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Noticias de donald trump

10-10-2018 | Fuente: abc.es
El juez de Trump crea un equipo de mujeres
La primera decisión del nuevo juez del Tribunal Supremo de EE.UU., Brett Kavanaugh, ha sido crear un equipo de apoyo legal compuesto únicamente de mujeres -cuatro-, la primera vez que esto sucede en la historia de la más alta instancia judicial del país. Es un gesto casi electoralista, la decisión de alguien que quiere reparar un daño de tipo político a una institución que por definición no debería verse afectada por esos vaivenes. Ayer, Kavanaugh participó por primera vez en las vistas del tribunal, preguntando activamente a los procuradores y abogados en un caso sobre condenas en delitos de robo. Que Kavanaugh y el presidente que lo eligió, Donald Trump, se hayan visto obligados a lanzar ese tipo de guiños al electorado femenino obedece a la crisis provocada por las varias acusaciones de agresión sexual contra el juez, de las que el FBI le ha exonerado en una rápida investigación, pero que siguen muy presentes en la vida política de EE.UU. En menos de un mes, el 6 de noviembre, habrá elecciones legislativas, y los sondeos prevén una mayoría de los demócratas, que sopesan recusar al juez si logran controlar la Cámara de Representantes. Los republicanos creen que el giro conservador que Kavanaugh le puede dar a la corte puede ser decisivo en su intento de revocar decisiones polémicas como la legalización del aborto de 1973. De hecho, Trump hizo campaña prometiendo que sólo elegiría a magistrados conservadores para el Supremo, rompiendo la tradición de buscar candidatos centristas de consenso. El nuevo juez fue confirmado por el Senado el sábado con el menor número de votos de la historia: 50, con una inmensa mayoría de apoyo republicano y solo un voto demócrata. Mientras Kavanaugh asistía a su primera vista en el Supremo, afuera un grupo de mujeres se manifestaba contra él, un hecho poco común en una institución tradicionalmente al margen de elecciones.
10-10-2018 | Fuente: abc.es
Clamor mundial para que Riad aclare la suerte de Khashoggi
Pasan los días y crece el misterio sobre el paradero de Jamal Khashoggi. Naciones Unidas, la Unión Europea y Estados Unidos pidieron a las autoridades saudíes «una investigación completa y transparente» sobre lo ocurrido con el famoso periodista saudí, crítico con la monarquía, desaparecido desde el pasado martes cuando acudió al consulado de su país en Estambul para realizar un trámite burocrático. Desde Riad insisten en que Khashoggi abandonó el edificio y, como muestra de su disposición a colaborar con la investigación, abrieron las puertas de la legación a los expertos turcos que tratan de aclarar este caso, tal y como informó el ministerio de Exteriores de Ankara. La presión internacional en torno a Arabia Saudí crece en mitad de las declaraciones de fuentes policiales turcas y amigos personales del desaparecido que aseguran que fue «asesinado de manera salvaje». Citando diferentes fuentes próximas al caso, The New York Times señaló que «fue asesinado y descuartizado». The Wall Street Journal añadió que «el cuerpo fue posiblemente sacado en pedazos del edificio», la misma versión defendida por los testimonios recogidos por The Washington Post, medio con el que colaboraba el desaparecido, que aseguraron que «el cadáver de probablemente se descuartizó y se metió en cajas antes de sacarlo del país en avión». Esta versión llegó reforzada por las informaciones de medios turcos sobre la llegada a Estambul de 15 personas a bordo de un avión privado saudí, que realizaron un vuelo de ida y vuelta el mismo día de la desaparición. La respuesta oficial a estas acusaciones llegó de boca del príncipe Khalid Bin Salman, embajador saudí en Washington, que las calificó de «absolutamente falsas y sin fundamento», pero su consulado en Estambul sigue sin aportar pruebas que confirmen la salida de Khashoggi del edificio. El periodista tiene 59 años y reside desde hace un año en Estados Unidos, donde se autoexilió debido a su postura crítica con la monarquía y el príncipe heredero, Mohamed bin Salman, el auténtico hombre fuerte del país. Es columnista en la sección de Opinión de The Washington Post y una semana después de su desaparición el presidente estadounidense, Donald Trump, declaró su «preocupación», pero confesó no haber hablado del tema con las autoridades de Riad, sus grandes aliados regionales junto a Israel. Su secretario de Estado, Mike Pompeo, pidió a los saudíes una «investigación completa», lo mismo que la la alta representante europea para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini, quien añadió que espera «máxima transparencia» por parte del reino. Analistas como Ali Soufan escribió en las redes sociales que Bin Salman «está envalentonado porque no tiene que rendir cuentas por nada, ni por sus atrocidades en Yemen, ni por el secuestro del primer ministro libanés, ni por la purga interna contra disidentes? el caso Khashoggi es un paso más inevitable en esta trayectoria».
