas varían de Estado a Estado, de región a región. El confinamiento favorece la ilusión de la autosuficiencia, y el miedo fomenta la insolidaridad. Si la ruina de posguerra espoleó la cooperación europea, los costes económicos de la pandemia amenazan con provocar la quiebra de la frágil unidad continental. Hay estrellas solitarias, desde Angela Merkel a António Costa; pero no se divisan liderazgos nuevos, capaces de gestionar el mundo posterior a la pandemia: ningún De Gasperi, ningún Brandt. Un río revuelto para populismos o autoritarismos diversos, en el peor de los casos. Empero, si los europeos de 1945 algo nos enseñaron a sus nietos y bisnietos, es que las sociedades del último siglo superaron catástrofes mucho más destructivas. También lo habían demostrado las sociedades posteriores a la I Guerra Mundial, en 1918-19, cuando también tuvieron lugar guerras civiles, revoluciones, enfrentamientos armados, deportaciones.. y una pandemia de gripe que la historiografía casi olvidó se llevó, mientras tanto, a más del uno por cien de la población. Los europeos de 1918/19 querían vivir y olvidar; también los de 1945/46. Los de 2020/21, sin duda, también, aunque pagarán un precio. Por alto que sea, será muy inferior al que pagaron nuestros abuelos y bisabuelos. Algo hemos avanzado. Xosé M. Núñez Seixas es catedrático de historia contemporánea de la Universidad de Santiago y premio nacional de Ensayo 2019
09-03-2020 | Fuente: abc.es
Por qué el socialismo ha fracasado (hasta ahora) en Estados Unidos
Estados Unidos asiste en las últimas semanas al hecho insólito de que un político que se define como «socialista», Bernie Sanders , se sitúe como un serio aspirante a disputar a Donald Trump la Casa Blanca. Al contrario que en Europa, donde forma parte del paisaje político, ese término despierta tradicionalmente recelos en gran parte de la población. Sin embargo, no es ajeno a la historia estadounidense y llegó a haber un movimiento obrero mucho más importante de lo que hoy día se podría pensar. E incluso emergió un partido socialista de relativo éxito. Pese al bipartidismo imperante, EE.UU. no siempre ha estado dividido entre demócratas y republicanos, sino que la realidad es mucho más rica. En las primeras décadas de la joven nación surgida de la guerra de la independencia contra los británicos (1775-1783), el pulso por el poder era entre el llamado Partido Federalista de Alexander Hamilton, que abogaba de unas instituciones centrales fuertes, y el Partido Demócrata-Republicano de Thomas Jefferson, defensor de los derechos de los estados. De este último acabaría surgiendo el actual Partido Demócrata en 1826, que durante mucho tiempo encarnó el ideario conservador y tuvo su feudo en los estados sureños. Enfrente se situaba el Partido Whig, del que a su vez saldría en 1854 el Partido Republicano, abanderado de la abolición de la esclavitud y con el presidente Abraham Lincoln como figura emblemática. «Los partidos de masas fueron muy tempranos ?explica a ABC la catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia Aurora Bosch? y como tales ampliaron su composición conforme se extendía el voto y tenían una organización y una acción política dirigida a captar el voto de las nuevas mayorías. Eran y son grandes coaliciones, que incorporan en sí mismo distintas fracciones». «Estos partidos de masas tempranos eran los que gestionaban un estado federal muy débil y daban un sentido nacional», explica Aurora Bosch «En el caso del Partido Demócrata, ya en 1826 fue capaz de incorporar las demandas de los primeros partidos de los trabajadores de las principales ciudades del este» y «a la vez representaba los intereses de los inmigrantes irlandeses de Nueva York, de los plantadores en el sur, de los agricultores familiares del oeste?», destaca Bosch, autora de «Historia de Estados Unidos 1776-1945)» (Crítica, 2005). Además, explica, «estos partidos de masas tempranos eran los que gestionaban un estado federal muy débil y daban un sentido nacional», por los que «se les llamaba partidos constituyentes». Tras la guerra civil (1861-1865), la industrialización, el desarrollo económico y la explosión demográfica se extendieron por todo el país a lomos del capitalismo y el libre mercado. Era la «edad dorada» de las grandes corporaciones y multimillonarios magnates como John D. Rockefeller, Andrew Carnegie o J. P. Morgan. Pero también la época de la avalancha migratoria y los conflictos sociales. Ya en la década de 1860 se desató en las minas de carbón de Pensilvania una ola de palizas, asaltos y asesinatos de los que se acusó a los llamados Molly Maguires, sociedad secreta de inmigrantes de origen irlandés que se sentían discriminados frente a los nativos. En unos juicios de dudosa limpieza, los culpables fueron condenados y diez de ellos ejecutados en 1877, lo que marcó el fin de esa organización. Pero ese mismo año una gran huelga ferroviaria convocada por los recortes de salarios fue secundada por 100.000 trabajadores y paralizó buena parte del tráfico de mercancías del país. Visto por muchos como el principio de una insurrección comunista, el paro fue duramente reprimido por tropas federales, milicias estatales y ejércitos privados de las empresas, y se saldó con un centenar de muertos. En 1876, justo un siglo después de la Declaración de Independencia, se había formado el Partido de los Trabajadores de Estados Unidos (WPUS, por sus siglas en inglés), el primero de corte marxista en el mundo tras el SPD alemán, según apunta Aurora Bosch en su obra sobre la historia estadounidense. Al calor de la huelga ferroviaria, creció su activismo y se rebautizó como Partido de Trabajadores Socialistas (SLP). El auge de los Caballeros del Trabajo Pero la organización que más aprovechó este auge del movimiento obrero fue la noble y sagrada Orden de los Caballeros del Trabajo, o Knights of Labor, que en la década de 1880 llegó a superar los 700.000 miembros, en torno a la décima parte de la fuerza laboral de EE.UU. Tenía «una ideología de republicanismo de clase obrera, adaptado a las condiciones de 1880 e impregnado de socialismo», sostiene la profesora Bosch. «Aunque seguían creyendo que el trabajo asalariado era una amenaza para la república porque se creaba una serie de ciudadanos dependientes ?señala en el libro?, no trataban de volver a la época de los pequeños productores independientes, sino de extender la democracia al lugar de trabajo, como la única forma de mantener la república como régimen de gobierno, a través de la garantía de los derechos de los trabajadores y de su participación en los beneficios». Sin