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Noticias de conflictos

25-05-2020 | Fuente: abc.es
José Toro Hardy, exdirector de Pdvsa: «Los buques iraníes podrían traer piezas para reparar las refinerías»
Venezuela lleva varios años dependiendo de la importación de gasolina pues no tiene capacidad para abastecer su mercado interno. En el pasado quedó aquella empresa Petróleos de Venezuela (Pdvsa) que producía 3.5 millones de barriles diarios a la que hoy produce un poco más de 600.000, de acuerdo con fuentes secundarias de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en su informe mensual. José Toro Hardy (Caracas, 1942), economista y director de Pdvsa durante el período 1996-1999, explica a ABC cuál es el estado de las refinerías venezolanas, por qué no hay gasolina en el país petrolero y por qué Nicolás Maduro depende ahora de esos cinco cargueros iraníes que navegan por aguas internacionales -dos de ellos ya se encuentran en aguas venezolanas- para palear la escasez de combustible que tiene a todo el parque automotor del país paralizado. ¿Cuál es el estado de las refinerías de Venezuela? Todas las refinerías de Venezuela están paralizadas. Desde el año 2002-2003 cuando el expresidente Hugo Chávez despidió a más de 20.000 trabajadores de Pdvsa, la empresa nunca pudo recuperarse. Progresivamente, a lo largo de estos 20 años, las refinerías se han ido deteriorando sin que se les hiciera el mantenimiento. Hoy en día están todas paralizadas, por lo tanto dependemos de la importación de gasolina. En buena medida, quienes venían comprando gasolina a su vez la importaban para el consumo interno era la rusa Rosneft, pero se fueron del país y nadie la ha reemplazado. Y además, con motivo de las sanciones nadie ha querido traer gasolina a Venezuela. No hay gasolina en el país y las colas en las estaciones de servicios son de días. Esta situación ya existía en el resto del país hace bastante tiempo, pero ahora llegó a Caracas. ¿Hasta que año Venezuela pudo producir óptimamente gasolina? Las refinerías estuvieron funcionando bien hasta el 2012, ese año se produjo un incendio en la planta de Amuay (ubicada en el Complejo Refinador de Paraguaná, en el estado Falcón) y la refinería no volvió a trabajar adecuadamente. Cardón (también en el Complejo Refinador de Paraguaná) lleva 2 años paralizadas, la de Puerto la Cruz, en el estado Anzoátegui, lleva 3 años y así fueron parándose una a una. ¿Pero, por qué se acentuó la escasez de gasolina en el mes de mayo? El punto de inflexión es el retiro de Rosneft de Venezuela. La mayor parte de la gasolina la traía Rosneft. Pero básicamente es la caída de los precios del petróleo lo que hace que Rosneft se vaya. Rusia es un país absolutamente dependientes del petróleo, es su principal sector de la economía. Cuando los precios del petróleo se vienen abajo, Rosneft pierde interés en Venezuela y por lo visto toma la decisión de concentrarse en la producción doméstica de petróleo porque su economía está muy afectada con la caída de los precios y con la caída del consumo derivada de la pandemia. Bajo estas circunstancia se hacen las negociaciones para que Irán traiga cinco tanqueros al país. ¿Y por qué otras empresas no han enviado gasolina a Venezuela? Problamente por las sanciones. Se fue Rosneft, la empresa mexicana se desinteresa por el petróleo venezolano al caer los precios y las refinerías venezolanas están paralizadas por falta de mantenimiento, eso te explica por qué no hay