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Noticias de bibliotecas

01-12-2021 | Fuente: elmundo.es
El Índice de Libros Prohibidos vuelve a los institutos y bibliotecas de Estados Unidos
Libros de Toni Morrison, Alison Bechdel o Jacqueline Woodson han sido retirados de bibliotecas públicas del país 
24-10-2021 | Fuente: marca.com
Día Internacional de las Bibliotecas: Los libros perdidos de Iván el Terrible ¿Mito o realidad?
La leyenda habla de una biblioteca en el Kremlin incluso con libros de la de Alejandría  Leer
22-01-2021 | Fuente: as.com
Anunciados los juegos gratis con Gold de febrero de 2021 para Xbox Series y One
Los jugadores suscritos a los servicios de Microsoft podrán añadir juegos como Gears 5, Lost Planet 2 o Resident Evil Remake a sus bibliotecas.
02-01-2021 | Fuente: abc.es
Todo puede fallar... menos la Reina Isabel II
En 1992, cuando llevaba «tan solo» cuarenta años en el trono, Isabel II celebró su llamado Jubileo de Rubíes con un discurso solemne. En él sorprendió al mundo poniendo de moda el latinajo «annus horribilis». Con la expresión clásica reconocía que el año le había resultado desastroso. Dos de sus cuatro hijos, Andrés y Ana, se habían divorciado. El castillo de Windsor, su residencia predilecta, se vio dañado por un grave incendio. El picante del «Camillagate» del príncipe Carlos animaba las ventas de los tabloides y Lady Diana Spencer, que no era exactamente la cándida princesa del serial de Netflix, se tomaba su venganza aventando todas las miserias de su matrimonio en una autobiografía por entregas rubricada por Andrew Morton. Cinco años después llegaría un «annus horribilis 2», con el accidente letal de Lady Di en el túnel del Alma de París, con solo 36 años. La Reina, de la escuela inglesa de siempre, la de la contención y el clásico «labio superior rígido», se vio desbordada por el novedoso desparrame emocional de los británicos. Un géiser de sentimentalismo desatado, alentado por el premier laborista Tony Blair, que con reflejos populistas apodó a Diana como «la princesa del pueblo». Aquel fue tal vez el momento más delicado del largo reinado de Isabel II. La soberana, hasta entonces infalible, parecía había extraviado la única fórmula que sostiene en el tiempo una monarquía parlamentaria: la sintonía entre la Corona y el pueblo. La Reina, que es parca, pero muy larga, nunca le ha perdonado a Blair aquella celada. Los años pasan y todavía no le ha concedido ninguno de los honores con los que se distingue a los grandes estadistas británicos. De hecho, los especialistas palaciegos especulan con que se resiste a condecorar a los exprimeros ministros Gordon Brown y Theresa May para no tener que hacerlo también con Blair. Algún cortesano ha bisbiseado que cuando le informaron del accidente de Diana, la primera reacción de su exsuegra fue tan práctica cmo desapegada: «¡Pero cómo es que nadie había repasado los frenos del coche!» Mientras las multitudes lloraban ante las verjas de Buckingham por la princesa del glamour y las revistas, la Reina, todavía en Balmoral, no permitió que la bandera del palacio de Londres ondease a media asta estando ella ausente. Respaldo a la Corona Pero Isabel II supo remontar el bache de popularidad que provocó su fría reacción ante aquel drama. En este año 2020 de la peste, con un Covid-19 que ha vapuleado a un Reino Unido que inicialmente infravaloró la amenaza con sueños nacionalistas de excepcionalidad, la popularidad de la Reina está por las nubes. Según YouGov, la principal firma demoscópica del país, es la figura más valorada de la Familia Real, con un 83% de aprobación y solo un 12% de rechazo, seguida por su nieto Guillermo, con un 80% de aprobados y un 15% que lo suspende. El farolillo rojo lo ostentan Meghan Markle, con un 59% de rechazo, y el Príncipe Andrés, que arrastra la grimosa sombra de su relación con Epstein y solo recibe el aprobado del 7% del público, que además desea que sea extraditado a Estados Unidos. Pero