embargo, el fracaso en marzo de 1886 de la tercera huelga de los Knights contra el magnate ferroviario Jay Gould, que «el mago de Wall Street» reventó gracias a los detectives de la siniestra Agencia Pinkerton, marcó el comienzo del declive de la Orden. A ello se añadieron los sucesos del 1 de mayo de ese año en Haymarket Square, en Chicago. Aquel día los anarquistas protestaban contra la muerte de cuatro huelguistas por la Policía y en medio de un mitin se lanzó una bomba contra los agentes, siete de los cuales murieron, entre otras víctimas. El miedo a la revuelta comunista se disparó y el respaldo a los Caballeros del Trabajo cayó en picado. En memoria de los trágicos episodios de Haymarket se instituyó el 1 de mayo como Día Internacional de los Trabajadores, que aún hoy sigue celebrándose en buena parte del mundo, aunque, curiosamente, no en Estados Unidos. Aquel mismo 1886 se fundó la Federación Americana del Trabajo (AFL), que encarnaba un nuevo sindicalismo de trabajadores cualificados más pragmático, conservador y alejado de la ideología y la acción política. El socialismo y el radicalismo revolucionario pasaban a percibirse como propios de extranjeros, ajeno al espíritu estadounidense. Con todo, en la década de 1890 no desapareció la tensión social. En esos años EE.UU. sufrió la peor crisis económica de su historia hasta entonces y en 1894 se organizó una huelga nacional del ferrocarril de la que emergió la figura de Eugene Debs, llamado a liderar lo que sería el Partido Socialista Americano, fundado en 1901. Este partido, que buscaba entroncar con la tradición política emanada de la revolución de 1775, logró superar los 900.000 votos en 1912, el 6% del total, en las elecciones persdienciales. Pero ese fue su techo, porque la mayoría de los ciudadanos seguían acudiendo a los partidos tradicionales en busca de la respuesta a sus demandas. Además, llegaron la I Guerra Mundial y la Revolución bolchevique de 1917, lo que trastocó el panorama y desató el miedo a la «amenaza roja», lo que acabó por condenar al Partido Socialista Americano. En 1919 se formó el Partido Comunista, aunque solo a partir de la depresión de los años 30 conoció cierto relieve. En todo caso, el conservadurismo de la AFL y, más aún, las guerras mundiales reforzaron el sentimiento patriótico y capitalista, de modo que ni socialistas ni comunistas lograron cuajar como en Europa. En el fracaso de los socialistas influye, según Aurora Bosch, «por un lado la hegemonía ideológica del liberalismo con la que es difícil luchar» en el país, y por otro la tendencia, «desde la aparición del movimiento obrero más másivo», de «identificar socialismo como extranjerismo y por tanto considerarlo antiamericano». En su opinión, «esto es clave, aunque hubiera un socialismo como el de Debs que entroncaba la tradición política radical americana -es decir profundamente democrático mucho más que los europeos- con la lucha de clases». En relación a esto, Bosch destaca también «la fortaleza de la respuesta empresarial, judicial y estatal y federal contra el primer conato de organización del movimiento obrero ya en el siglo XIX». La exclusión de la minoría negra A todo ello añade que «el sector más oprimido y pobre de la población, la minoría negra, quedaba generalmente excluido de esta lucha, por su propia opresión en el sur, por el racismo de los sindicatos en el norte, hasta los años treinta, en que si se incorporaron al sindicalismo del CIO y el para el Partido Comunista fue un objetivo principal de acción». «Pero entonces ya se integraron en la Coalición Roosevelt del Partido Demócrata», anota. En la actualidad, reflexiona la especialista, «la asociación de socialismo y radicalismo en general con antiamericanismo puede aún ser utilizada como sabe subliminal o burdamente por la campaña del Partido Republicano y seguro que seguirá siendo eficiente, en parte también por cómo los estadounidenses se ven a sí mismos», señala en referencia a «la importancia de la no intromisión del estado federal y la convicción de que nadie defenderá sus intereses mejor que ellos mismos, así como el tema de la responsabilidad individual en un sentido amplio, incluido labrar su propia suerte». Sin embargo, sí percibe un cambio en la percepción del termino socialista en la sociedad estadounidense, ya que «estamos en un nuevo escenario político tras la recesión». «Lo hemos visto con el Partido Republicano y Trump -explica-. Lo vimos en la campaña de 2016 con Sanders y lo estamos viendo en esta campaña. En efecto, parece que para muchos votantes demócratas, tras la desigualdad con que se ha resuelto la gran recesión, medidas características de un socialismo democrático -más moderadas incluso que las europeas- no les parecen desde luego antiamericanas». Howie Hawkins, candidato del Partido Verde y del Partido Socialista de EE.UU. - ABC Howie Hawkins, candidato del Partido Socialista de EE.UU.: «Sanders logrado abrir la conversación» El candidato del minoritario Partido Socialista de EE.UU. -también del Partido Verde-, asegura que Bernie Sanders ha logrado que en EE.UU. se hable de socialismo, algo antes proscrito. A juicio de Howie Hawkins, el senador por Vermonthace campaña por un «liberalismo de New Deal a la antigua», no «un programa socialista tradicional de propiedad social y la gestión democrática de los medios de producción». Sin embargo, reconoce que ha logrado que se hable del socialismo y que ha beneficiado a su partido. El socialismo de Sanders, señala, se identifica con sus programas sociales exitosos. «Hasta Sanders, el socialismo era un obstáculo para la conversación. Ahora sirve para iniciarla», asegura a ABC. En este sentido, destaca que «millones de estadounidenses hablan de qué significa socialismo democrático, ha abierto el debate». Según explica, las élites empresariales y políticas de EE.UU. han «denigrado» históricamente a los socialistas democráticos, sobre todo en la represión del Temor Rojo tras las guerras mundiales. «Su propaganda los equiparó con estados represivos de partido único», apunta. El programa del Partido Socialista -heredero del de Eugene Debs del siglo XX- incluye «tres cuestiones de vida o muerte», destaca: un nuevo acuerdo verde ecosocialista para evitar una catástrofe climática, un proyecto de ley con garantías de empleo, ingresos por encima del umbral de pobreza, vivienda asequible, sanidad para todos, educación gratuita, jubilación, y desarme nuclear. En cuanto a regímenes como los de Cuba o Venezuela, defiende que EE.UU. levante las sanciones y los esfuerzos para cambiar su régimen. Su pueblo debe decidir su gobierno.