gasolina en el país. Y es el momento en el que el Gobierno de Maduro llega a un acuerdo para importar gasolina desde Irán a cambio de nueve toneladas de oro. ¿Mientras Rosneft tuvo actividad en Venezuela intentó recuperar alguna de las refinerías del país? Rosneft tenía participación en algunas empresas mixtas, pero no vinculadas con la refinación sino con la producción. A su vez , venía comprando el 60% de todo el petróleo que exportaba Venezuela. Se dice que ellos estuvieron revisando las refinerías para ver si llegaban a un acuerdo en el cual podrían reactivarlas, pero por lo visto encontraron que la inversión que había que hacer era muy alta y decidieron no llevarla acabo. Se dice que Irán no solo trae gasolina, sino piezas, repuestos y catalizadores para reactivar la refinería del Cardón. Esa refinería es de una tecnología elevadísima originalmente contruída por los ingleses, pero a mediados de los 50 se hizo una inversión de 5.000 millones de dólares en ella para adecuarla a nuevas tecnologías de origen americano. La refinería fue modificada como un traje a la medida a las características del crudo venezolano y es una tecnología muy compleja. ¿Cree que Irán pueda arreglar las refinerías? Aunque los iraníes pudiesen poner las refinerías en funcionamiento, estas no pudieran producir gasolina ya que el petróleo venezolano es muy pesado con mucho azufre y residuos metálicos que requiere de altísimas tecnologías para transformarla en gasolina. Y para elevar el octanaje a 91 o 95, que son los que consumen los vehículos en Venezuela, hay que agregar una cantidad de productos que antes producían nuestras refinerías y que ahora hay que importarlos. Por eso los alquilatos que traen dos de los tanqueros. ¿Cuántos días abastecen esos cinco buques iraníes? Lo que ellos traen son cinco tanqueros que en total cargan 1.400.000 barriles de gasolina, eso equivale al consumo de 16 días de la Venezuela actual deprimida. Pero el gran problema es la situación geopolítica en la que queda envuelta Venezuela. Nuestro país nunca ha tenido contacto con el Medio Oriente, excepción hecha con la OPEP, y la posición que históricamente habíamos mantenido era ser neutral ante los conflictos de la región, pero por primera vez estamos tomando partido por Irán, que está sancionada por EE.UU., al igual que Venezuela. El primer buque entró ayer a aguas venezolanas sin ser interceptado por EE.UU. ¿Por qué cree que no intervino? Yo creo que la posición de EE.UU. es dejar pasar algunos buques porque por razones humanitarias el país necesita la gasolina, pero yo no estoy seguro de si eso va a ocurrir con los restantes. Sin embargo, lo que enrarece la situación con las recientes declaraciones que hizo Iván Simonovis desde Washington al asegurar que Irán quiere establecer en la península de Paraguaná, en el Estado Falcón, un centro de espionaje para controlar las comunicaciones en el Caribe. Yo no creo que Estados Unidos vaya a permitir eso.
23-05-2020 | Fuente: as.com
ProLiga pide a Federación y AFE estar presente en las reuniones de la Comisón Mixta
La patronal de clubes no profesionales pide su participación ante los posibles conflictos en los contratos de los futbolistas que terminan el 30 de junio.
14-05-2020 | Fuente: as.com
Rubiales y Tebas firman un código de buena conducta
Irene Lozano les arranca por escrito el compromiso de "resolver de forma amistosa los conflictos". En la reunión también se habló del regreso de LaLiga más allá del 12 de junio.
