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22-09-2017 | Fuente: abc.es
Schulz, el candidato que llegó de Europa
El regreso de Martin Schulz desde la presidencia del Parlamento Europeo a la arena política alemana, apenas un año antes de las elecciones, relanzó las expectativas del Partido Socialdemócrata alemán (SPD) y devolvió el entusiasmo a la Casa Willy Brandt en Berlín, donde después de cuatro años gobernando codo a codo con Merkel en la Gran Coalición no sabían muy bien cómo encarar la campaña electoral. El entonces número dos del gobierno y presidente del partido, Sigmar Gabriel, se hizo a un lado, repitiendo una jugada que ya practicó en las anteriores elecciones. Gabriel puso en 2013 al frente de la candidatura a Peer Steinbrick, a quien sacó por la puerta de atrás para hacerse con el control del partido y de la coalición apenas las urnas certificaron su derrota. Gabriel espero meses sentado a que se disipase el «efecto Schulz», como bautizó la prensa alemana al subidón en las encuestas, y ahora se prepara para tomar de nuevo las riendas de la gestión de la derrota en cuanto cierren los colegios electorales. Schulz, sin embargo, no tira la toalla. Hasta el último minuto de campaña ha agitado banderas sociales como las subidas de las pensiones si llegar a explicarse por qué los afectados no se lo agradecen. Schulz, por carácter, ha sido siempre muy enredador. No en vano, fue el más pequeño en una familia de cinco hermanos, el más trasto. Su madre, Clara, de orígenes más burgueses, colaboró activamente con la Unión Cristianodemócrata (CDU), el partido de Merkel. Pero su padre, policía de profesión, le transmitió la cultura socialdemócrata del Sarre, región minera e industrial. Martin terminó optando por el modelo paterno. Quizá de esa dualidad familiar proceda uno de sus grandes talentos en la política, su capacidad de negociar y de sacar posturas comunes a partir de enfrentamientos. Su orientación europeísta también le viene de lejos. Nació el 20 de diciembre de 1955 en Hehlrath, una pequeña ciudad alemana cercana a la frontera entre Alemania, Países Bajos y Bélgica. Con 16 años realizó un intercambio escolar en Burdeos que marcó su camino. Dejó los estudios de bachillerato a medias para formarse como empresario del sector editorial y en 1977 ya estaba trabajando como autónomo, a la edad de 22 años y cuando llevaba ya tres perteneciendo al SPD. Sus primeros pasos en la política fueron muy locales, por lo que en 1994, cuando fue elegido como diputado europeo, la prensa alemana le puso el apodo de «el Kissinger de Würselen», el pueblo donde había sido alcalde. Desde 1994, formó parte de varias comisiones parlamentarias, como la subcomisión de Derechos Humanos o la comisión de Libertades Civiles y Asuntos de Interior. Fue el líder de la delegación socialista alemana desde el año 2000, además de ocupar el la vicepresidencia del grupo socialista en la Eurocámara. Poco a poco fue tejiendo una densa red de apoyos y, hablando ya fluidamente inglés y francés, que le costó lo suyo, cobró relevancia visible en 2003, enfrentándose abiertamente a Berlusconi, al que acusó de «violar los principios de la democracia y el Estado de Derecho», cuando todavía nadie más se atrevía a decirle eso en la cara a «Il Cavaliere». En enero de 2012, tomando posesión de la presidencia del Parlamento Europeo, anunció que su objetivo era «sacar a la institución de su existencia en la sombra». Y comenzó a tomar un protagonismo que a menudo ha incomodado en la Cancillería de Berlín, donde consideran que pecó de bocazas cuando desde ese puesto dio por muertas las negociaciones para el Tratado de Libre Comercio entre la UE y EE.UU. (TTIP) y para el CETA. Es un convencido europeísta, muy amigo de Jean-Claude Juncker, y está empeñado en la legislación de un Derecho de Inmigración Europeo común, pero ni Europa ni las políticas de asilo o inmigración han sido su fuerte en la campaña electoral, marcada más bien por la defensa de derechos sociales. Sus últimos meses en el cargo, los pasó moviéndose en la sombra y jugando a dos bandas. Por un lado, hacía lo imposible por llegar al final de la legislatura, amparándose en que había populares en la Presidencia del Consejo y de la Comisión, de forma que si se iba él saltaría por los aires el equilibrio institucional, pero amagando con irse en cuanto las cosas se ponían difíciles. Su vida personal es bastante más tranquila. Junto a su esposa Ingle, que trabaja como arquitecto de paisajes, tiene dos hijos, Nico y Lina. Solo el fútbol supera su pasión por los libros. Una lesión le obligó a apartarse de la competición cuando jugaba en la liga juvenil con el Rhenania Würselen. Lo pasó tan mal que cayó en el alcoholismo, pero desde 1980 se mantiene ebrio. Su equipo es el 1. FC Köln, pero rara vez va al campo, suele ver los partidos por la tele. Le hubiese gustado ganar estas elecciones, claro está, pero desde que las encuestas han dejado claro que Merkel será la más votada, sueña en silencio con un tripartito de izquierdas que llegase a desplazarla. Pero sabe que también eso es muy difícil, así que ya ha anunciado cuáles serán las condiciones que ponga sobre la mesa para sentarse a negociar con ella. Resume sus «líneas rojas» en los siguientes puntos: igualdad de salarios entre hombres y mujeres, garantizar plazas escolares gratuitas de horario prolongado, abordar una reforma que mejore las pensiones y una Europa más fuerte y solidaria. Merkel no quiere reformar las pensiones, pero tampoco quería legislar el salario mínimo en la anterior legislatura, lo que significa que ninguna de esas líneas rojas es inasumible, llegado el momento, y que la gran coalición es posible. Respecto a los impuestos, Schulz está de acuerdo en desmantelar el Impuesto de Solidaridad, aunque propone comenzar sólo con los ingresos medios y bajos. Y coincide en la rebaja fiscal propuesta por la CDU, de forma que la tasa impositiva máxima del 42 % se aplique sólo a partir de ingresos de 60.000 euros anuales, y no de 52.000 como hasta ahora, aunque plantea además que los ingresos de 72.600 anuales y superiores paguen el 45 %. En sus mítines habla mucho de política exterior y su colega Jo Leinen lo elogió Die Zeit diciendo que «Schulz sería un excelente representante de la política internacional alemana». Se preocupó por el retorno de Cuba a la comunidad internacional, exigió trabajo conjunto a Putin en la crisis de Siria y se comprometió con el acuerdo nuclear con Irán. También habló de un acuerdo sobre refugiados con Egipto y otros países africanos y conversó con Erdogan sobre el pacto entre la UE y Turquía. Tras la elección de Donald Trump, Schulz reaccionó como un verdadero diplomático. «Ambas partes deben, a partir de ahora, comenzar desde cero y darse una oportunidad», dijo, «Trump merece el respeto de su alto cargo». Pero Sigmar Gabriel parece también bastante aferrado al Ministerio de Exteriores, así que habrá que ver quién se lo queda, si finalmente llega a buen puerto la reedición de la Gran Coalición con Merkel.