01-03-2020 | Fuente: elmundo.es
Galdós, la novela de la Historia de España
Para entender la España que gira del siglo XIX al siglo XX es imprescindible conocer los 'Episodios Nacionales', que son el gran relato de nuestra historia contemporánea en tiempo real a lo largo de cuatro décadas 
10-11-2019 | Fuente: abc.es
Alonso Álvarez de Toledo: «Honecker era muy listo, pero le superaron los acontecimientos»
Mientras hacía alguna pausa y sonreía todavía admirado, el exdiplomático Alonso Álvarez de Toledo (Madrid, 1931), último embajador de España en la República Democrática Alemana (RDA), recordaba la salida que tuvo Joachim Meissner, el que fuera arzobispo de Berlín parte de la década de los 80, cuando se atrevió a hacerle una pregunta con la que pretendía poner a prueba su ingenio: que qué prefería, si la mitad oriental, comunista, de la ciudad, o la occidental, adscrita al desarrollo e iluminada por escaparates repletos y exuberantes. «Supongo -empezó el ''príncipe de la Iglesia'', tras una pausa- que en Berlín Oriental, porque.. ¡Hay menos tentaciones!». Con esa floritura vaticana, quedaba resumido el padecimiento de los alemanes de ese lado del Muro, sujetos a las escaseces de la economía socialista. La anécdota, recogida en «Notas a pie de página» (Marcial Pons, 2013), es una de las muchas que Álvarez de Toledo vivió en Berlín. Otras figuran en «En el país que nunca existió» (Editorial Cuadernos del Laberinto, 2018), sus diarios, donde narra cómo descorrió el telón de acero la noche del 9 de noviembre de 1989, cuando cruzó el Muro acompañado por las cámaras de TVE. «Un Estado reconocido internacionalmente -sostiene en esa obra- no llegó a crear un país diferenciado». El abanico de personajes que desfilan por las páginas de los diarios de Álvarez de Toledo dan testimonio de la naturaleza a menudo enloquecida de la RDA. El 14 de noviembre de 1989, por ejemplo, el diplomático menciona la dimisión de Horst Gienke, el obispo de Greifswald, ciudad del noreste de Alemania. Poco después de su marcha, se descubrió que Geinke había colaborado con la Stasi, la siniestra policía secreta encargada de aplastar a la disidencia. No menos sorprendente es la referencia a Gerald Götting, anotada el 2 de noviembre de 1989. El líder de los democristianos de la Alemania Oriental -su partido estaba legalizado, pero siempre ocupaba un pequeño número de escaños en la Cámara del Pueblo, controlada por los comunistas- había manifestado su apoyo a China tras la represión de las protestas en la plaza de Tiananmen, probando de nuevo su servilismo ante la ideología de las élites que dirigían el país. Durante esta conversación, mantenida en una cafetería donde se admiraba el cielo revuelto del otoño de Madrid, Álvarez de Toledo rememora los últimos días de la Alemania Oriental y el talante de sus dos principales últimos dirigentes, Erich Honecker y Egon Krenz, además de la noche en la que cayó el Muro, que él cruzó por el paso de Bornholmer. Sus notas comienzan en septiembre del 89 y finalizan en marzo del 90, con las elecciones libres en la RDA. ¿Por qué decidió empezarlo en esa fecha? ¿Apreciaba ya que el régimen iba a desaparecer? No puedo decir que algo me hiciera pensar que eso iba a pasar. Cada semana, los acontecimientos se sucedían con más rapidez y se acumulaban. Sentía que podía ocurrir cualquier cosa. Antes de llegar a Alemania, estuve en el Gabinete del ministro de Asuntos Exteriores, donde fui testigo de muchísimas cosas que pasaron en España, como la muerte de Franco. Me arrepentí de no haber escrito un diario entonces. Un día, cuando estábamos reunidos en Berlín Este los embajadores de los países occidentales, un hombre abrió la puerta y dijo que Honecker había muerto. Aquello era exactamente lo mismo que había ocurrido en Madrid, cuando en una reunión con diplomáticos alguien dijo que Franco había muerto, aunque luego resultó que era mentira. En ese momento, decidí escribir el diario. Tuve la suficiente visión como para que tres meses después cayera el Muro y luego desapareciera la Alemania Oriental. Establece paralelismos con España. Por ejemplo, es divertido cuando comenta que Egon Krenz fue el Arias Navarro de la RDA. Sí. Como ocurrió en España, el hecho de que Arias Navarro continuara después de la muerte de Franco no significaba que todo fuera a seguir igual. Lo mismo ocurrió con Krenz en la RDA. En su diario, describe el declive de Honecker y sus problemas con Gorbachov. Hay una fecha clave, el 7 de octubre de 1989. El 7 de octubre, cada año, se celebraba el aniversario de la fundación de la RDA. Aquel año era el 40º aniversario, muy importante. Las cosas iban mal en el país, porque había manifestaciones todos los días. Honecker quería demostrar ante el mundo, sobre todo ante la Unión Soviética, que controlaba el país. Era mentira. Ese día se convocó una protesta, y tanto Gorbachov como otros jefes de Estado, que estaban ena una cena oficial, decidieron marcharse rápidamente. También habla de la grave crisis económica que atravesaba la RDA y del éxodo de alemanes orientales a través de Hungría, aprovechando las vacaciones. Sí. Pero hubo otras circunstancias en al caída de la RDA, que a veces no se veían desde fuera. Por ejemplo, que a Honecker le sucediera Krenz. Krenz era tonto. Como era tonto, tenía miedo, y lo primero que hizo fue a irse a Moscú. Pero por entonces todo se movía ya de acuerdo al objetivo final de la historia, que era terminar con el telón de acero, con el Muro, con la división de Alemania y de Europa. Ya no se podía hacer nada. Honecker era muy listo, pero estaba muy mayor, y superado por los acontecimientos. La noche del 9 de noviembre del 89, cuando cayó el Muro, usted lo cruzó con un equipo de TVE, junto a Rosa María Artal, por el puente de Bornholmer. Artal siempre sostuvo que los policías decidieron abrir el paso cuando vieron llegar a la televisión española. Por allí ya había gente, porque ya se había dicho que el Muro