además, un 55% de los británicos consideran que la monarquía es «buena para el Reino Unido», frente a un 27% que la rechaza. Ese éxito guarda también relación con la lealtad de los partidos del «establishment» hacia la forma constitucional de Gobierno, incluidos los separatistas escoceses. En el Reino Unido sería inimaginable lo que ocurre en España, donde un partido que cogobierna y está obligado a respetar la Constitución mantiene desde el poder una campaña contra la Corona. Isabel II es la mujer más fotografiada de la historia, pero jamás ha concedido una entrevista. Lleva 68 años en el trono y 73 de matrimonio con el peculiar Felipe de Edimburgo, de 99, al que adora y alguna vez ha presentado en público como «mi sostén». Elizabeth Alexandra Mary, apodada «Lilibeth» en su hogar, nació el 21 de abril de 1926, solo dos años después del estreno de la primera película del cine sonoro y ha visto desfilar ya a 14 presidentes de Estados Unidos. Cuando fue coronada, el 2 de junio de 1953, el Reino Unido, exangüe todavía por el esfuerzo bélico, mantenía la cartilla de racionamiento para el azúcar y solo el 15% de los hogares poseían nevera. La Reina procede de otro planeta, de un país muy diferente. Es hija de una era donde simplemente «uno cumplía con su deber». Su avanzadísima edad, esos estupendos 94 años de la hija de una Reina Madre que llegó a los 102, no son vistos como un inconveniente por parte de los británicos. A la pregunta de si debe abdicar y dejar paso a Carlos ?o a Guillermo, que es lo que preferiría el público llegado el caso?, un 56% responde que «no». Solo el 24% desea que Isabel II se retire. Concluir el año con su popularidad en máximos y con un gran apoyo para la monarquía es un hito meritorio, porque 2020 no ha resultado un paseo para la Corona. El primer contratiempo llegó el 8 de enero, cuando los duques de Sussex, Harry y Meghan, anunciaron sorpresivamente en Instagram su intención de «dar un paso atrás», renunciando a sus roles reales y mudándose a Norteamérica. De inmediato se organizó una cumbre familiar en Sandringham, el inmenso latifundio de la Reina en el Noreste de Inglaterra, donde pasa siempre las navidades. Acudieron la soberana, el Príncipe Carlos y los hermanos William y Harry. Tras aquel encuentro, Buckingham emitió un comprensivo comunicado de Isabel II, donde expresaba su «apoyo» a su «deseo de una vida más independiente». Además, la Reina recalcaba que Harry y Meghan «serán siempre miembros muy queridos de mi familia». Lo cierto es que la espantada del que probablemente era su nieto favorito ?y por momentos la figura más valorada de la Casa Real? sentó mal a su abuela. A finales de marzo, Harry y Meghan ya estaban fuera de «The Firm» (como se llama la Familia Real a sí misma), despojados de todo papel de representación de la Corona y privados del uso de sus títulos. Asentados en California, donde compadrean con su vecina Oprah Winfrey y se prodigan en las redes, la pareja acaba de estrenar un podcast y han firmado un millonario contrato con Netflix para grabar un programa documental «inspiracional para las familias». El segundo golpe del año para la Reina fue el que hemos sufrido todos, la irrupción de la pandemia, con dos contagios en la familia: Carlos y su hijo Guillermo. El 19 de marzo la Reina fue fotografiada en su berlina saliendo de Buckingham rumbo a Windsor. Sentados al lado de la soberana, que como buena inglesa adora a los animales, iban sus dos últimos corgis supervivientes, Candy y Vulcano. Isabel II ponía rumbo a una burbuja de protección preparada para ella en Windsor, el mismo lugar donde fue refugiada junto a su hermana Margaret en 1940 ante la embestida alemana. Hoy continúa en el castillo. Allí vive sola con su marido y el staff mínimo imprescindible, a fin de evitar el contagio de la pareja de nonagenarios. Los británicos no volvieron a tener una fotografía de su Reina en público hasta el 1 de junio, cuando a sus 94 años se dejó ver