22-09-2017 | Fuente: abc.es
El lastre de la gran coalición
Se acerca el domingo electoral y se refuerzan los indicios de que los dos grandes partidos, los cristianodemócratas de la CDU/CSU y socialdemócratas del SPD, podrían sufrir un revés mayor de lo esperado. También de que el máximo beneficiario de ello sería el derechista Alternativa por Alemania (AfD), que podría destacar como tercer partido y superar en varios puntos a los otros tres partidos en liza, que son el izquierdista Die Linke, los Verdes y los Liberales del FDP. Solo este último parece reaccionar en algunas encuestas también para poder disputar el tercer puesto al AfD. Se daría así lo que tantos observadores habían advertido en estos pasados años: que la gran coalición, que ha gobernado durante dos de las tres legislaturas de cancillería bajo Merkel, genera hastío y desafección por la falta de debate real sobre los problemas en Alemania. Como los dos partidos se han de corresponsabilizar de la política de la coalición, ambos tienden a evitar críticas y esconder no solo los errores propios, sino los del compañero de coalición. Como muchos de los cadáveres en los armarios son compartidos, el debate acaba reducido a cuestiones menores y de matiz, como se pudo comprobar de forma muy preocupante en el debate entre Angela Merkel, la clara favorita, y su rival Martin Schulz, que ya acudía derrotado. «muchos alemanes han visto cambiar su vida de forma considerable por una llegada de extranjeros que jamás se les anunció ni consultó»Los problemas que más preocupan a los alemanes hoy en día no están en la economía cuando el país goza de un paro en mínimos históricos y una economía boyante por los éxitos exportadores. Los problemas son de seguridad, de inmigración y en gran medida de cultura e identidad. El trauma de los dos pasados años con la llegada de dos millones de inmigrantes sigue ahí. Y por mucho que los políticos, tanto Merkel como Schulz, proclamen que todo está poco menos que solucionado, muchos alemanes han visto cambiar su vida de forma considerable por una llegada de extranjeros que jamás se les anunció ni consultó. Y cuyos efectos han minimizado unos políticos que tienen muy poco contacto y apenas problemas con la presencia de estos inmigrantes en su mayoría musulmanes en los barrios populares. Exactamente el mismo efecto ha tenido la gran coalición en Austria, donde lleva gobernando nada menos que tres legislaturas y morirá muy probablemente tras las elecciones del próximo 15 de octubre. La seguridad y la inmigración son las dos cuestiones estrella; son los dos problemas íntimamente relacionados entre sí a los que más tiempo dedicaron Merkel y Schulz el debate. El drama es que están básicamente de acuerdo en todo, en lo uno y lo otro. Y también los partidos liberal y verde, y hasta los propios izquierdistas de Die Linke, tienen una posición respecto a la inmigración que difiere poco de ese mensaje merkeliano que se ha con vertido poco menos que en dogma de Estado. No es por tanto sorprendente que el único partido que discrepa abiertamente y se opone a esa política de inmigración se beneficie del consenso de todos los demás, que minimiza los efectos de la decisión de Merkel de abrir las fronteras aquel 5 de septiembre de 2015. Una decisión que muchos alemanes consideran un grave error que afectó a sus vidas de forma directa o indirecta. Se verá en qué medida una parte del electorado expresa esa opinión con un voto al AfD a quien todos los demás atacan y descalifican estos días como si temieran no ya que saque un 14%, sino que se pudiera hacer con la mayoría.