se iba a abrir. Los policías, que vieron que estaban saliendo en la televisión, temieron que los occidentales les grabaran a bofetadas con los ciudadanos, así que, antes de que eso ocurriera, prefirieron dejar que se cruzara el Muro. Hace unos días tomé un café con el oficial que dio la orden. Él sostiene que el hecho de que yo estuviera allí también influyó. Schabowski, uno de los altos cargos del PSUA, anunció que el Muro se podía cruzar. Dicen que se equivocó.. Schabowski era el ministro portavoz. Cada vez que había una una reunión del gobierno, daba una rueda de prensa. Era tonto. Esa noche, le habían dado un papel donde figuraba la orden para abrir el Muro al día siguiente. La Policía necesitaba tiempo para controlar que en todas partes se hiciera a la vez. Pero cuando un corresponsal italiano le preguntó a partir de cuándo podría atravesarse, contestó: «Ab sofort!». Es decir, «¡De inmediato!». Media hora después, los pasos del Muro, sobre todo los de cerca de mi casa, estaban llenos de gente curiosa. A partir de ese momento, comienza el contacto intenso de los alemanes de la RDA con la RFA. La fascinación por el desarrollo en la vecina occidental influyó mucho en el deseo de reunificación, parece. Claro, claro. Al principio no, porque el principal objetivo de los líderes de la RDA era convencer a sus alemanes de que estaban ahí muy bien, y de que no se fueran al otro lado. Una vez le pregunté a uno que por qué no se había pasado, y me dijo que en la RFA había paro y mucha gente sin casa. En el Este, se sentían muy protegidos. Pero también cuenta que había obreros que pedían cobrar en función del rendimiento, y que la gente tenía muchísimo dinero ahorrado, por no tener cómo gastarlo. Sí, eso parece, pero tenían dinero ahorrado porque eran alemanes. El dinero no les servía porque en las tiendas no había más que patatas y coliflores. A la vez, veían en la televisión los escaparates del Oeste, que eran una maravilla. Alemania del Este, que era el mejor y más apetitoso de todos los países comunistas, era mucho peor que el islote que tenían dentro, Berlín Oeste. Y eso que los comunistas de Berlín Este tenían el nivel de vida más alto de todo el bloque soviético. Un mercadillo navideño en Berlín Oriental - ABC Cuando la dictadura de Franco entabló relaciones con un régimen comunista Aunque el régimen de Franco se significó por su carácter anticomunista, la dictadura entabló en 1973 relaciones con la República Democrática Alemana (RDA), un trato que se prolongó hasta la desaparición de la mitad comunista de Alemania, con la reunificación de octubre de 1990. «Las relaciones se establecieron en el 73, en un momento en el que la España de Franco estaba ampliando su trato con la Europa del Este. Primero, se crearon oficinas comerciales. Luego, a esas oficinas se les dio un contenido más político», explica Carlos Sanz Díaz, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, al otro lado del teléfono. «El caso de la Alemania Oriental era delicado. Alemania Occidental no la reconocía. Hasta que ambos países no se reconocieron mutuamente, con el Tratado interalemán de 1972, no se dio el paso. Es decir, España esperó a que la República Federal de Alemania (RFA) fuera la primera en intercambiar embajadores», añade. El fondo de las relaciones tuvo siempre una dimensión esencialmente económica. «Había productos industriales que se importaban de la Alemania Oriental. Por ejemplo, las lentes de las cámaras fotográficas», explica el historiador.
29-10-2019 | Fuente: elpais.com
Núñez Seixas, Nacional de Ensayo por una obra sobre el nacionalismo español contemporáneo
Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Santiago de Compostela, el jurado destaca ?su esfuerzo de síntesis y de claridad expositiva, así como su rigor?
04-09-2019 | Fuente: abc.es
Nace el nuevo Gobierno de Conte en Italia con impronta europeísta y buena acogida en los mercados
Italia inicia una nueva etapa política, con el nacimiento de un gobierno de coalición de izquierdas, con ministros del Movimiento 5 Estrellas, del Partido Democrático (PD) y uno de Libres e Iguales (LEU), partido izquierdista incorporado a la alianza de gobierno para reforzar la mayoría parlamentaria. La lista del nuevo ejecutivo fue presentada por el primer ministro en funciones Giuseppe Conte (55 años) al presidente de la República, Sergio Mattarella (78), esta tarde y leída por el jefe del gobierno a las 15.45 horas. Hasta momentos antes se estuvo negociando el programa y la lista de ministros, que mañana jurarán sus cargos. Después de una crisis que duró 26 días, el gobierno nace con la idea de durar hasta el final de la legislatura, el año 2023. Pero esto dependerá de las cualidades del ejecutivo y de su acción de gobierno. De momento, el equipo no levanta entusiasmos y su programa es demasiado genérico. El exprimer ministro y exsecretario del PD, gran inspirador del acuerdo, ha reconocido que «no es el dream team», porque no hay nombres de especial relevancia. Los ministros del PD responden a las diversas corrientes del partido, mientras en M5E repiten algunos ministros del gobierno anterior confirmándose que el Movimiento no tiene una clase dirigente. Los mercados han acogido muy favorablemente el nacimiento del nuevo gobierno, porque consideran que con Salvini en la oposición se evita el aislamiento de Italia y el enfrentamiento permanente con Bruselas. La prima de riesgo -el diferencial entre los títulos de Estado italianos y alemanes- ha descendido por debajo de los 150 puntos (hace poco llegó a los 300), y la Bolsa de Milán subió el 1,60%. Giuseppe Conte, que sale especialmente reforzado con la crisis, hará una labor de auténtico primer ministro y no de «notario» o «mediador» de dos fuerzas políticas, como se limitó a realizar en el anterior ejecutivo. Ha logrado dar una impronta europeísta al gobierno y, además, hoy es visto como el líder del M5E, aunque no está inscrito. Solo su nombre vale 7 