10-05-2020 | Fuente: abc.es
Gigantes y pigmeos
Guerras tengas y las ganes. La maldición de la gitana se aplica a las guerras tal vez más que a los pleitos, ya que los supuestos vencedores acaban con problemas difíciles de superar de cómo remediar las heridas, cuidar las llagas mentales y morales, reedificar las ruinas, recuperar el coste, explotar la victoria sin perpetuar el odio y el resentimiento de los vencidos, y reconstruir un entorno habitable dentro de los «confracti rudera mundi» -por prestarle la frase a Virgilio- los fragmentos, es decir, de un mundo quebrado. Los vencedores suelen fracasar. Pensamos en los casos actuales de la incapacidad de los EE.UU. de gestionar sus victorias en Irak o en Afganistán, o en los desastres que se han conseguido los sauditas en Yemen, o los contrarrevolucionarios en Siria. Si remontamos al siglo veinte, tenemos ejemplos poco alentadores: entre otros muchos, la Primera Guerra Mundial, cuando la paz impuesta por los aliados condenó el mundo a hundirse económicamente y fomentó guerras futuras; la guerra civil española, cuyos efectos siguen dividiéndonos; la guerra de Corea, que enfrió la guerra fría; los conflictos digamos bajoimperiales de los británicos en Suez, Adén, Kenia, Malaya y las Malvinas, todos los cuales terminaron en victorias píricas que ni arrestaron ni el declive del Reino Unido ni la pérdida de su imperio. El caso más claro -que lleva, además, las lecciones más inquietantes para los líderes del mundo de hoy frente a la lucha contra el Covid-19- es el de la victoria que se celebra, con poco acierto, en la actualidad: la Segunda Guerra Mundial. En aquel momento el mundo tuvo una ventaja que nos falta en el día de hoy: líderes de la categoría gigantesca de Truman, que se demostró capaz de tomar una decisión tan arriesgada como la de lanzar la bomba atómica; De Gaulle, quien, a pesar de sus defectos de arrogancia personal, tenía una visión clara y moral de su deber patriótico y religioso; Stalin, que fue un monstruo pero un monstruo inteligente; y Churchill, que sabía bien las calidades que se exigen en momentos claves de destino histórico -«en la victoria, la magnanimidad, y en la paz la buena voluntad»-. Contemplando ahora los pigmeos que dictan el futuro del mundo se queda desesperado. Tenemos a un Trump -payaso malévolo-; un Xi y un Putin, quienes son, como Trump, entre los autores del regreso hacia un mundo posideológico de nacionalismos contundentes; un Boris Johnson, intentando pálidamente imitar a Churchill y gestionando la crisis del coronavirus aun peor que Pedro Sánchez, con un récord muy parecido de fracaso y de falta de preparación y una tasa de muertos aún más escalofriante; un Macron, cuyos instintos europeístas son recomendables pero que se muestra ineficaz ante una situación ingobernable; y una Merkel, que es, «hors pair», la gran dama del mundo pero cuya carrera política está tocando hacia su fin. Desgraciadamente, en la posguerra de la Segunda Mundial, aquella miríada de talentos no contó por nada. A Churchill el electorado británico echó de su puesto de primer ministro en 1945. De Gaulle también cayó víctima de la política francesa. Truman, dándose cuenta que como iban las cosas, no se presentó a las elecciones norteamericanas; Stalin quedó como el último de los titanes. La oportunidad de construir un mundo mejor se perdió. Terminamos con los bloques de la guerra fría, una Europa aplastada e incapaz de colaborar, una paz precaria custodiada por el temor a la bomba atómica, y una trayectoria económica mundial carente de valores morales ni medioambientales. ¿Y esos vencedores? Los EE.UU. sí venció y se convirtió en la superpotencia mundial. Pero no supo aprovechar del momento y se condenó a pagar el coste de liderar uno de bloques de la guerra fría contra el otro. La China nacionalista sí venció, pero al cabo de cuatro años se había hundido ante la ola maoísta. La Francia y el Reino Unido sí vencieron, pero la guerra había sido una prueba muy dura para las dos, dejando clara la imposibilidad de mantener sus imperios, ni de pagar siquiera sus deudas. La Rusia sí había vencido, pero cuando se tiene en cuenta las miserias de estalinismo, esa victoria acabó catastrófica para los rusos y los súbditos del imperio soviético. ¿Y esos vencidos? Alemania, Japón e Italia venían a ser los países modélicos del «milagro económico» de los años 50 y 60, mientras Francia y Gran Bretaña quedaban relativamente estancados. La recuperación del mundo -lenta y a tanteos- de los desastres de guerra tenía poco que ver con los políticos, sino con tecnócratas visionarios, como el Barón Descamps, autor de la reconstrucción de un sistema factible