10-10-2018 | Fuente: abc.es
Dimite Nikki Haley, la cara amable del «trumpismo»
Las dimisiones, despidos o una mezcla de ambos no son novedad en el Gobierno de Donald Trump. Una treintena de salidas de altos cargos -incluidos media docena de miembros del Gabinete- en menos de dos años de presidencia han sacudido periódicamente a la Administración Trump. El adiós de Nikki Haley, que ayer anunció su abandono como embajadora de EE.UU. ante Naciones Unidas, sí tuvo algo novedoso: no estuvo envuelto en drama ni en grandes polémicas. Haley, una política hábil con grandes ambiciones, abandona el «trumpismo» entre sonrisas, vítoreada por su jefe y con una imagen positiva en buena parte del país. Una salida limpia de una presidencia volcánica que le deja intacta para futuras aventuras políticas. El anuncio del adiós de Haley fue por sorpresa. Nada hacía presagiar que la embajadora dejara su cargo cuando todavía no se ha cumplido la mitad del primer mandato de Trump y sin que haya sido protagonista de grandes controversias en una presidencia atiborrada de ellas. Las explicaciones de Haley, ofrecidas en una comparecencia junto a Trump en el Despacho Oval, no fueron contundentes. «Es importante que los cargos gubernamentales entiendan cuándo hay que echarse a un lado», dijo desde la Casa Blanca. «Lo he dado todo en estos últimos ocho años y creo que a veces es bueno que entre otra gente que ponga la misma energía y poder en ello», añadió sobre el tiempo que ha sido gobernadora de Carolina del Sur y su destino diplomático ante Naciones Unidas. «La verdad es que quiero que esta administración y este presidente tenga la persona más fuerte para la lucha». Trump se deshizo en elogios hacia Haley: «Ha sido muy especial para mí», «ha hecho un trabajo increíble», «es una persona fantástica», «entiende de qué va esto», «te echaremos de menos»? La embajadora respondió asegurando que ha sido «el honor de mi vida» trabajar para Trump, «una bendición» y que, con la política exterior del presidente, «ahora a EE.UU. se le respeta». El presidente aseguró que Haley ya le había adelantado hace seis meses que quería dejar el cargo a finales de este año y anunció que se anunciará un sustituto «en las dos o tres próximas semanas». Las flores que se lanzaron el uno al otro no ocultan que Trump y Haley han tenido diferencias. La embajadora ha sido una voz crítica con Rusia, en la línea tradicional del republicanismo, diferente a la política laxa que favorece Trump, que ha pasado de puntillas ante las evidencias de las interferencias de Moscú en las elecciones presidenciales que él ganó, ha buscado moderar las sanciones contra autoridades y empresas rusas y ha favorecido el acercamiento a Vladimir Putin, rematado con la cumbre entre ambos en Helsinki el año pasado. Su principal choque en este capítulo fue cuando el pasado abril Haley anunció sanciones a compañías rusas que habían colaborado en el arsenal de armas químicas de Siria. La Casa Blanca contradijo su anuncio, desechó las sanciones y un alto cargo aseguró que la embajadora sufrió «una confusión momentánea». «Con todo respeto, yo no me confundo»; respondió con personalidad Haley. Más allá de estos roces, Haley ha desplegado con vehemencia la política exterior de Trump en la ONU: atacó a Corea del Norte cuando el presidente intercambia insultos con Kim Jong-un, ha sido el azote de lo que ella ha llamado «el prejuicio antiisraelí» en la