cabalgando a lomos de un poni de catorce años por los jardines de Windsor, con pañoleta floral, americana verde y guantes blancos que sujetaban con firmeza las riendas. Laboriosidad y deber La Reina viste siempre en público con colores chillones, «porque para ser creíble tengo que ser vista». Durante años y años, cada semana se ha pateado la otra Gran Bretaña, la de lluvia y olvido, la alejada del brillo metropolitano de Londres, donde bajo su paraguas transparente de la casa Fulton inauguraba funciones benéficas, o visitaba bibliotecas, hospitales, parques de bomberos. Discreción a rajatabla, laboriosidad y sentido del deber. Esas son las claves de su éxito, pues para perdurar hoy una monarquía debe asentarse sobre la historia, la ejemplaridad y el trabajo bien hecho (y también, por qué no, unas gotas de la atractiva aureola de misterio que confiere una bien medida lejanía). En 2019, la nonagenaria soberana todavía mantuvo 295 compromisos públicos, superando a sus hijos y nietos. En el año de la pandemia han caído a 133, de los que 71 han sido mediante teléfono y vídeollamadas. Pero Isabel II no estuvo parada. Nunca ha hablado tanto a su pueblo como en este 2020, en el que ha pronunciado tres discursos. Alocuciones marcadas por llamadas a la esperanza, elogios patrióticos del carácter inglés y una olímpica ignorancia del espinoso tema Brexit. En 2014, a las puertas del referéndum escocés, la Reina se cuidó de mandar un mensaje críptico, pero evidente, a favor del voto unionista. A la salida de una misa en Sandringham señaló en una sola frase que los británicos deberían «pensar muy bien lo que votan». Con ese guiño quedó totalmente clara su posición. Cameron, siempre indiscreto, cotilleó más tarde que tras la victoria del «no» a la independencia escocesa, «ella ronroneó de placer cuando la llamé para comunicarle el resultado». Pero su posición sobre el Brexit nunca ha trascendido explícitamente. No ha querido comprometer su obligada neutralidad constitucional en un tema tan divisivo para la sociedad británica. Durante la campaña del referéndum de 2016, Palacio presentó una insólita queja formal contra el tabloide de Murdoch, «The Sun», por haberla presentado en portada como partidaria del Leave. Unos meses antes ofreció un discurso apoyando el concepto de una Europa unida, pero de una manera muy genérica. El bando brexitero ha dado por descontado que está con ellos, pero no está claro. Tampoco dónde tiene su corazón político. Se sabe que el primer ministro con el que más congenió fue el laborista Harold Wilson y que la señora Thatcher se le atragantaba. Pero a la hora de conceder los grandes honores reales, como las órdenes de la Jarretera, el Cardo y los Compañeros de Honor, durante su reinado ha primado a los tories sobre los laboristas en una proporción de 5 a 1. La Reina ha logrado en 2020 cuotas de audiencia televisiva que últimamente se le escapaban. Su discurso de abril sobre la pandemia lo vieron 24 millones de británicos y el de Navidad ha sido el más seguido de los últimos 18 años. Además, habló también a la nación el 8 de mayo, para conmemorar el 75 aniversario del V Day, la victoria contra los alemanes. Allí apareció con una foto de su padre, el Rey Jorge VI, sobre la mesa de su despacho y citó los versos del «Nos volveremos a ver» de Vera Lynn, la artista que adoraban las tropas inglesas durante la Segunda Guerra Mundial. El humor, incluso el más irreverente, nunca falta entre los ingleses. La propia Reina, que gasta una sorna acreditada, subió muchos enteros cuando en los Juegos de Londres de 2012 se prestó a la humorada de simular un descenso en paracaídas sobre el Estadio Olímpico del ganchete del mismísimo James Bond, el actor Daniel Craig. Estas navidades, Channel 4, el canal más moderno de la televisión pública, ofreció un falso y mordaz discurso de la Reina, un «deepfake» casi perfecto donde la soberana rajaba sobre Meghan, Harry y el Príncipe Andrés y hasta se marcaba un bailecito