de arbitraje internacional dentro de la organización de la naciones unidas, George Marshall, que puso en marcha el plan homónimo para salvar las economías europeas, y Jules Rimet y sus colaboradores, quienes realizaban la visión más alentadora y más conmovedora de la historia moderna: la de una Europa cada vez más unida, capaz de restaurar el equilibrio político al mundo, y la prosperidad -racionalmente reglamentada en beneficio a todos- a sus ciudadanos. Es difícil pensar en una iniciativa más positiva, desde la fundación de los Estados Unidos -pero se trató en este caso de unas colonias mucho más fáciles de coordinar que las naciones europeas, entrañablemente enemistadas entre sí y reducidas a miseria y penuria- o tal vez la revolución francesa, que empezó bien pero terminó mal, extinguiendo las luces de la Ilustración en la sangre del terror. «La generación de los que sobrevivieron la Segunda Guerra Mundial», comentó la Reina Isabel la noche de la conmemoración de la victoria sobre los nazis, «supo que la mejor manera de honrar a los muertos fue evitar otra guerra más. La mayor respuesta a su sacrificio es que países opuestos ya se han convertido en colaboradores, trabajando juntos para conseguir la paz, la prosperidad, y el bienestar de todos nosotros». Pero ahora el Brexit coincide de una manera amonestadora con las respuestas divergentes entre los países de la Unión a la amenaza del coronavirus. No se puede confiar en las instituciones europeas para conseguir la soñada «estrategia de la salida» de la crisis. Ni tenemos líderes al nivel de sus responsabilidades, ni disponemos, por lo visto, en el campo de la gestión de la salud pública, de tecnócratas fiables, ya que los supuestos expertos en el tema han conseguido arruinar nuestras economías y empeorar nuestras vidas, sin lograr medios sostenibles de contener el virus. Por ahora no hay más remedio que volver a los consejos de Churchill, de los cuales también la reina británica hizo eco en su emisión: «aguantar la lucha y desafiar el desastre». Felipe Fernández Armesto es catedrático de Historia Mundial de la Universidad de Londres
06-05-2020 | Fuente: abc.es
Un exoficial de policía y su hijo matan a tiros a un joven por estar «detrás de los robos» del barrio
Un fiscal del condado de Georgia dijo que pediría a un gran jurado que decidiera si se presentarán cargos contra un exoficial de policía blanco y su hijo por matar a un joven negro desarmado mientras recorría una pequeña ciudad. Los disparos a Ahmaud Arbery, de 25 años, en las afueras de Brunswick, Georgia, en febrero fue capturado en vídeo y publicado en redes sociales. El metraje gráfico ha provocado indignación por la reticencia de los fiscales a presentar cargos contra Gregory McMichael y su hijo, Travis. «Opino que el caso debe presentarse ante el gran jurado del condado de Glynn para considerar los cargos penales contra los involucrados en la muerte del Sr. Arbery", dijo Tom Durden, fiscal de distrito interino de un distrito vecino, en una carta publicada el Facebook. Durden, quien fue asignado para investigar el tiroteo fatal después de que los fiscales en Brunswick y un distrito vecino se acusaron de posibles conflictos de intereses, dijo que presentaría el caso al próximo gran jurado disponible en el condado de Glynn. Ese gran jurado podría no reunirse hasta mediados de junio o más tarde porque los tribunales estaban sujetos a restricciones impuestas por la pandemia del coronavirus. El vídeo, que fue tomado por un testigo no identificado en otro automóvil, muestra a Arbery trotando por una carretera estrecha de dos carriles y alrededor de una camioneta blanca detenida en el carril derecho, con la puerta del conductor abierta. Cuando Arbery cruza frente al camión, se escucha un disparo. Luego se ve a Arbery luchando con un hombre que sostiene una pistola larga mientras un segundo hombre está parado junto al camión. Se escuchan dos disparos más antes de que Arbery tropiece y caiga boca abajo sobre el asfalto. Según un informe policial obtenido por el New York Times, Gregory McMichael, un exoficial de policía e investigador del distrito municipal, dijo a los investigadores que sospechaba que Arbery estaba al acecho de los recientes robos en el vecindario, convocó a su hijo y los dos hombres lo persiguieron en el camión, Gregory McMichael llevaba un revólver Magnum .357 y Travis armado con una escopeta. Según una carta obtenida por el Times, el fiscal de Brunswick argumentó que no había una causa probable para arrestar a los McMichael porque llevaban armas de fuego legalmente, tenían derecho a perseguir a un sospechoso de robo y usar la fuerza letal para protegerse.