organización internacional, ha sacado al país de la Comisión de Derechos Humanos y ha sido una defensora feroz de la salida de EE.UU. del acuerdo con Irán, una de las grandes líneas exteriores de Trump. En el último año, sin embargo, su perfil político había perdido brillo. Haley gozó de mucho protagonismo en el año escaso que Rex Tillerson, un empresario que rehuía la atención pública, estuvo como secretario de Estado. La llegada de Mike Pompeo como jefe diplomático de EE.UU. y de John Bolton, un diplomático agresivo que tuvo su cargo en la ONU bajo la presidencia de George W. Bush, como asesor de seguridad nacional, redujeron su poder de decisión y su influencia sobre Trump. «No tengo nada decidido sobre qué haré a partir de ahora», aseguró Haley en la comparecencia. Lo que nadie duda es de que, antes o después, volverá a la política, después de haberse convertido en un valor en alza en el partido republicano en sus años de gobernadora y salir de la Administración Trump apenas sin mácula. «No me voy a presentar a las elecciones de 2020», insistió para desechar rumores sobre una candidatura contra Trump. «Prometo que lo que haré es hacer campaña por est»?, dijo señalando a Trump. El valor de esas promesas es discutible, pero no lo es la importancia del momento en el que dice adió. Se produce al día siguiente de la jura de Brett Kavanaugh como juez del Tribunal Supremo, después de que el elegido por Trump tuviera un proceso de confirmación sacudido por acusaciones de ataques sexuales y de que el propio presidente se mofara de una de las acusadoras y de sus alegaciones. Haley ha sido una de las pocas voces discordantes en el «trumpismo»: «Hay que escuchar a esas mujeres», llegó a decir sobre las acusaciones de agresiones sexuales que recibió el propio Trump durante la campaña. Haley es una excepción en el Gobierno de Trump por ser mujer -hay cinco-, pero, sobre todo, por tener el favor de la opinión pública. En una encuesta de abril de la Universidad Quinnipiac la colocaba como la mejor valorada del Gobierno, con una aprobación del 63%, unos números con los que Trump solo puede soñar. Quizá en el futuro Haley sea su pesadilla política.
09-10-2018 | Fuente: abc.es
Trump acepta la dimisión de Nikki Haley, la embajadora de EE.UU. en la ONU
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha aceptado este martes la dimisión de la embajadora de su país en Naciones Unidas, Nikki Haley, informa Reuters. Según ha indicado la portavoz de la Casa Blanca, Sarah Sanders, en su cuenta de Twitter, Haley y el presidente de EE.UU., Donald Trump, mantendrán una reunión a las 10.30 hora local (14.30 GMT). Trump había tuiteado anteriormente que iba a hacer un gran anuncio con su «amiga» Nikki Haley. La ex gobernadora de Carolina del Sur, uno de los rostros más populares de la administración republicana, se distinguió por llevar una línea dura contra Corea del Norte e Irán, las dos cuestiones políticas principales de este Gobierno. «Ha hecho un trabajo fantástico. Hemos hecho un trabajo fantástico juntos», declaró Trump a un grupo de periodistas en el Despacho Oval de la Casa Blanca, donde recibió a la aún embajadora. A pesar de que Trump aseguró que conocía la decisión de Haley desde hace meses, ya que hacía tiempo que esta le expresó su deseo de cumplir un mandato de solo dos años, la salida de una de las figuras más fuertes del actual Administración ha sido una sorpresa.