21-09-2017 | Fuente: elpais.com
La CDU muda de piel
El viraje al centro de la Unión Cristianodemócrata conquista a votantes de la izquierda y abre hueco a la derecha nacionalista
21-09-2017 | Fuente: abc.es
Merkel, la superadora de crisis
Angela Merkel aprendió de niña a nadar contra corriente. Hija de un pastor protestante enviado a evangelizar a la Alemania comunista, hizo el viaje a través del Muro en la dirección contraria, mientras todo el que podía escapaba hacia el oeste. La austeridad, el esfuerzo sereno y la discreción que imponía vivir bajo vigilancia fueron valores que se cultivaban en casa, tan básicos como la sopa de patatas que ella sigue cocinando los viernes. Fe y coherencia. En la escuela le gustaba aprender lenguas extranjeras, ruso e inglés, pero después estudió Física, según explicaría más tarde «porque el gobierno de la RDA no podía inmiscuirse en las leyes de la naturaleza». De esos estudios, además del brillante expediente, le quedó un certero instinto para la lógica y un apego a los hechos que le ha sido muy útil en la era de la postverdad. Fue en esos tiempos, también, cuando resolvió un primer y fallido matrimonio de cuatro años con Ulrich Merkel, físico como ella, del que solamente se llevó una gran decepción, el apellido y una lavadora que ella misma cargó en el maletero del coche. La crisis de la lavadora tuvo lugar en 1981 y no fue hasta 1993 cuando la vida privada de Merkel volvió a emerger, cuando nada menos que el cardenal católico Joachim Meisner se quejó nada menos en el diario Bild sobre cierta ministra democristiana que «convive fuera del matrimonio». Merkel era ministra de Mujer y Juventud, pero no dudó en tomar el primer tren a Colonia «para explicarle personalmente por qué es conveniente ser precavido cuando uno ya estuvo casado», escribe en su libro de memorias «Mi camino». Y siguió siendo precavida hasta 1998, año de la boda con Joachim Sauer, al parecer uno de los mayores expertos del mundo en química cuántica, con el que ha encontrado estabilidad y felicidad. Achim, como ella le llama, se mantiene sistemáticamente al margen y en silencio, aunque Merkel reconoce que es «muy observador» y «un buen asesor indirecto». Solo una vez, tras una conferencia en 2011, un periodista le preguntó si estaba orgulloso de su mujer y él dijo: «Hay razones para estarlo, por sus éxitos profesionales». La primera sorprendida fue Merkel, que se giró hacia el reportero para certificar: «!Vaya, sí que ha tenido usted suerte!». Pero antes de ese final feliz habían pasado muchas cosas. Ningún biógrafo de Merkel ha entrado a investigar a fondo el origen de su repentina vocación política, en los meses posteriores a la caída del Muro de Berlín. Merkel no formó parte de la resistencia contra el comunismo y cuando se le pregunta por el asunto responde que se mantuvo «a una elocuente distancia». La noche del 9 de noviembre, mientras el resto de los berlineses del Este se hacían fotos al otro lado, ella se fue con su amiga a la sauna, una cita semanal que no se vio alterada por el acontecimiento histórico. Y después, ya avanzada la noche, cuenta que cruzó y estuvo brindando en casa de unos alemanes occidentales que hasta ahora no han sido identificados. El caso es que mientras las potencias occidentales encargaban informes sobre lo que estaba pasando en la RDA, Merkel tramitó una afiliación exprés al nuevo partido Demokratischer Aufbruch y de pronto, en solo semanas, la encontramos ocupando el cargo de portavoz de gobierno de Lothar de Maizière, el último primer ministro de la Alemania comunista. Y en los meses siguiente, al tiempo que la crisis de la URRS cambiaba el equilibrio global y los políticos de la RDA se reconvertían torpemente a la democracia en partidos de izquierda, Merkel iba ya del brazo de Helmut Kohl, que exhibía orgulloso a la «chica del este» y la colocó tras las primeras elecciones en su gabinete de ministros. El partido no la consideraba más que una nota de color. Ella se hizo discretamente con la herencia política de Kohl, la tradición europeísta y la economía social de mercado de Konrad Adenauer, cuyo retrato cuelga hoy en su despacho, y cuando estalló el escándalo de la financiación ilegal de la CDU, en 1999, se lanzó sin piedad a la yugular política de su mentor, firmando un artículo en la Frankfurter Allgemeine Zeitung que propició la dimisión del Canciller de la Unidad, al que sustituyó en la presidencia del partido en un momento de bajón. La CDU, después de Kohl, cayó en una profunda crisis y carecía de un líder sólido, o al menos eso pensaban ellos. No esperaban ganar las elecciones de 2005 contra el depredador político que era Gerhard Schröder. Por eso lanzaron a Merkel como candidata. Alguien tenía que hacerlo. Y hasta hoy. El 22 de noviembre de 2005 se convirtió en la primera mujer al frente del Gobierno alemán. En su discurso de Nochevieja de ese año, prometió que en diez años conseguiría que Alemania fuese nuevamente líder de Europa. Se quedó corta. Una década más tarde Forbes ya la había destacado como la mujer más poderosa del mundo, con más influencia incluso que el entonces presidente de EE.UU., Barak Obama, con quien hizo muy buenas migas. Cuando Merkel llegó a la Cancillería de Berlín, el paro en Alemania rozaba el 15%, su nivel más alto desde la II Guerra Mundial. El PIB estaba estancado y Alemania llevaba tres años incumpliendo el Pacto de Estabilidad, con un déficit por encima del 3%. Si bien es cierto que fue gracias en parte a las reformas de la Agenda 2010 que puso en marcha su antecesor socialdemócrata, lo primero que hizo Merkel fue poner la economía a funcionar y las cuentas en orden. Y exigir esa misma disciplina fiscal al resto de los socios europeos. El resto de su política económica está orientado a 2030, marcada por la crisis demográfica que supone que uno de cada cinco alemanes es ya hoy mayor de 65 años, y por la transición digital. En 2005, en el inicio de la era Merkel, Facebook era solo un catálogo de ligues que no había traspasado los límites de Harvard y el Smartphone no se había inventado. Cuando Merkel termine en la Cancillería, previsiblemente en 2021, no es seguro que ningún actor económico pueda dar un solo paso sin ellos. El resto de las crisis, para Merkel, son coyunturales. Sin duda la más difícil de superar fue la crisis del euro, en la que Merkel mantuvo firmes las riendas de la estabilidad en Europa a pesar de que los movimientos indignados amenazaban con resquebrajarla. Y más ruido aún causó la crisis de los refugiados, en la que la canciller alemana adoptó la medida humanitaria de abrir las fronteras alemanas a los refugiados sirios y fue muy contestada políticamente desde dentro de su propio partido y desde el partido hermano bávaro, la CDU. Ella confiesa, sin embargo, que la crisis más difícil con la que ha tenido que lidiar ha sido la de Ucrania, todavía no cerrada y uno de los principales motivos por los que vuelve a presentarse en las elecciones. En comparación con esta, que sitúa una guerra en el continente europeo, las crisis generadas por el Brexit o por la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, resultan menores. Respondió a la crisis de Fukushima legislando el abandono de la energía nuclear en Alemania en unos plazos que ni siquiera Los Verdes se atrevieron a mencionar cuando formaron parte de la coalición de gobierno. Atendió a la demanda social del matrimonio homosexual, crítica con sus propias convicciones, otorgando a sus diputados el voto en conciencia y evitando el desgaste del debate parlamentario. Y su estrategia ente la crisis democrática e institucional que supone que un partido de extrema derecha amenace con convertirse en la tercera fuerza política de Alemania ha sido la de plantarles cara y presentarse a pecho descubierto allí donde Alternativa para Alemania AfD la espera con silbatos y caceroladas. Es la superadora de crisis, pero podría ser también la Canciller sin miedo. Sus políticas han resultado ser como las chaquetas tres cuartos que caracterizan su guardarropa: hechuras rectas, prendas básicas, lo suficientemente discretas como para que se vea a Merkel, y no a su modelito, y de diversos colores para ir utilizando según la agenda de la jornada. En el día a día de la política alemana, juega en el puesto de pivot que, desde el centro, gira a derecha e izquierda según la necesidad del juego. En la política exterior, ha entablado una red de relaciones personales con los jefes de gobierno de los más diversos signos políticos que ha eclipsado completamente al Ministerio de Exterior y que a nadie cabía esperar de aquella mosquita muerta. En el partido, se ha deshecho sistemáticamente de posibles rivales, con patadas hacia arriba o sentándose a esperar que cometan sus propios errores, hasta el punto que en la CDU hay críticas a sus decisiones, pero no hay luchas por el poder. Su liderazgo es absolutamente indiscutible. Hasta la revista británica Nature, que solo publica los más estrictos análisis probados, ha pedido en su artículo editorial el voto para Merkel, elevándola a la categoría de hecho científico.