04-05-2020 | Fuente: abc.es
El virus de Tucídides
Como tratamiento más efectivo contra el coronavirus, China promociona su creciente autoritarismo mientras que los Estados Unidos de Trump han empezado a recurrir a la conspiranoia. Si antes se decía que Pekín y Washington eran dos gigantes unidos por el bolsillo, ahora se puede hablar del comienzo de una guerra fría apalancada en conocidas tensiones preexistentes a la pandemia. Con frentes ya conocidos que abarcan desde el comercio hasta la tecnología pasando por la geopolítica. Es por esto por lo que la llamada «trampa de Tucídides», que pronostica con todo el pesimismo del realismo político conflictos inevitables cuando potencias emergentes cuestionan el status quo, parece haber envejecido mal. A partir de ahora, vamos a tener que empezar a hablar del «virus de Tucídides». Un virus que genera sobredosis grotescas de nacionalismo que para perjuicio de todos pueden llegar a lo irracional. Las preguntas e investigaciones sobre el origen del Covid-19 están más que justificadas ante la terrible crisis sanitaria planteada. Sin embargo, con su opacidad y suspicacia, la China especialista en construir muros no hace más que fomentar peligrosas teorías conspirativas. Con el agravante de que esta vez Pekín, con su cuestionable asertividad, intenta exportar su propio régimen de censura a los medios de comunicación internacionales e incluso a gobiernos extranjeros, vigilando lo que dicen y amenazando con represalias. En Estados Unidos, la campaña de reelección de Donald Trump pivota sobre China como culpable dolosa de la pandemia que en junio puede llegar a cobrarse diariamente las vidas de 3.000 americanos. La Casa Blanca, con más oportunismo que evidencias, está forzando un relato para consumo doméstico de cara a los comicios de noviembre con la aspiración de hacer olvidar la vergonzosa gestión del presidente. Ante este clima político tan deprimente, solo parece funcionar la sátira como antídoto. El New Yorker se ha atrevido a bromear que el destructivo Trump fue creado en un laboratorio secreto por los enemigos de Estados Unidos.
03-05-2020 | Fuente: abc.es
El desgobierno planetario frente al coronavirus
Sabemos desde hace décadas que las amenazas a las que nos enfrentamos ?sea la crisis climática, la proliferación de armas de destrucción masiva, las pandemias, el terrorismo, el crimen organizado y tantas otras? superan las capacidades de cualquier Estado nacional en solitario. Sabemos, por tanto, que solo sumando capacidades y voluntades nacionales, públicas y privadas, es posible articular una estrategia multilateral y multidimensional con ciertas posibilidades de éxito, enfocada principalmente a la prevención y a la respuesta común ante lo que nos afecte. Y, sin embargo, como bien demuestra la Covid-19, seguimos atrapados en un suicida enfoque individualista, mientras los órganos de gobernanza de la globalización muestran su impotencia para salir al paso. Nada de esto ocurre porque la Covid-19 sea un «cisne negro» absolutamente inesperado. De hecho, desde el final de la Guerra Fría, las pandemias ya figuran explícitamente en las Estrategia Nacionales de Seguridad de países como España y, en lo que llevamos de siglo, hasta en siete ocasiones la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió una emergencia de salud pública de importancia internacional. Tampoco es debido a la inexistencia de organismos multilaterales con mandato para preservar la seguridad humana. La ONU, único y legitimo representante de la comunidad internacional, fue creada para ello tras el brutal impacto de dos guerras mundiales. En su seno cuenta con agencias y departamentos potencialmente capacitados para ejercer ese papel? si sus 193 Estados miembros les dieran los medios necesarios. Pérdida de control El actual desajuste del sistema de gobernanza es el resultado, a escala nacional, de la doctrina