puntos en las encuestas: Los sondeos dan al Movimiento un 17 % en intención de voto, y un 24 % si se le añade el nombre de Conte. De todas formas, está por ver si en verdad es la nueva estrella de la política italiana. Economía e Interior, cruciales Dos son los ministerios cruciales de este gobierno, sobre los que el presidente Mattarella exigió que estuvieran a la altura del delicado momento que vive el país. En primer lugar, el de Economía. El responsable será Roberto Gualtieri (Roma, 1966), del PD, profesor de Historia contemporánea en la universidad la Sapienza de Roma, y actualmente presidente de la Comisión economía y finanza del Europarlamento. Conoce profundamente los entresijos de las negociaciones financieras de Bruselas, lo que le será de gran utilidad porque el gobierno nace con un programa económico expansivo y necesitará que Bruselas le permita un aumento del déficit en los presupuestos para el 2020, tarea nada fácil. Tiene también la «bendición» de la futura presidenta del Banco Cenral europeo (BCE), Christine Lagarde. Formará tándem con el exprimer ministro Paolo Gentiloni, que será propuesto por el gobierno como nuevo comisario europeo. El segundo ministerio clave para Mattarella es el de Interior. El presidente de la República ve satisfecho su deseo de que haya una ruptura con la etapa anterior de Matteo Salvini, que apenas apareció por su despacho del ministerio y estuvo en campaña electoral permanente. Mattarella prefirió una figura institucional con un ministro que dieran garantías a los ciudadanos y a todas las fuerzas políticas por igual. La nueva ministra será Luciana Lamorgese, 65 años, con experiencia de 39 años en la administración del ministerio del Interior. Ha sido delegada del gobierno en Milán y jefa del gabinete del ministro. De ella se elogia su capacidad para gestionar las situaciones más críticas, y a la que le gusta conjugar «legalidad y solidaridad». El ministerio de Asuntos Exteriores recae en el jefe político del Movimiento 5 Estrellas, Luigi Di Maio, 33 años, uno que deberá ser acompañado por los corredores de su ministerio con un profesor de inglés-francés y de un intérprete en todos sus encuentros internacionales. Tenía una vicepresidencia y dos ministerios, con desastrosa gestión, pero se le «aparca» para compensarlo en Exteriores porque el M5E, gracias a Giuseppe Conte, se alió con Merkel y Macron y fue decisivo en la elección de Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión europea. Retos del nuevo Gobierno Dos son los retos fundamentales a los que se enfrenta el nuevo gobierno. En primer lugar, la inmigración. Habrá discontinuidad con el líder de la liga y su política de puertos cerrados, pero se hará con prudencia porque se deberá tener en cuenta que el italiano medio no quiere vivir en una sociedad multiétnica. En consecuencia, el nuevo gobierno ha prometido revisar la ley de seguridad de Salvini y elaborar una ley de inmigración. El segundo gran desafío del gobierno será poner en marcha el país, es decir, sacarlo del estancamiento económico de dos décadas. Italia está a la cola de Europa en crecimiento, lo que ha sido un campo abonado para el populismo, porque una mayoría de ciudadanos ha perdido la esperanza de ver un futuro mejor para sus hijos. El gran riesgo de este gobierno es que si no realiza una buena gestión y dura poco, Matteo Salvini podría tomarse la revancha. Ha cometido un gravísimo error de cálculo al causar la crisis, creyendo que nunca formarían una alianza el PD y el M5E porque se odiaban, y ha caído al menos 6-7 puntos su popularidad, pero aún está en torno al 30 %, siendo el primer partido del país en intención de voto. El nuevo gobierno eliminará la contrarreforma de las pensiones de Salvini, por su alto coste al rebajar la edad de la pensión, y no pondrá en práctica el sueño fiscal de Salvini: Un impuesto único del 15 % en el IRPF, lo que hubiera beneficiado sobre todo a las clases más acomodadas. Ganadores y perdedores Precisamente, Salvini es el gran perdedor en la crisis que abrió el 8 de agosto. Otro perdedor ha sido su exaliado Luigi Di Maio, que se ha sentido como un amante traicionado por la locura de Salvini que se autolesionó al desencadenar la crisis. Di Maio ha dado tumbos durante la crisis, ha perdido el gran poder que tenía en el gobierno y ahora se discute fuertemente su liderazgo en el M5E. Los ganadores de la crisis han sido el abogado Giuseppe Conte, que ha salido muy reforzado. Especial mérito ha tenido el exprimer ministro y exsecretario del PD, Matteo Renzi, pues inspiró la alianza M5E-PD. Fue el primero en considerar que tras el grave error de Salvini, a Italia se le abría una gran oportunidad para desembarazarse del soberanismo de Salvini, sin importarle para ello aliarse con los grillinos, enémigos acérrimos con los que hasta ahora solo había intercambiado insultos. Mérito ha tenido también el secretario del PD, Nicola Zingaretti, en principio opuesto a una alianza con el M5E, pero al final con la presión de Renzi sacó adelante la negociación para formar la coalición. Finalmente, cabe destacar como decisiva la intervención del fundador del Movimiento 5 Estrellas. El cómico Grillo, que prácticamente se había retirado de la primera línea del Movimiento para figurar solo como garante, descendió nuevamente a la arena política durante esta crisis para frenar la caída en picado en que se encontraba el M5E, con riesgo de ser «canibalizado» por la Liga de Matteo Salvini. Grillo ha hecho de puente entre el PD y el M5E, trabajando para lograr un acuerdo que hace pocas semanas nadie hubiera imaginado. El cómico fundador del M5E cree que se deben superar viejos rencores y asegura que a Italia se le presenta una oportunidad única. El Partido Democrático ha apreciado el nuevo clima creado por Grillo y en reconocimiento el secretario del PD, Nicola Zingaretti, le respondió con un «tuit de paz»: «Cambiamos todo y respetémonos los unos con los otros».