21-09-2017 | Fuente: abc.es
La buena marcha de la economía, la gran baza de Merkel en las elecciones alemanas
La OCDE ha revisado al alza esta semana su previsión de crecimiento económico para Alemania, vaticinando un 2,2% para 2017, dos décimas más que en su última evaluación, y un 2,1% para 2018. También el prestigioso Instituto IFO acaba de presentar un optimista documento en el que advierte de que aún hay margen para aumentar el crecimiento este año, basándose en que el último dato trimestral de demanda doméstica aumenta ocho décimas. La inversión en construcción aumenta a un ritmo de nueve décimas y en maquinaria y bienes de equipo un 1,2%. «Lo único que queremos es que todo siga como hasta ahora, a las empresas les interesa la estabilidad y creo que si hay alguien que puede conseguirla es ella», dice Martin Lahgenkopf, director de una pequeña empresa familiar del sector inmobiliario en Berlín. El 58,5% de los nuevos puestos de trabajo en Alemania proceden de estas empresas familiares, que aportan el 56% del PIB. «A pesar de tratarse de empresas familiares, muchas de ellas son punteras y la innovación tecnológica requiere de una gran inversión. Para invertir se necesita estabilidad política y por eso es un sector que en general está contento con este gobierno», explica Oliver Falck, catedrático de Economía de la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich . La canciller Merkel no detalla en sus mítines o actos electorales los logros macroeconómicos de sus tres pasadas legislaturas. A la vista están. Pero sí repite el mantra de «a mí ya me conocéis» y cuela la palabra «prosperidad» en una de cada diez frases, más o menos. El debate de los impuestos «Hay pocos alemanes que digan que les va mal económicamente», explica el politólogo Oskar Niedermayer, del Instituto Otto Suhr, «es cierto que la desigualdad crece, pero la media de los salarios y las pensiones ha subido en un contexto de inflación contenida y tipos de interés cero, y es evidente que la justicia social no es percibida como un factor decisivo por la gran mayoría. Por eso la campaña socialdemócrata de Martin Schulz, que se ha centrado más en temas como la reforma de las pensiones, no ha tenido tanto éxito». El asunto económico que más atención ha captado durante esta campaña han sido las promesas de bajar los impuestos. El SPD de Martin Schulz beneficiaría a quienes ganen menos de 60.000 euros -nueve de cada 10 trabajadores alemanes- y reduciría las contribuciones a la Seguridad Social para aquellos que ganen hasta 15.000 euros al año. Los ingresos reales disponibles de los menos ricos han caído un 8% desde 1991, y revertir esta tendencia impulsaría el consumo, con consecuencias incluso a escala europea. La CDU de Merkel, por su parte, promete una reducción de 15.000 millones de euros anuales en el impuesto sobre la renta y la eliminación en 2010 del impuesto de solidaridad, el Soli, creado después de la reunificación para transferir riqueza de la parte occidental a la antigua RDA. Para las familias establece, además, una subida del dinero que reciben los padres por tener hijos de hasta 300 euros más por hijo al año. «Ese punto es clave», subraya Silvia, que reparte sus tres hijos entre el colegio y el Kindergarten cada mañana. «Lo importante no es que se bajen los impuestos así como así y después no se puedan financiar las ayudas a las familias, creo que es más rentable lo que propone Merkel», apunta. Silvia, profesora de yoga, buscará trabajo a tiempo parcial el próximo año, cuando los tres niños estén ya en el colegio. No quiere jornada completa, ni trabajar por las tardes ni los fines de semana, ni tampoco un trabajo a más de dos kilómetros de su casa, lujos que los trabajadores de otros países europeos no pueden ni imaginarse escritos en una solicitud de empleo. Pero los alemanes sí. Un paro de menos del 6% Con máximos históricos de población empleada, por encima de los 44 millones de personas, y una tasa de desempleo del 5,7 %, lo que supone que buena parte del territorio está en situación de pleno empleo técnico, tienen la sartén por el mango. A pesar de la creciente precariedad, palpable desde la crisis financiera internacional que arrancó en 2008, una reciente encuesta apunta que el 88% de los trabajadores está satisfecho o muy satisfecho con su empleo, y el tradicional estudio anual sobre los miedos de los alemanes sitúa el temor a que la crisis de la deuda en la UE perjudique a los contribuyentes en cuarto lugar, detrás del terrorismo, los extremismos y las tensiones que genera la llegada de refugiados. Las demás promesas económicas de Merkel apuntan a 2030 y están relacionadas con la transición demográfica y con la transición digital. Y parece haber acertado con su respuesta a la industria del automóvil, a la que ha criticado por el escándalo de los motores trucados, pero a la que sigue cediendo ayudas millonarias «en virtud de los 800.000 empleos que sustenta».