09-10-2018 | Fuente: elpais.com
Dimite la embajadora de Estados Unidos ante la ONU
El equipo de política exterior de Donald Trump pierde una voz moderada con la salida de Nikki Haley
09-10-2018 | Fuente: abc.es
Lo mejor de Estados Unidos es que su actualidad se comporta como un regalo que nunca se acaba (the gift that keeps on giving). Cuando parecía que la sobrecarga política de la era Trump había tocado techo y no podía ir mucho más allá sin el riesgo de fundir los plomos en Washington, l a saga del juez Kavanaugh ha servido para demostrar que todavía era posible aumentar el superávit de polarización, e incluso tribalismo, que acumula la distinguida democracia americana frente a los dilemas del nacional-populismo y toda su guerra cultural sin armisticio a la vista. Al conseguir el respaldo del Senado para su candidato al Supremo ?forzando un tóxico pulso entre el #MeToo y la presunción de inocencia? Donald Trump ha logrado movilizar todavía más pasiones políticas. Más madera para un conflicto en el que la moderación y el consenso llevan las de perder. Con un presidente de Estados Unidos empeñado en dar voz, canalizar y aprovechar algunos de los peores instintos de Estados Unidos. En este sentido, Trump estaría intentando revertir algunas de las tradiciones políticas de Estados Unidos que hasta ahora se han venido cumpliendo casi sin excepciones. La primera es que el partido que controla la Casa Blanca SIEMPRE pierde escaños en las legislativas de medio-mandato. Y la segunda es que un segmento decisivo de aquellos votantes que se llegan a movilizar para unas presidenciales no suele participar en otro tipo de consultas electorales. Al consagrar una mayoría conservadora en la cúpula del Poder Judicial ?un viejo anhelo del Partido Republicano? y presidir sobre los mejores resultados en materia de empleo registrados en medio siglo, Trump intenta hacer frente al reiterado comportamiento de los votantes americanos y dar esquinazo a su normalidad electoral. Por lo menos contener la sangría en la Cámara Baja y retener el Senado. Aunque el problema de generar tantas pasiones políticas es que al final hay sentimientos para todos. Y los demócratas también esperan que llegue el 6 de noviembre con más «entusiasmo» que nunca.
09-10-2018 | Fuente: abc.es
Trump convierte la campaña electoral en un referéndum sobre su juez
Como una victoria política. Así celebró anoche Donald Trump el ingreso del juez Brett Kavanaugh en el Tribunal Supremo, después de una de las vistas de confirmación más tensas y divisivas de cuantas ha visto EE.UU. en su historia reciente. El presidente norteamericano convirtió la jura del cargo para el noveno asiento de la más alta instancia judicial del país en toda una celebración del Partido Republicano, a un mes de unas elecciones que bien pueden costarle a esa misma formación la mayoría en el Capitolio. Fue una ceremonia innecesaria, porque Kavanaugh ya había jurado el cargo el sábado, pero Trump quiso repetirla televisada a toda la nación en horario de máxima audiencia. Primero le pidió perdón al juez en nombre de todo el país «por el terrible dolor que ha tenido que padecer», en referencia a las acusaciones de agresión sexual y la investigación que el FBI realizó la semana pasada, en la que no halló pruebas incriminatorias. «Se ha demostrado que es inocente», dijo el presidente. Luego, se colocó tras Kavanaugh, su mujer y sus dos hijas mientras este juraba el cargo ante el magistrado al que ha sustituido, Anthony Kennedy, quien ya está jubilado. «Soy consciente de que el Tribunal Supremo no es una institución partidista o política», dijo Kavanaugh, quien agradeció su apoyo a Trump y a los republicanos, entre aplausos. A pesar de las palabras del juez, todo en el acto de anoche estaba impregnado del ambiente belicoso previo a las elecciones legislativas del 6 de noviembre: un juez que entra en el Supremo con el menor número de votos en su historia, con la gran mayoría de los demócratas en su contra y con la amenaza, si estos recuperan el control de la Cámara de Representantes, de un proceso de recusación. Kavanaugh fue confirmado el sábado, entre protestas del colectivo feminista. El 6 de noviembre se renuevan un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes. Las últimas encuestas prevén que los demócratas recuperen el control de esta última por primera vez desde 2010. Como suele suceder en este tipo de elecciones parciales, en ellas se juzga, sobre todo, la gestión del presidente. Y en este caso, Trump se enfrenta a una oposición muy motivada, que cree que la elección de Kavanaugh supondrá un giro a la derecha del Supremo, sobre todo en asuntos como el aborto. Sin embargo, las encuestas se han equivocado antes, y los republicanos han decidido convertir el caso Kavanaugh en su propio caballo de batalla. Según el líder republicano en el Senado, Mitch McConnell, las acusaciones contra el juez han resultado ser «un regalo político», un ataque sin fundamento a alguien que puede darle un rumbo marcadamente conservador al país.