02-09-2019 | Fuente: elmundo.es
Adelanto del primer capítulo de la nueva novela de Pérez-Reverte, 'Sidi'
Tras la exitosa serie 'Falcó', Arturo Pérez-Reverte se aleja de la historia contemporánea para viajar hasta el siglo XI en su nueva novela, 'Sidi' (Alfaguara), que llegará a las librerías el 18 de septiembre. Una historia de exilio y frontera, de lucha por sobrevivir en un territorio hostil, indeciso y de fuerzas encontradas. Narra la aventura de un guerrero, El Cid, que obligado al destierro cabalga para buscarse la vida con una hueste que lo respeta y lo sigue. Su carácter y sus hechos de armas lo convertirán en una auténtica leyenda viva 
09-07-2019 | Fuente: abc.es
El expresidente argentino Fernando De la Rúa, ingresado en estado «muy delicado»
El expresidente de Argentina Fernando de la Rúa (1999-2001), de 81 años, fue hospitalizado y se encuentra «en estado muy delicado», según allegados al político, quien este año ya había sido internado de gravedad por problemas cardiorrespiratorios. De la Rúa, que en diciembre de 2001 se vio forzado a dimitir como presidente durante la peor crisis económica, política y social de la historia contemporánea de Argentina, está alojado en el instituto Fleni de la localidad bonaerense de Escobar, según dijeron familiares del exmandatario a la agencia estatal de noticias Télam. El expresidente fue ya internado a comienzos de enero pasado en el Hospital Universitario Austral de Pilar por una infección respiratoria que agravó dolencias cardiovasculares previas, lo que obligó a practicarle una angioplastia coronaria y permanecer en el área de cuidados críticos. También fue sometido a una traqueotomía para facilitar la tarea de desvincularlo de la asistencia ventilatoria mecánica. Casi un mes después fue dado de alta y derivado al Fleni, un centro de tratamiento y rehabilitación de patologías neurológicas. En mayo trascendió que debió ser hospitalizado de nuevo por problemas renales. Los problemas cardiacos del exmandatario vienen de lejos, ya que en 2018 fue sometido a una angioplastia tras un infarto de miocardio y en 2014 a otra por obstrucciones arteriales. En 2016 fue operado de un pólipo en la vejiga con resultado favorable y su historial registra también problemas pulmonares. De la Rúa nació en Córdoba el 15 de septiembre de 1937 y a los 21 años se licenció en Derecho. Vinculado a la Unión Cívica Radical (UCR) y tras asumir el cargo de senador en 1973, De la Rúa fue candidato ese año a la vicepresidencia de la República, formando tándem con Ricardo Balbín, quién había ganado a Raúl Alfonsín en las elecciones internas de los radicales, pero fue derrotado por Juan Domingo Perón. Legislador hasta 1976, cuando los militares dieron el golpe de Estado que desencadenó la última dictadura argentina, que se extendió hasta 1983, De La Rúa desarrolló ya de nuevo en democracia una intensa carrera política como diputado, senador y alcalde de Buenos Aires. Su carrera llegó a lo más alto el 10 de diciembre de 1999, al ser elegido presidente del país y sucedió al peronista Carlos Menem (1989-1999) para un mandato de cuatro años. Sin embargo, a finales de 2001, en medio de la grave crisis en la que estaba sumergido el país, el «corralito bancario» y trágicas revueltas en las calles, De la Rúa acabó renunciando y abandonando la Casa de Gobierno en helicóptero, una imagen que dio la vuelta al mundo.
07-03-2019 | Fuente: abc.es
Elyakim Rubinstein: «Los grupos más derechistas de Israel están tratando de restarle poder a la Justicia»
En 1978, Elyakim Rubinstein (13-06-47, Givatayim) era miembro de la delegación israelí en Camp David cuando Sadat y Begin acordaron la paz entre dos países, Egipto e Israel, que se habían enfangado en una guerra por década desde 1948. Ataviado con una kipá, a Rubinstein le rodea una suerte de aura de héroe israelí: ha participado en los principales hitos de la diplomacia del Estado judío del último tercio del siglo XX. El juez Rubinstein -ya retirado- vuelve a Madrid 28 años después de su participación en la Conferencia de Paz entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina, Siria, Líbano y Jordania. Su carrera puede dividirse en pacificador-estadista, en la primera mitad, y jurista, en la segunda. En 1997, fue nombrado Fiscal General, cargo que ocupó hasta 2004, años en los que se enfrentó al caso de financiación ilegal de la campaña de Ariel Sharon, por el cual fue criticado por actuar con demasiada prudencia. Como miembro del Supremo, aprobó la «Ley anti boicot» que permite represalias legales por parte de individuos privados contra grupos izquierdistas por pedir boicots contra Israel o los asentamientos -«no frenamos la libertad de expresión»-, pero también otras sentencias claramente liberales en lo político y social. Sus dos últimas decisiones como juez consistieron en concederle a los presos celdas más grandes y permitir que los migrantes africanos en el centro de detención abierto de Holot llevaran más pertenencias con ellos a la instalación, recordó el diario «Jerusalem Post» en un perfil dedicado a su retirada en 2017. Usted ha vivido más que el propio Estado de Israel. Soy once meses mayor. Mi madre, que vino de Rusia a la edad de ocho años, se graduó en la Escuela de Enfermería de la Universidad Americana del Líbano en los años 30. Fue miembro de una delegación médica que trajo en 1945 de Mauricio, en el Océano Índico, refugiados judíos exiliados por las autoridades británicas. Mi padre también nació en Rusia, convirtiéndose en prisionero de guerra de los soviéticos durante dos años después del pacto Ribbentrop-Molotov. Perdió a su familia en el Holocausto. Yo he servido a mi país, incluyendo mis años en el Ejército, durante 50 años. Elyakim Rubinstein, durante la entrevista con ABC - Guillermo Navarro A sus más de 70 años, ¿goza usted de mayor salud que el Estado de Israel? (Ríe) Me recuerda una historia divertida. Tuve una novia en el Ejército que nació el mismo día que Israel (14 de mayo de 1948). Con el paso de los años perdí el contacto con ella. Pero a los sesenta años de la creación de Israel, estaba escuchando la radio y oí su nombre. La estaban entrevistando. «¿Cómo se siente? ¿Cómo ve el país?», le preguntaron. «Me veo mejor yo», contestó. Al día siguiente volvimos a hablar. Para ser más serios, Israel es un Estado saludable. Es una democracia vibrante; no es perfecta, hay deficiencias, pero hay una libertad total de los medios de comunicación. Tiene elecciones libres, libertad religiosa, un sistema judicial fuerte que es un orgullo.. Estados Unidos no es