21-09-2017 | Fuente: abc.es
El futuro socio de Gobierno de Merkel, una incógnita
La campaña de estas elecciones federales alemanas ha estado marcada desde hace meses por el hecho de que Angela Merkel va a ganarlas. Y sin embargo, esta certeza oculta que nadie sabe a estas alturas cómo ni con quién va a poder gobernar. Aparte de Merkel y Schulz, a cuyos partidos CDU/CSU y SPD separan al menos 12 puntos, hay otras cuatro formaciones supuestamente igualadas en dura liza. Y las variaciones en los resultados de estos podrían cambiar radicalmente las opciones de gobierno. Otro elemento que trastoca la supuesta calma es la irrupción espectacular del derechista AfD en el Bundestag , que se da por segura. Hay mucha inquietud ante esta magnitud desconocida. Los últimos sondeos lo sitúan como tercer partido, con el 12% y nada menos que 85 diputados, bien por delante de Die Linke, Liberales y Verdes. Fin del efecto Schulz Nada más ser designado como candidato a la cancillería del SPD, Martin Schulz se disparó en varias encuestas y se creyó que habría una alternativa a la canciller, después de ganar tres elecciones consecutivas. Aquello duró semanas, luego Schulz volvió a los niveles paupérrimos del SPD de estos años y Merkel es segura ganadora. Pero con las últimas encuestas Merkel y su aliado favorito, el liberal FDP, no alcanzan ni de lejos una mayoría. Por lo que tendrían que sumar al partido de Los Verdes que, en plena decadencia y poco voto previsto por encima del 5% que otorga presencia en el Bundestag, busca sobrevivir en cualquier sitio que dé visibilidad. Ese tripartido con dos partidos pequeños, por débiles que estos fueran, daría quebraderos de cabeza a Merkel aunque solo fuera por lo enfrentados que siguen esos dos programas, el verde ecologista y el amarillo liberal. La única posibilidad de que no sea Merkel quien presida el próximo gobierno está en que Schulz alcance un resultado bastante mejor del que espera y pudiera sumar con los neocomunistas de Die Linke y los Verdes. Pero esa alianza roji-roji-verde, que sería una especie de Frente Popular, no depende solo de la aritmética. Incluso siendo posible aritméticamente y no existir ya un veto de principio, como había antes en el SPD, a cualquier alianza con el partido sucesor de los comunistas de la RDA, esta alianza es muy improbable. El anticomunismo en el SPD por un lado, pero sobre todo la militancia antioccidental y anti OTAN de Die Linke sería un serio obstáculo. Con esta alianza de izquierdas casi imposible y la gran coalición como peor opción de todas, mucho va a depender de la movilización. Todos los demás partidos intentan movilizar con el espantajo del ultraderechista AfD, del que todos dicen barbaridades. Han de tener cuidado, porque ese «todos contra uno» acaba favoreciendo al acosado.
19-09-2017 | Fuente: abc.es
El viaje a la ultraderecha de AfD que puede auparla como tercera fuerza política de Alemania
Un gran revuelo alteró este martes la campaña electoral alemana, cuando el ministro de Cancillería, el cristianodemócrata Peter Altmeier, dijo que «es mejor no ir a votar que votar a AfD», en referencia al partido anti euro y anti extranjeros Alternativa para Alemania. Pero mientras la prensa germana y los analistas políticos escudriñaban los motivos que pueden llevar a un miembro del gobierno al punto de sugerir la no participación electoral, en la sede de Berlín de AfD ni siquiera se molestaban en dar una respuesta a esas declaraciones y centraban sus esfuerzos comunicativos en denunciar, nada más y nada menos que al gigante global Google, que según su jefe de campaña, Thor Kunkel, los «está boicoteando intencionadamente». Se refiere a que el cartel electoral de AfD en el que aparecen en primer plano los traseros de tres señoritas en tanga bajo el lema «¿Burka? Nosotros preferimos bikini» no está teniendo en Google ni en Youtube la misma difusión que en Facebook y en Twitter. «Este tipo de estrategias está en las antípodas de los inicios del partido, pero en la denuncia contra Bruselas, Afd sigue teniendo razón», dice su fundador, Bernd Lucke, el profesor de Macroeconomía de la Universidad de Hamburgo que dio a luz al «niño problema» de la política alemana el 14 de abril de 2013, en un congreso celebrado en Berlín y que cubrieron solamente siete periodistas. Inicios modestos En sus inicios, Afd estuvo formado por un grupo de profesores y funcionarios cercanos a las tesis monetarias del Bundesbank, a los que aterraban los rescates europeos a países de la periferia y un BCE dirigido desde 2011 por un italiano, Mario Draghi. Europa se les iba de las manos y defendían la inmediata salida de Alemania del euro. Desde el principio hubo entre sus filas desencantados de la CDU, como Alexander Gauland o Erika Steinbach. Uno de cada diez militantes de AfD lo fue antes del partido de Merkel. Pero aquella formación de corte liberal, nacionalista pero que no tenía nada que ver con la extrema derecha, logró solamente un 4,7% de los votos en 2013 y quedó fuera del parlamento, en contraste con los éxitos parciales obtenidos en parlamentos regionales (ha logrado entrar en 13 de los 16) y en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, en las que obtuvo el 7% y siete eurodiputados. En esos comicios ya habían tomado las riendas del partido personajes con un perfil muy diferente, como Beatrix von Storch, actualmente eurodiputada, duquesa de Oldenburg y nieta y heredera del conde Lutz von Schwerin-Krosigk, ministro de Finanzas de Hitler hasta la caída definitiva del Reich en 1945. En un congreso celebrado el 4 de julio de 2015, el ala más derechista se hizo con el control del partido, que conserva la beligerancia contra Europa y que alcanzó además una proyección inimaginable hasta entonces gracias a tres factores. El primero fue la inesperada avalancha de refugiados de ese verano, un millón de personas en apenas dos meses, una situación humanitaria ante la que Merkel hubo de tomar medidas críticas y que causó un momentáneo colapso del sistema de inmigración