08-10-2018 | Fuente: abc.es
La lucha contra la corrupción y la defensa de la seguridad, las grandes bazas de Bolsonaro
Brasil enfila el camino de la derecha a imagen y semejanza de su vecino de América del Norte. Los parecidos entre Jair Bolsonaro (63) y Donald Trump (72) no son pocos. En lo negativo coinciden en su racismo, desprecio a las mujeres y comentarios homófobos. En lo positivo, ambos hombres, abanderados del ordeno y mando, conquistaron a buena parte de su electorado con mensajes implacables de lucha contra la corrupción, defensa de la seguridad y promesas de un futuro mejor para la economía de Brasil y de sus ciudadanos. El excapitán Bolsonaro, entusiasta, al menos de boquilla, de la dictadura brasileña, está a un paso (unos cuatro puntos) de convertirse en presidente del país que podría formar, por sí mismo, un continente. Las elecciones, como los partidos de fútbol, hay que jugarlas pero resulta muy difícil imaginar un escenario, dentro de tres semanas, con Fernando Haddad victorioso y Bolsonaro hundido. El escrutinio final de la primera vuelta arrojó un saldo de 46 por ciento de los votos para el primero y de poco más del 29 por ciento para el elegido de Luiz Inacio Lula Da Silva. El balotaje del 28 de octubre parece que apuntaría a confirmar la debacle del Partido de los Trabajadores (PT). La caída del movimiento que logró mantenerse en el poder, cerca de quince años consecutivos, fue tan dura que hasta se cobró la cabeza de la expresidenta Dilma Rousseff, incapaz de lograr un escaño de senadora en Minas Gerais, su territorio. La monumental corrupción destapada con el escándalo Lava Jato, el deficit económico y el récord de asesinatos en el 2017 (más de 64.000) sumado a la sombra de Lula y su estrategia de manotazos de ahogado desde prisión, no ayudaron a levantar en las urnas a un hombre tratado, por lo suyos, primero como un pelele y al final, a la desesperada, como su último recurso. El atentado contra Bolsonaro, como era previsible, logró el efecto contrario al propuesto. Su imagen se disparó y los sondeos, una vez más, no lograron registrar hasta donde llegaría la nueva estrella de la política brasileña. Evo Morales, imprudente histórico a la hora de opinar en las elecciones de los países que tiene más cerca (de los otros también), supo en esta ocasión guardar la ropa y manifestarse con una diplomacia sin precedente. Anticipó para la segunda vuelta, «la victoria del pueblo brasileño» y omitió pronunciar una palabra en contra de Haddad. El presidente de Bolivia sabe que corren nuevos vientos y con Bolsonaro en Brasil las cosas serán ?si las urnas no lo remedian- muy distintas de cómo fueron con Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Lula y Dilma Rousseff en Brasil, Michel Bachelet en Chile, Rafael Correa en Ecuador y el matrimonio Kirchner en Argentina, sin olvidar a José «Pepe» Mujica en el pequeño y armonioso Uruguay. Todos ellos formaron un equipo dispuesto a cerrar los ojos o hacerse los distraídos ante los abusos de unos y otros, fueran estos en Caracas, Buenos Aires, Quito o Brasilia. La nueva Sudamérica tiene ya otros protagonistas de la historia. La Argentina de Mauricio Macri, la Colombia de Iván Duque, el Chile de Sebastián Piñera, el Paraguay de Mario Abdo o el Ecuador de Lenin Moreno y el Uruguay de Tabaré Vázquez, están lejos de ese modo de entender la democracia que tanto daño hizo a buena parte del continente. Aunque sus parecidos con Jair Bolsonaro no sean los de Trump, su llegada al Palacio de Planalto, en el fondo, no sería tan mala noticia.
07-10-2018 | Fuente: abc.es
Un día en primera línea de la crisis migratoria en EE.UU.