perfecto, España no es perfecta, el Reino Unido no es perfecto. Israel es la única democracia bajo una amenaza existencial: Irán, Hezbollah, Hamas.. Usted denunció recientemente en una entrevista presiones políticas que «están tratando de debilitar [a la Corte Suprema]. Que si la Corte es demasiado liberal, demasiado laica, izquierdista». Lo que dije es verdad: hay grupos en la derecha política más conservadores, más religiosos -yo soy religioso y liberal-, que están intentando restarle el poder de los tribunales. La persona que quiere ser el próximo ministro de Justicia declara abiertamente que hay que ir tras los tribunales. Espero que no tengan éxito. El Supremo es fuerte y es un activo estratégico en Israel. Sería bueno para el país mantenerlo. Fue criticado por enfriar el juicio contra Ariel Sharon. ¿Ve paralelismos ahora con los casos abiertos al primer ministro Netanyahu? No puedo especular sobre esto. El actual fiscal general es una persona honesta. En esos días no tenía evidencias suficientes. La decisión sobre Sharon no fue tomada por mí. Comencé la investigación, pero fue mi sucesor quien tomó la decisión final. ¿Hay tanta corrupción en el sistema judicial como en el político? No, no, creo que los tribunales en Israel están limpios. Puede haber algún caso menor, pero el poder judicial de Israel, gracias a Dios, está limpio. Como negociador durante tantos años, ¿cuál ha sido su mayor contribución a la paz y la justicia y su principal fracaso? Mi mayor contribución a la paz es el tratado con Jordania, donde fui el presidente de la negociación. El primer ministro Rabin habló en la Knesset, congratulando a dos funcionarios públicos, el jefe adjunto del Mossad de la época y a mí. No creo que haya tenido un gran fracaso personal, pero me sentí muy frustrado con la ruptura del acuerdo con el Líbano. Era un muy buen acuerdo, mejor para el Líbano que para nosotros. También me sentí frustrado por la cumbre de Camp David en 2000, Ehud Barak estaba listo para seguir adelante. Tengo que recordar los acuerdos de Camp David, de los que gracias a Dios celebramos 40 años sin guerra. Encuentro con Sadat ¿Qué pensó cuando asesinaron a Sadat en 1981? Mi recuerdo más memorable fue estar en el aeropuerto en noviembre de 1977. Era una noche de sábado bastante fría. En principio no debía estar allí por mi rango de protocolo, pero mi difunto mentor Moshe Dayan (1915-1981), yo era su asistente, me llamó para proponerme asistir a ese momento. Regresé a Jerusalén, apretado en el coche,entre el conductor y el hombre de seguridad, y Dayan y Butros Ghali, quien fue más tarde secretario general de Naciones Unidas. En cuanto al asesinato, recuerdo hablar por última vez con Dayan un par de días después del asesinato; Sadat murió unos días después. La conversación fue sobre el futuro de la paz después del asesinato, Dayan dijo estar dispuesto a hacer todo lo posible por asegurar que ese tratado siguiera adelante, porque era una piedra angular en las relaciones exteriores. ¿Está muerto el acuerdo de Oslo? Debo aclarar que no formé parte de Oslo. De hecho, mi delegación en Washington fue sorteada por el grupo de Oslo. Seguíamos trabajando con los jordanos y palestinos, pero Oslo nos pasó por alto. Para ser honesto, no apoyo a Oslo. Escribí una nota a Rabin explicando por qué no era un buen acuerdo pero con la esperanza de que tuviera éxito. Fue su decisión y la acepté. Barak hizo todo lo posible para hacer que saliera adelante. La culpa no está repartida, hay que mirar al lado de Yassir Arafat. Creo que Jordania también debería participar. Sería bueno para todos. Debemos hacer todo lo posible para encontrar una solución, desafortunadamente lo veo muy difícil con las cosas que están pasando en la región. Elyakim Rubinstein, durante la entrevista con ABC - Guillermo Navarro El tribalismo parece ser ganar cada vez más peso en política en un tiempo en el que dialogar parece ser solo una muestra de debilidad. Ha participado en muchos de los procesos más importantes de la historia contemporánea israelí, por ejemplo, en la conferencia de Madrid. ¿Sería imposible este tipo de proceso hoy en día? No es un buen período, especialmente en nuestra región, pero también en Europa. Personalmente estoy preocupado por el antisemitismo, sobre todo grupos como BDS. En los años 20 y 30 vivimos sus efectos en Europa. Gracias a Dios que el actual Gobierno alemán es diferente, la señora Merkel tiene una visión muy importante en la lucha contra el antisemitismo. Como israelí, estoy preocupado por el fenómeno del antisemitismo del Partido Laborista en el Reino Unido. El antisemitismo es antisemitismo; debe combatirse en todas partes. Israel es un Estado judío y democrático, esta es la clave de la convivencia. No creo que sea una contradicción Hace siete años usted apoyó abiertamente el derecho de su colega árabe-cristiano, el Juez Salim Joubran, a no cantar el himno nacional en una ceremonia: «No se puede exigir que los ciudadanos árabes canten un himno que no habla a sus corazones y no refleja sus raíces», dijo. ¿Qué significa que Israel sea oficialmente un Estado judío? ¿Cuál es la diferencia con un Estado islámico o cristiano? ¿Hay ciudadanos de segunda clase respaldados por la ley? Los árabes en Israel son tan ciudadanos como los judíos. El himno nacional es muy judío; apela al alma judía. Dije que debemos respetarlo. Es muy difícil para ellos cantar y entenderlo. Mi opinión es que la ley está bien, pero debemos enmendarla para incluir la igualdad. Algunas personas dicen que la idea de la igualdad ya está incluida en la declaración de independencia y otros que se debe enmendar para mantener el sentimiento de asociación con la minoría árabe. Israel es el único Estado judío en la Tierra. Tenemos una minoría del 20%. Soy optimista con la relación con los árabes israelíes, tengo muchos contactos con ellos y muchos quieren continuar en Israel, no consideran a la autoridad palestina ni a ningún país árabe como modelo. Israel es un Estado judío y democrático, esta es la clave de la convivencia. No creo que sea una contradicción. ¿Por qué era tan importante para Israel incluir a los ultra ortodoxos en el servicio militar obligatorio? Tengo un gran respeto por el estudio de la Torá. Yo mismo la estudio todos los días, pero necesitamos un Ejército y tenemos un servicio militar obligatorio. La sangre de un hombre no es más roja que la sangre de otro. ¿Se arriesga Israel a una excesiva personalización del poder con una nueva victoria de Netanyahu? No quiero expresar una opinión política antes de las elecciones.