y asilo en Alemania. La Nochevieja de Colonia, en la que más de mil mujeres fueron agredidas sexualmente por refugiados con total impunidad, supuso un antes y un después. El segundo factor fueron los ataques terroristas que comenzó a sufrir Europa y que llegaron a Alemania en 2016, in crescendo en intensidad hasta el mercado navideño de diciembre pasado. Y un tercer factor, menos evidente, fueron los contactos que la nueva presidenta del partido, Frauke Petry, comenzó a mantener en secreto con altos cargos de la administración rusa, en los que se sospecha que AfD ha obtenido asesoría y financiación. Sin que el resto de la directiva del partido lo supiera, Petry se ha reunido en Moscú con el presidente de la Duma, Viacheslav Volódin, incluido en la lista negra de cargos rusos que tienen prohibido viajar a la UE, y con el líder del ultranacionalista Partido Liberal Democrático de Rusia, Vladímir Zhirinovski. Se supo en Alemania porque la web de la Duma colgó un comunicado con foto. Petry primero lo negó, después guardó silencio. Con la misma agencia que Trump y el UKIP Los contactos internacionales de AfD también se extienden al mundo anglosajón. Su campaña electoral se ha puesto en manos de Harris Media, la misma agencia que trabajó para Trump y el UKIP británico, que para empezar sugirió una candidatura bicéfala en la que, además del ex CDU Alexander Gauland, figura la homosexual Alice Weidel, en claro guiño a ese colectivo. Desde el inicio de la campaña, la estrategia ha sido la provocación, buscando el voto antisistema y de protesta de todo tipo, coqueteos con la xenofobia y el Tercer Reich, que buscan el voto nostálgico y neonazi, y una decidida apuesta por las redes sociales, en las que se beneficia del populismo que las caracteriza. En su sede de Berlín hay una sala dedicada a la campaña en redes sociales abierta 24 horas al día, a la que todos se refieren como el «War Room». Con esta táctica se ha situado en las encuestas en el 11%, que de confirmarse en las urnas podría convertir a AfD en la tercera fuerza política. Los cabezas de cartel de la candidatura de AfD, Alexander Gauland y Alice Weidel- Reuters Propuestas cargadas de populismo Medidas para frenar al islam. Derribar minaretes, prohibir predicadores extranjeros y erradicar las cátedras islámicas de las universidades. No permitir la entrada a refugiados musulmanes y repatriar a los que ya están en Alemania. Ligan islam y terrorismo. Exigen cierre de fronteras y liquidar el espacio Schengen. Salida de Alemania del euro. Aceptarían un euro con economías parecidas a la alemana, como las de Holanda o Austria, pero en ningún caso con los países del sur de Europa, incluida España. Contra el tratado comercial entre EE.UU. y la UE. Se opone al tratado de libre comercio (TTIP) por considerar que vulnera los pactos tácitos con Moscú tras la caída del Muro de Berlín, cuya violación consideran la causa de conflictos como el de Ucrania . Aumento fiscal para los ricos. Dicen que subirán los impuestos a los más más pudientes y terminarían con las ayudas sociales denominadas Hartz IV, de unos 400 euros al mes, para sustituirlas por «trabajos ciudadanos» de 1.000 euros por 30 horas trabajadas. Cataluña independiente. En abril de 2014, el entonces candidato a las elecciones europeas del partido, Hans-Olaf Henkel, se mostró a favor de la independencia de Cataluña y advirtió de que «AfD no apoya» la posición de la Comisión Europea, según la cual quedaría fuera de la UE si se independiza de España.
19-09-2017 | Fuente: abc.es
Wolfgang Schäuble, el ministro inflexible del euro
Es sin duda el ministro más poderoso de Europa y se ha ganado la fama de ser también el más inflexible, pero hay un truco para entrar con buen pie en una conversación con él y ablandarlo un poco: hablarle de música. A menudo acude junto a su mujer a las representaciones de ópera de los teatros de Berlín, tanto la Staatsoper como la Deutsche Oper. Llega en el último momento, cuando se están apagando las luces, y coloca su silla de ruedas en el extremo izquierdo de la séptima u octava fila. Durante las pausas, suele tomar un sekt y charla amigablemente con todo aquel que se le presente. A los españoles nos admira por nuestra gran capacidad de reacción y, como todos los políticos de su generación, siente un gran agradecimiento hacia nuestro país porque fue el primero cuyo gobierno, el de Felipe González, se pronunció públicamente a favor de la reunificación alemana tras la caída del Muro de Berlín. Schäuble es el mediano de tres hermanos y heredó la militancia en la CDU de su padre, que fue diputado regional. Vivió de niño el milagro económico alemán y participa de la mentalidad de trabajo bien hecho y sacrificio de aquellos tiempos. Tras formarse como jurista y ser el segundo de su promoción en los exámenes de abogado del Estado, comenzó a trabajar como auditor, desarrollando desde los años 70 ese afán de fiscalidad por el que después ha sido conocido en la UE. Diputado desde 1972, en 1984 ya era ministro. Paralelamente, fue haciendo carrera en la estructura interna de la CDU y sentando las bases de un sólido liderazgo en el partido, perfilándose incluso como futuro candidato a la Cancillería de Berlín, hasta que el 12 de octubre de 1990, en un acto electoral en Baden-Wurtemberg similar a los que en estos días sigue participando, su destino quedó marcado de forma inesperada. El mitin había tenido lugar en la Selva Negra, en la cervecería Gasthof Brauerei, cerca de su casas y donde Schäbule había hablado ante unas 250 personas, la mayoría muy cercanas al partido y en presencia de buena parte del equipo de Kohl. Hacía solamente seis semanas que había firmado personalmente el contrato de reunificación entre las dos Alemanias, el mismo que se exhibe ahora en la entrada del Ministerio de Interior de Berlín y que supuso su entrada en la historia. Las elecciones estaban ganadas para la CDU y el ambiente era relajado, así que se quedaron después un rato en el local. Aproximadamente a las diez de la