neoliberal que logró imponer, ya en los años ochenta, la idea de que el Estado es parte del problema y el mercado es la solución. Así se ha llegado a un punto en el que los Estados han perdido el control de muchos procesos (sobre todo de la mano de actores económicos multinacionales) que afectan muy directamente al bienestar y la seguridad de sus ciudadanos. Por otra parte, el multilateralismo ha ido perdiendo defensores, como lo demuestra el hecho de que siquiera figura ya en el orden del día la reforma de la ONU, mientras Trump opta por salirse de la Unesco, la Unrwa, el Acuerdo de París o ahora también de la OMS, e incluso la Unión Europea muestra abiertamente sus fracturas internas poniendo en serio peligro su imprescindible proyecto de unión política. En lugar de avanzar por la senda que marcaba en 2005 Kofi Annan, en el último intento reseñable de actualizar la ONU, reclamando un nuevo orden internacional basado en el desarrollo, la seguridad y los derechos humanos para todos, la organización se ha quedado convertida apenas en un chivo expiatorio (para echarle las culpas por su inacción), en un aval a posteriori (para justificar determinadas acciones bélicas) o en un cajón de sastre humanitario (para paliar mínimamente los desastres provocados por aventuras militaristas o alguna catástrofe). Así se explica que, hasta hoy, el Consejo de Seguridad no ha logrado ni siquiera reunirse, a diferencia de lo ocurrido cuando estalló la pandemia del Sida o del Ébola. Y si hoy se puede achacar esa responsabilidad a China, temerosa de verse señalada con el dedo acusador, ayer fueron otros privilegiados como EE UU o Rusia los que recurrieron al mismo abuso para tapar sus vergüenzas. Sin gobernanza global efectiva ?es decir, sin ONU? el planeta se mueve a bandazos, acercándonos cada vez más a la ley de jungla, en la que cada Estado, dependiendo de sus propias fuerzas, trata únicamente de defender sus intereses e imponer su dictado a otros. Si eso podía valer antes de la entrada en la era nuclear, hoy resultaría ridículo si no fuera tan inquietante. Inquietante porque nos arrastra a una competencia en la que todos salimos perdiendo. Y, tal como se está comprobando, no sirven como sustitutos ni el G-7 ni el G-20. Arrinconado el primero por su falta de representatividad, el segundo, creado en plena crisis de 2008, tampoco ha sido capaz ?al igual que otros organismos como el FMI o el Banco Mundial? de ir mucho más allá de las declaraciones y puntuales promesas todavía por implementar. Cortoplacismo No debería haber ninguna duda de que necesitamos un policía mundial y un gestor planetario para atender a los problemas que compartimos en este desigual mundo globalizado, que no va a terminar cuando se supere la pandemia. Idealmente, la ONU debe ser la referencia central (sin olvidar a la UE a escala europea). Pero, al menos de momento, es el mismo cortoplacismo y el mismo nacionalismo mal entendido de 2008 el que ahora nos vuelve a dejar sin capacidad para contar con un órgano de dirección y coordinación a escala planetaria para responder a problemas que pueden suponer la muerte de cientos de miles de personas y la ruina material de muchos millones. ¿Hasta cuándo? Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre conflictos y acción humanitaria (Iecah) @SusoNunez
01-05-2020 | Fuente: abc.es
Hizbolá sí confía en España