Una nube de polvo se levanta cuando Rubén García da un portazo desde dentro de su ranchera, en otra calurosa mañana en El Paso, Texas. Con una mano en el volante, enseña un SMS que le acaba de mandar la Policía de Aduanas y Fronteras (ICE, en sus siglas en inglés), la «migra», como la conocen los hispanos. El mensaje informa de la puesta en libertad de más de 150 inmigrantes indocumentados, adultos y menores, pertenecientes a unas 75 familias, arrestados por la Patrulla de Fronteras tras cruzar el Río Grande y que han pasado varios días en centros de detención. «Díganos cómo proceder», cierra la misiva. «¿No es de locos?», suelta García. La «migra» le pregunta a él, el director de un centro de apoyo al inmigrante, Annunciation House, qué hacer con esas personas. El mensaje es solo un ejemplo de la crisis migratoria en la frontera Sur de EE.UU., con una política agresiva contra los inmigrantes que las propias autoridades no pueden acometer, azuzada desde Washington, que deja un rastro de drama humano y que es imposible saber a quién beneficia. «Es una situación desbordada», dice, mientras ataca una bolsa de cacahuetes y teclea las instrucciones a la «migra»: veinte familias a esta parroquia, treinta familias a aquella residencia de ancianos, otros veinte a esa otra iglesia? Después del escándalo de la aplicación de la política de «tolerancia cero» a familias de inmigrantes, ordenada por Donald Trump y que implicaba la separación entre adultos y menores, el presidente de EE.UU. tuvo que dar marcha atrás. Pero los arrestos en la frontera continúan y ahora los centros de detención de familias de El Paso están saturados y, de manera transitoria, se ven obligados a soltarlos mientras esperan su procesamiento por parte de un juzgado de inmigración. Rubén García, en otro de los espacios del centro de apoyo al inmigrante, Annunciation House - J.A. «Nos los mandan a nosotros porque no tienen lugar. La «migra» no quiere soltar gente a la calle», explica García, que lleva dedicado a apoyar a inmigrantes en situación difícil desde 1978, pero nunca se había enfrentado a una crisis como la que se vive en los últimos cinco años y, sobre todo, la que se desató a comienzos de verano con la aplicación de la «tolerancia cero» de Trump. En el caso de un adulto, puede estar detenido de forma indefinida hasta que le toque el turno de ver al juez de inmigración. Pero no es así para familias con menores, para los que la ley establece estándares más exigentes. «Hay gente incluso que pasa directamente andando el puente entre El Paso y Ciudad Juárez», dice en referencia la ciudad mexicana al otro lado del Río del Grande, mucho mayor que su hermana tejana y uno de los lugares más peligrosos del mundo, donde se mezclan narcos, traficantes de personas y vendedores de souvenirs. Los puentes entre ambas ciudades son el segundo paso fronterizo terrestre más transitado de EE.UU., después del que une a Tijuana y San Diego, en California. «Se entregan en el puente porque saben que la ?migra? no tiene ahora dónde encerrarlos», explica, y pone la ranchera rumbo a una de las parroquias donde llegarán por la tarde los inmigrantes. Centros abarrotados El abarrotamiento de los centros para familias es solo un ejemplo de la crisis migratoria. A poco más de media hora de El Paso, las autoridades federales han levantado un centro de detención de menores con casi 4.000 camas. Conocido como Tornillo, por la localidad fronteriza en la que se encuentra, se ha convertido en un infame campo de concentración de niños, que en las últimas semanas han sido enviados hasta aquí de forma masiva, por la noche y en autobuses después de viajes de varios días desde todos los puntos de EE.UU. «Anoche llegaron trescientos», cuenta García. Se supone que estos son centros transitorios, por los que pasan los menores hasta que encuentran un sponsor -un familiar o un amigo de la familia- que se haga cargo de ellos hasta que tengan su citación con el juez. Pero las autoridades ya reconocen que pasan detenidos de media casi dos meses y para muchos se puede alargar más. Un reciente informe oficial, elaborado por el Inspector General del Departamento de Seguridad Interior, reconocía que la Administración Trump no estaba preparada para implementar la «tolerancia cero». El ansia por mostrar «mano dura» fue contraproducente: no paró la llegada de indocumentados, solo empeoró sus condiciones de detención y forzó a las autoridades a incumplir la normativa de detención de menores. García insiste en que es imposible separar el clima político de EE.UU. de la situación que se vive hoy en la frontera. Trump ha azuzado el racismo latente en la sociedad