noche, Schäbule se dispuso a abandonar la sala cuando un hombre de 37 años, que había estado entre el público, se acercó a él, sacó una pistola y abrió fuego a medio metro de distancia. Dos de los tiros alcanzaron al ministro en la espalda y en el cuello. La tercera bala acabó en el abdomen de su guardaespaldas, de 28 años, que se interpuso entre el agresor y él para protegerlo. Las primeras palabras que le dijo a su hija, que trataba de reanimarle, fueron: «no siento las piernas». «Aceptó muy rápido la nueva realidad», explica siempre su mujer, Ingeborg, «fue extraordinario ver cómo luchó por recuperar su vida». Con una disciplina de hierro en la rehabilitación y a pesar de la parálisis que no le permitiría volver a caminar, volvió a su puesto sólo unos meses después del atentado, donde fue recibido como un héroe. El autor de los disparos fue detenido y recluido en un centro psiquiátrico. El arma y las balas las había tomado del armario de su padre, un alcalde de la zona. Otro momento crítico fue el escándalo de financiación ilegal de la CDU, los maletines con millones de marcos que Helmut Kohl recibió, no para su bolsillo, sino para engrasar la reunificación alemana, y el nombre de cuyos donantes se llevó a la tumba. Schäuble llegó a estar en el banquillo, pero Kohl fue quien cargó con toda la responsabilidad y él logró salir ileso, subiéndose al carro de Angela Merkel, que por entonces pasaba de ser la «chica del Este» a manejar los hilos de la CDU. Buena parte de la dilatada carrera y experiencia de gobierno de Schäuble ha tenido lugar ligada a la cartera de Interior. Por eso no ha de extrañar que, cuando Merkel lo colocó al frente de Finanzas, desarrollase en la Hacienda alemana y europea una estrategia más propia de un sistema de seguridad y defensa que cualquier otro más creativo y favorecedor del maquillaje y el crecimiento, que habría ideado alguien familiarizado con los mercados financieros. El manejo de la crisis griega terminó de definir su perfil y sus encuentros con Yanis Varoufakis constituyeron el choque de placas tectónicas europeas, generando grietas que amenazaron con separar el continente en dos pedazos. Pero eso no quiere decir en absoluto que Schäuble no sea un convencido europeísta. En la fiesta de cumpleaños en la que esta semana Merkel se encargó del discurso, Merkel recordaba cómo en una ocasión le preguntó por su opinión sobre el nuevo ministro de Finanzas francés y el respondió: «querida Ángela, el ministro de Finanzas de Francia será siempre un buen amigo mío, sea quien sea». Salvada la crisis del euro según las disposiciones de Schäuble, aunque con la inestimable ayuda de la máquina de hacer billetes del BCE, son muchos los que se preguntan si estará dispuesto a seguir otra legislatura más, Pero él no suelta prenda. En la CDU ha acumulado un prestigio y un poder mayores incluso que los de Merkel, de forma que su marcha dejaría un vacío y daría lugar a cierto desgobierno. En Bruselas, por muy estricto que quisiera ser su sucesor en el cargo, dejaría también espacio a las nuevas políticas con las que Francia desea refundar Europa y para el «Merkron», ese concepto con el que se espera que el nuevo eje franco-alemán emprenda políticas de crecimiento e integración de gobierno económico. Pero todo dependerá de su decisión porque tanto Merkel como el partido respetarán escrupulosamente su criterio. Schäube ha cerrado la última legislatura con el Estado alemán nadando en dinero y un superávit que incluso ha despertado las críticas del FMI y de Donald Trump, pero que para los alemanes constituye un gran éxito. Y los presupuestos sin nuevo endeudamiento e ingresando más de lo que se gasta están asegurados hasta finales de 2018. Con 75 años cumplidos, sería un buen momento para retirarse y dedicar más tiempo a su otra afición, el fútbol. Aunque oficialmente se seguidor del equipo de su ciudad natal, Friburgo, no es ningún secreto que se lleva un buen disgusto cuando el Bayern Munich pierde un partido.
19-09-2017 | Fuente: abc.es
Cálido homenaje a Schäuble con un cierto sabor a despedida
La campaña alemana hizo ayer un paréntesis para celebrar por todo lo alto el 75 cumpleaños del ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble. La canciller Merkel alabó su trayectoria como la de «un gran europeo» en el acto celebrado en Offenburg, al que, además de lo más granado de la Unión Cristianodemócrata (CDU), asistió el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, que describió al homenajeado como «hombre de los compromisos y de las soluciones». Tal fue el nivel de agasajo que la celebración olía a despedida. «Llevo 45 años como diputado del Bundestag y siempre me he negado a responder a las preguntas de los periodistas sobre qué tengo planeado hacer después de las elecciones -se limitaba a decir el reputado ministro- y no voy ahora a romper con esa costumbre». En silla de ruedas desde un atentado sufrido en 1990, Schäuble ya fue ministro de Interior con Helmut Kohl, uno de los artesanos de la reunificación alemana y superviviente de la crisis de las cuentas secretas del partido junto a Merkel. Su procedencia de Interior explica seguramente su forma de entender la política fiscal alemana, que por extensión ha impuesto en Europa, de forma que su salida del gobierno por jubilación, el día que esta se produzca, generará un antes y un después en las reuniones del Eurogrupo y facilitará seguramente los cambios con los que Merkel y Macron desean refundar Europa. «Nuestra relación se define en una pancarta que presentamos juntos para las elecciones europeas de 1999: no siempre con la misma opinión, pero siempre en un camino común», dijo Merkel sobre quizá el único miembro de la CDU con más poder que ella en el partido. Además de un devoto cristiano y un convencido europeísta, Schäuble con los años ha terminado siendo un admirador de España. «Si todos los países europeos lo hubieran hecho tan bien como España en los últimos años, la eurozona sería un lugar mucho mejor», reconocía recientemente.