11-11-2018 | Fuente: abc.es
El Armisticio que cerró en falso la Gran Guerra
En la madrugada del 11 de noviembre de 1918, en el interior de un tren que había transitado hasta el bosque de Compiègne, en la Picardía francesa, el mariscal Foch, aquel hombre que había dado la vuelta a la Gran Guerra a favor de la Triple Entente, y Matthias Erzberger, el político democristiano alemán que acabaría siendo asesinado en 1921 por unos nacionalistas en Kniebis ?un pueblecito de Baden-Wurtemberg? y que encabezaba la delegación enviada por el Káiser Guillermo II, se firmó el Armisticio que ponía fin a la Gran Guerra. Habían sido cuatro largos años en los que la población europea había pasado de la euforia ?nunca el continente había sido más fuerte, rico y hermoso», señaló Stefan Zweig? y la locura belicista, a despeñarse por el precipicio del horror y la destrucción masiva. Por vez primera en la historia, las víctimas civiles suponían dos tercios del total de los caídos en un enfrentamiento militar. Mientras en la neutral España llegaba entonces la generación reformista liberal más importante de todo el siglo ?Ortega y Gasset, Azaña, Cambó, Marañón, Gómez de la Serna, Pérez de Ayala, Menéndez Pidal, Blas Cabrera o Clara Campoamor, entre otros muchos?, para buena parte de los países de Europa ?Inglaterra, Francia, Alemania, singularmente aunque no solo?, la generación del 14 fue una «lost generation». Los que no habían muerto en el frente habían quedado lisiados o tarados ante el horror que habían contemplado, como muy bien reflejó en su pintura el expresionista alemán Otto Dix. Francia, que había acudido al campo de batalla deseosa de revanchismo tras la debacle sufrida en Sedán en 1870 y la humillación de ver proclamado Emperador al Káiser Guillermo I en Versalles, no dejó pasar la ocasión para impulsar un tratado de paz tan sumamente desproporcionado que el economista del Partido Liberal británico John M. Keynes no dejó de advertir en «Las consecuencias económicas de la Paz» (1919) que las desmesuradas condiciones económicas impuestas a Alemania supondrían no solo su servidumbre, sino «la decadencia de toda la vida civilizada de Europa». Así fue. Lo impuesto en Versalles, no solo trajo para Alemania años de quiebra y zozobra, sino que en las dos siguientes décadas se asistió a la destrucción del bienintencionado sistema de cooperación internacional que se trató de vertebrar a través de la Sociedad de Naciones, a una oleada creciente de proteccionismo y desconfianza entre los países, a la emergencia de partidos de corte nacionalista ?si no abiertamente fascistas en toda Europa? y a una oleada de antisemitismo sin precedentes en la historia que anunciaba el horror del Holocausto. Si la Gran Guerra de 1914 no se puede entender sin la perspectiva de lo ocurrido en suelo europeo en 1870, la devastadora II Guerra Mundial fue, para muchos, epílogo lógico de lo acordado en Versalles, que no hizo sino generar el caldo de cultivo que ayudó a la caída, uno tras otro, de los sistemas parlamentarios liberales de buena parte de Europa, dando lugar a regímenes abiertamente fascistas (la Italia mussoliniana), autoritarios (España, Albania, Portugal, Polonia, Lituania, Yugoslavia, Austria, Letonia, Estonia, Bulgaria, Grecia o Rumanía) o al criminal régimen nazi de Adolf Hitler. Racismo en Entreguerras Pero todo ello estuvo anunciado durante el período de Entreguerras en el lenguaje racista, supremacista y eugenésico ?en el peor sentido del término? que fue ganando protagonismo en el debate público, desde luego, a lo largo y ancho de Europa, pero, también, en Estados Unidos, donde el Ku Klux Klan asistió a uno de sus períodos de algidez. Fue entonces cuando las fronteras se convirtieron en lugares de exigencia de «documentación en regla al extranjero». Fue entonces cuando se contempló de manera cruda el enaltecimiento de discursos que reivindicaban la existencia de varias categorías entre los seres humanos. Fue entonces cuando cobraron fuerza inusitada partidos excluyentes a uno y otro extremo ?comunistas y fascistas?, que fueron seduciendo a cada vez más extensas capas sociales, exacerbando la imposición radical igualitarista ?los primeros? y el odio a la otredad ?los segundos?, asimilándose, al fin, de manera terrorífica en su acción exterminadora. Pocos advirtieron entonces cómo lo que estaba sucediendo atentaba contra la más elemental dignidad humana. Tras la II Guerra Mundial se generó una catarsis que nos hizo albergar la esperanza de que, en algún momento, quedaríamos libres del horror segregacionista y excluyente cuando llegó la hora de los organismos internacionales, los derechos humanos, la descolonización, el impulso de la construcción europea, el final de la Guerra Fría y la caída de los regímenes comunistas, entre otras muchas realidades que hicieron mejor el mundo a finales del siglo XX. Con todo, hoy se perciben síntomas muy evidentes de un retroceso severo, de agotamiento y crisis en lo logrado. He aquí otra función del historiador: advertir las nubes que anuncian tormentas en nuestro tiempo para que el barco de la humanidad las eluda y encamine de nuevo su rumbo hacia un mundo más justo, abierto y solidario. ____________________ Antonio López Vega es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid y autor de «1914: el año que cambió la historia»