estadounidense para auparse al poder, con el inmigrante no blanco como cabeza de turco. «Él no puede decir que no los quiere porque tienen la piel color café. Así que dice que son narcos, criminales o violadores». Hoy, sin embargo, la preocupación de García no está en los problemas estructurales de la crisis migratoria: su objetivo inmediato es preparar alojamiento y víveres para dos o tres días para los inmigrantes soltados por el ICE mientras consiguen que un familiar o amigo les pague un billete de autobús para quedarse de forma transitoria con ellos. Jueces muy duros «Se busca que se marchen de El Paso con un familiar. Este no es un buen sitio para los procesos de inmigración», dice Brinkley Johnson, una voluntaria llegada desde California. «En El Paso los jueces son muy duros». Lo confirma Linda Rivas, una abogada que da servicios legales a inmigrantes desde el centro Las Américas. «El porcentaje de personas que consigue el asilo en El Paso es muy bajo. Menos del 7% gana su caso aquí. Muchas veces no tienen la oportunidad de salir a otro sitio. En el último año, no han concedido ni una sola libertad provisional», explica. «Es una farsa del debido procedimiento legal», dice un abogado criminalista de El Paso, que prefiere mantenerse en el anonimato, sobre el tratamiento judicial a los inmigrantes indocumentados ante las violaciones de los derechos de estas personas, a las que se somete a juicios rápidos, sin posibilidad de articular una defensa. «Con la llegada del fiscal general Jeff Sessions, se está minando la independencia de los jueces en los casos migratorios», añade Rivas. «Se impone cuotas a los jueces, se les rebajan los tiempos procesales, se les quita potestad de cerrar casos». Nadie tiene la solución de un problema complejo, que va más allá de las fronteras de EE.UU. y en el se mezclan la violencia, la desigualdad, el ansia de supervivencia, la xenofobia y los intereses políticos. Pero García, mientras se afana por convencer a la dueña de un motel que aloje a treinta familias un par de noches, tiene claras tres cosas: cuando las autoridades eran más laxas, «los inmigrantes se iban al interior y ni nos enterábamos, se ponían a trabajar y se convertían en miembros productivos de la sociedad»; el inmigrante «no le quita trabajo a nadie», porque los estadounidenses no quieren partirse el espinazo recogiendo fresa en California; y si hay una víctima de todo esto son las personas que él trata de ayudar cada día, maltratadas por traficantes de personas antes de cruzar la frontera y por las autoridades después.
07-10-2018 | Fuente: abc.es
Brasil busca este domingo un camino que puede reflotarlo o socavar aún más la profunda crisis económica y política en que se ha sumergido en los últimos cuatro años, tras el estallido de un gigantesco escándalo de corrupción, que derribó a la última presidenta electa, Dilma Rousseff, y llevó a la prisión al mayor líder político del país, el exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva. Con un país dividido entre los que detestan a Lula y su Partido de los Trabajadores (PT), los que le tienen verdadera pasión y los están en el medio de esa tormenta, más de 147 millones de brasileños votarán en 5.570 municipios de 27 estados, en uno de los comicios más dramáticos desde 1990, cuando realizó su primera elección directa después de tres décadas de dictadura. Los brasileños elegirán no sólo al presidente, sino también gobernadores, senadores y diputados, representantes de 27 estados. Serán 556.000 urnas electrónicas en Brasil y en 171 localidades en el resto del mundo, en la que representa una de las mayores elecciones globales y de las más modernas, donde la última novedad es que más de 87 millones votarán biometricamente, identificados por la impresión digital, y usando una aplicación en el móvil sin necesidad de documento de papel. En un escenario muy imprevisible, los dos favoritos a ir a una segunda vuelta el 28 de octubre son el ultraderechista Jair Bolsonaro, con un 35% en los sondeos, y el filósofo petista, Fernando Haddad, con un 22%. El empuje con el que ha crecido en el último mes, después de un atentado que casi le quitó la vida, puede impulsar a Bolsonaro a llevarse la elección en una primera vuelta, como buscan sus militantes, tratando de anular el fuerte rechazo del 45%, fomentado principalmente por mujeres y la campaña #EleNão (Él no). Para vencer en primera ronda son necesarios más del 50% de los votos. Polarización El exmilitar y Haddad son los representantes de una polarización concentrada en la imagen de Lula y su partido, que gobernó el país durante 13 años, dejando el recuerdo de una euforia con una economía