No pilló ayer por sorpresa el anuncio del Gobierno alemán de que quedan prohibidas las actividades en el país del movimiento radical chií libanés Hizbolá. La rama militar del grupo que ha hecho dos veces la guerra a Israel estaba ya prohibida ?la UE en su conjunto la considera «terrorista»?, y con el decreto, y las redadas en cuatro centros de Hizbolá en Alemania camuflados en mezquitas, se da cerrojazo a la actividad política. No son muchos miembros, pero en Alemania Hizbolá contaba hasta ahora con un importante centro logístico mundial para recaudar fondos entre los inmigrantes musulmanes europeos, entrenar a guerrilleros, colaborar en las actividades de narcotráfico que también nutren sus arcas, y planificar atentados contra Israel desde las bases de la organización pro-iraní en Líbano y Siria. Casi nada. Las ramificaciones de Hizbolá en Europa han sido poco a poco desveladas en los últimos años gracias al esfuerzo policial en la investigación de algunos atentados terroristas, y a la iniciativa lanzada por la DEA (la agencia norteamericana para la lucha contra la droga) ?denominada «Cassandra»? dirigida a tratar de desmantelar sus fuentes de abastecimiento con el narcotráfico. Así ha podido conocerse que, además del importante centro logístico en Alemania, el movimiento libnaés cuenta con células en el Reino Unido, Francia, Bélgica, Italia, Chipre, Bulgaria y República checa. El dato de los ataques que en el pasado y actualmente lleva a cabo contra el Estado de Israel hace a Hizbolá especialmente atractivo en los ambientes radicales de la diáspora musulmana, tanto chií como de la mayoría suní. La ubicuidad de los fanáticos libaneses está, lógicamente, muy facilitada por su padrino iraní, que en cierto modo cuenta con Hizbolá para introducirse en otros conflictos de Oriente Próximo y asentarse en América a través de Venezuela, como acaba de volver a ponerse de relieve. La afinidad del partido español Podemos con el régimen chavista, y su «admiración por la lucha antisionista» de Hizbolá y la causa iraní, convierten a nuestro país en una alternativa muy atractiva ahora que se ven expulsados de Alemania.
30-04-2020 | Fuente: abc.es
El retorno de las fronteras
America First» ?ese eslogan del ensimismamiento nacionalista de EE.UU. durante el periodo de entreguerras resucitado por Donald Trump? puede convertirse en la mejor etiqueta para identificar el mundo de la pospandemia. Un mundo mucho menos interconectado; bastante más unilateral; de fronteras tan solo entreabiertas; dominado por una desesperada preeminencia del Estado-nación; reluctante hacia el libre comercio; y donde el recelo y la desconfianza amenazan con desplazar a la cooperación y las alianzas como motor de las relaciones internacionales. Ante la traumática experiencia del coronavirus, ningún gobierno con un mínimo de responsabilidad y recursos propios va a seguir tolerando la dependencia generada por exportaciones procedentes de China para cubrir necesidades básicas de material sanitario y fármacos. La pandemia, aprovechada por toda clase de especuladores dispuestos a lucrarse con tanto sufrimiento, ha demostrado la fragilidad y la más que cuestionable fiabilidad de las cadenas globales de suministro. Dentro de este retorno de las fronteras con más fuerza que nunca, la pandemia estaría actuando como elemento acelerador de una serie de tendencias políticas destiladas desde hace tiempo: proteccionismo; relocalizar en casa la producción de bienes y servicios; mayores controles de fronteras; reducida aceptación a la hora de acoger inmigrantes y refugiados; y desafección con respecto a compromisos y alianzas internacionales. Un panorama al que solamente le hace falta una profunda recesión económica para recrear por completo la tragedia de los años treinta del siglo pasado. Es evidente que la pandemia debilita a la globalización y fortalece a los Estados. Ante una amenaza tan grave, resulta casi inevitable el impulso de buscar la autoridad, la organización y la capacidad financiera de los Estados. Y también resulta más que razonable aprender y rectificar los problemas expuestos por el coronavirus. Cambios y correcciones son inevitables. Sin embargo, el terrible resultado de estas circunstancias tan excepcionales sería una espiral virulenta de nacionalismo, con la consiguiente proliferación de conflictos. Lo peor que puede pasar es que lo inaceptable termine por convertirse en aceptable.