18-09-2017 | Fuente: abc.es
Merkel quiere ser astronauta
Cualquier showman sabe que los niños son el público más difícil, pero Angela Merkel estuvo de lo más suelta con un grupo de sesenta pequeños alemanes que la sometieron a un exhaustiva batería de preguntas. Jugaba en campo propio, un acto electoral para familias en Berlín, distrito gubernamental de Mitte-Tiergarten, pero siempre que hay niños hay sorpresas y tuvo que afrontar preguntas como si no está aburrida ya de ser canciller o por qué no hace billetes de autobús gratis para los niños. Sobre esto último dijo que para eso no hay que hablar con ella, sino con los alcaldes, y sobre lo de aburrirse? ni de broma. Reconoció solamente que la primera vez estaba un poco tensa, porque era mucha responsabilidad, pero les explicó que ahora se siente muy a gusto y que es imposible aburrirse «porque siempre estoy haciendo cosas nuevas, como esto, es mi primera vez, y es muy divertido». Algunas preguntas parecían sugeridas por los papás, con cierta malicia imposible de suponer a delicias como Jakob, de 9 años. «¿Cuál es la principal diferencia entre tú y Horst Seehofer?», planteó, en referencia al presidente de Baviera y del partido socio bávaro, la CSU, además de principal piedra en el zapato de Merkel durante la última legislatura a cuenta de la crisis de los refugiados. Merkel se entretuvo diez segundos explicando que la CDU y la CSU son partidos hermanos para responder después directamente: «y la principal diferencia entre nosotros es que Horst Seehofer es por lo menos 30 centímetros más alto que yo, creció mucho más». Otras cuestiones destilaban inocencia y ternura, interesándose por su color favorito, el azul de la flor espuela de caballo, casualmente la del logotipo del partido, o por su comida favorita, espaguetis a la boloñesa. «Pues mi favorita es la sopa de pasta», disintió Lea, de cinco años. «Bueno, la sopa de pasta está también bastante arriba en mi agenda», se vio obligada a reconocer Merkel. El titular periodístico lo propició la pregunta de Eva, de 10 años, que quiso saber «¿qué piensas de los otros partidos?». Merkel respondió que en la CDU «somos bastante tolerantes con Los Verdes y con los liberales del FDP. Pero hemos estado hablando y hemos dicho lo siguiente: después de los comicios, en ningún caso trabajaremos con La Izquierda y en ningún caso trabajaremos con Alternativa para Alemania». Fue aquí donde los papás, situados en la parte de atrás de la sala, lejos de los cojines en el suelo sobre los que se habían colocado los chicos, dieron un gran aplauso. Pero Merkel quiso dejar claro que allí los protagonistas eran los niños e incluso en algún momento les afeó la conducta: «a ver, hay adultos ahí atrás que no paran de hablar, que salgan o que esperen en el salón Europa, para que podamos seguir conversando nosotros tranquilos». Pero los padres no se movieron. Menuda papeleta. La mamá de Clara, de 7 años, por ejemplo, deseó ser tragada por la tierra cuando la niña agarró el micrófono y preguntó: «y tú, ¿por qué no tienes hijos?». Y Merkel salió como pudo: «bueno, no se ha dado el caso», aprovechó para tragar saliva, «pero conozco a muchos niños y me parecen estupendos». Otra pregunta difícil fue la de Victoria, de 10 años sobre quién querría ser si pudiera ser otra persona. «Pues es algo que nunca me he planteado, pero creo que si no tuviera que entrenar mucho, me gustaría ser astronauta, para subir ahí arriba y saber cómo se ve todo desde allí», respondió Merkel, que logró un silencio estremecedor cuando le preguntaron si había tenido una mascota y relató la triste muerte de un conejo que tuvo su hermana de pequeña, por haber comido unas hierbas en mal estado. También conmovió a los adultos cuando admitió que el momento más bonito de su vida había sido cuando conoció a su marido, Joachim Sauer. A Merkel le gustaría atravesar las Montañas Rocosas y hacer el transiberiano. Reconoce que cuando tiene viajes muy largos suele dormir en el avión y que tiene un móvil que no es muy cool. «Tengo una Black Berry. Levantad la mano los que sepáis qué es una Black Berry? Bueno, no es lo más nuevo, pero es muy segura». Todo esto confesaba a los chicos, a los que tampoco pareció muy atractivo su coche. «Suelo ir en Audi y sí, siempre es negro, la verdad es que es un poco? quizá podríamos pensar en otro color? tienes razón». Sobre la tarea más difícil que le ha tocado hacer, no tuvo duda en la respuesta: Ucrania. «En medio de la guerra, de los disparos, vienen personas y me preguntan qué puedo hacer para ayudarles. Y es muy difícil. Todavía no lo he conseguido, creo que tengo que seguir intentándolo». También le recordaron que Obama dijo que si pudiera votar en Alemania votaría a Merkel y quisieron saber a quién votaría ella en el extranjero. «No debo responder a eso porque tengo que ser muy cuidadosa, pero sí os puedo decir que por ejemplo en Noruega ha ganado una colega con la que trabajo muy bien en ayuda al desarrollo y lucha contra la pobreza, y de verdad que yo deseaba que ganara ella», dijo una Merkel dotada para el trato con niños y al estilo de las profes más modernas. «Llevamos media hora de preguntas, mejor movernos un poco y después seguimos. Vamos a hacer una cosa? ¡Todos de pie! Vamos a mover los pies? ahora las manos? saltamos un poco? y ¡música por favor!». La canciller alemana hizo incluso un amago de arrancar a bailar, que quedó solamente en movimiento de cabeza y manos, al estilo raver, tan berlinés.
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