pujante e importantes conquistas sociales que situaron a Brasil en un inusual puesto de vanguardia internacional. El colofón de esos tiempos, protagonizados por Rousseff, dejó también la marca de un país emergente que dejó de lado sus prioridades para despilfarrar fondos en los estadios del Mundial de Fútbol 2014 y en la organización de la Olimpiada Río 2016, una ilusión que se desbarató con los escándalos de la estatal Petrobras y un cartel de constructoras, salidos a la luz hace cuatro años. «Independientemente del resultado, el vencedor de esta elección ya es Bolsonaro, porque fue quien pautó el debate. El eje de la discusión se dislocó hacia la derecha, inflamando aún más el debate estructural», explica Fabio Luis Barbosa dos Santos, doctor en Historia Económica de la Universidad de São Paulo (USP). En tercer lugar en las encuestas está el laborista Ciro Gomes, soñando con un viraje que a estas alturas, con un 11%, sería espectacular. Gomes es exministro de Lula y uno de los economistas que detuvo la hiperinflación en la década de 90, depende de una unión de los electores de centro, por un «voto útil», que abandonarían en el camino a otros dos prestigiosos políticos, el socialdemócrata, Geraldo Alckmin, con el 10%, y la ambientalista Marina Silva, que se ha desplomado en un mes, del 16% al 4%. Puede sorprender por ser el único capaz de vencer a Bolsonaro en los sondeos de segunda vuelta. Operación Lavacoches La corrupción revelada por la Operación Lavacoches, encabezada por una red de jueces, fiscales y la Policía Federal, salpicó a políticos de los partidos más importantes: el PT, un viejo abanderado de la ética, el socialdemócrata PSDB y el Movimiento Democrático Brasileño (MDB), del actual presidente, Michel Temer, el más impopular de la historia, con un 4%. Las investigaciones llevaron a la cárcel en abril de este año a Lula, que pese a las condenas y acusaciones por corrupción y blanqueo de fondos, era el favorito para vencer en los comicios con un 39% de los votos, que registraba hasta el mes pasado, cuando la Corte Electoral (TSE) le prohibió definitivamente su candidatura. En medio de esas frustraciones surgió el candidato alternativo Bolsonaro, un excapitán del Ejército, por el diminuto Partido Social Liberal (PSL), que con un discurso machista, homofóbico y racista, ha conquistado una importante base de electores que no quieren al PT de vuelta. «Bolsonaro es la respuesta de una sociedad asustada. Quien está sin trabajo tiene miedo del hambre, y quien trabaja, tiene miedo del desempleo. Todos tienen miedo de la violencia y también, miedo de la policía», escribe Luis Barbosa. Una guerra sucia El líder nacionalista, autoritario y que llegó a ser entusiasta del chavismo, de la estatalización y se ha convertido en un liberal de última hora, ha crecido exponencialmente en la ruina brasileña, que en los últimos cuatro años ha visto resurgir el desempleo, la recesión económica y ha perdido el orgullo de ser brasileño, ante la repercusión internacional de los escándalos de corrupción, que dejaron huellas por el mundo. La violencia es otro de los grandes problemas del país. Con más de 62 mil asesinatos en el último índice de seguridad pública, el discurso de Bolsonaro, favorable a la liberación de las licencias de armas y la reducción de la edad mínima penal, ha encontrado eco entre electores que buscan salidas simples para problemas más complejos, como deficiencias educacionales, en la sanidad, en el transporte y en la falta de viviendas dignas, con más de 100 millones de brasileños sin acceso a saneamiento básico. Para Barbosa, Bolsonaro promete el orden por la truculencia, en un contexto de desprestigio de los movimientos sociales y de la política tradicional, así como ocurrió con Donald Trump en EE.UU., con Recep Tayyip Erdogan, en Turquía, o con el recrudecimiento del fascismo en Italia. Con una campaña que ha salido de la tradicional propaganda de televisión para crecer en redes sin control, especialmente en WhatsApp, la distribución de noticias falsas se ha alimentado ferozmente, llevando a incidentes violentos, especialmente entre los electores de Bolsonaro. El incidente más grave fue la puñalada contra Bolsonaro, el pasado 6 de septiembre, dada por un albañil aparentemente desequilibrado. Días antes, Bolsonaro pedía a sus correligionarios que «acribillasen a petistas». Lo cierto es que Brasil está en una encrucijada entre el petismo y el antipetismo. «Cualquier gobierno que venga será inestable, como fue (Fernando) Collor», compara Barbosa, recordando al independiente electo en 1990, que cayó tras solo dos años en el poder por una investigación del Congreso.