de TikTok. Diversidad y creencias Sin llegar a tanto, el discurso verdadero de la Reina también tuvo su sorpresa, con carga de profundidad para Harry y Meghan, que desde Estados Unidos han dado a entender que la Corona les impedía expresar su apoyo a la causa de la diversidad y que el racismo imperante en Gran Bretaña había frustrado la integración de la Duquesa de Sussex. Isabel II, que sabe que su país ha cambiado, sorprendió con una defensa de los valores de una sociedad diversa. Aunque lo hizo a su modo, partiendo de la parábola evangélica del buen samaritano: «Independientemente del género, la raza o nuestros orígenes, cada uno de nosotros es especial e igual que los demás a los ojos de Dios». Isabel II es una mujer profundamente religiosa y la cabeza nominal de la Iglesia de Inglaterra, una institución de capa caída. El Reino Unido es hoy uno de los países más descreídos del mundo, solo el 27% de la población dice creer en Dios. La asistencia a las iglesias anglicanas ha caído tanto que ya se sopesa qué hacer con algunos templos ahora vacíos. En ese contexto, en su discurso de Navidad de este año por primera vez se refirió también a las fiestas religiosas de judíos, musulmanes, hindúes y sijs. Pero al tiempo apareció vestida de rojo chillón en la escalinata de Windsor, junto a Carlos, Camila, William y Kate, para escuchar villancicos cristianos cantados por voluntarios del Ejército de Salvación. En su mundo hay avances, pero siempre sutiles y sin perder el pie anclado en la tradición. El último contratiempo del año fue tan chusco como sonado: la polémica por cómo contó la cuarta temporada de «The Crown» la relación tormentosa de Diana y Carlos ?retratado como un villano jorobado y ruin? y la de la Reina y Thatcher. Los historiadores detectaron reiterados falseamientos de los hechos. Peter Morgan, el guionista de la serie, hubo de reconocer que «The Crown» es «un acto de imaginación creativa». El ministro de Cultura, Oliver Dowden, terció en la polémica exigiendo a Netflix un rótulo al arranque de cada capítulo aclarando que se trata de una obra de ficción. El problema es que la serie ha sido vista por más de ochenta millones de personas en todo el planeta, y para las nuevas generaciones que no conocieron los hechos es palabra de ley. ¿Ven los royals «The Crown»? El Príncipe Guillermo respondió en una gala de cine a Olivia Colman, la actriz que encarna a su abuela, que «no». Pero algunos cortesanos sostienen que Isabel II le echó un ojo a la primera temporada en una de las cenas que suele mantener con su hijo Eduardo y que no le desagradó. Sin plan de abdicación En 2009, el piloto Lewis Hamilton fue nombrado Miembro del Imperio Británico. En una comida de gala en Buckingham el protocolo lo sentó a la izquierda de la Reina. Rápidamente, Hamilton comienza a monopolizarla con su verborrea. «No ?lo detuvo ella con una sonrisa amable?, ahora usted hablará con quien tiene a su izquierda y en el siguiente plato, yo hablaré con usted». Esa es Isabel II, protocolo, respeto y una proximidad cordial, pero distante. Sus amigos aseguran que «jamás, en ningún momento, deja de ser la Reina». Aunque Rowan Williams, anterior arzobispo de Canterbury, reveló que «en privado es enormemente divertida», sus detractores le afean que «no tiene personalidad» y que su éxito radica «en no hacer nada». Tal vez sea una forma de elogio tratándose de una monarca constitucional. Cada día, la anciana Isabel II dedica tres horas a leer documentos oficiales, que va archivando en sus famosas cajas rojas. Una rutina que cobra su único sentido en que la ejecuta ella. El deber continuado acaba nutriendo el alma de la institución. Isabel II, que nació por cesárea en un piso de Burton Street, en el Mayfair londinense, no estaba llamada a ser Reina. La abdicación de su tío, Eduardo VIII, por sus devaneos filonazis y su obsesión por la complicada señora Simpson, cambió su destino. Tenía once años cuando su padre fue coronado y 25 cuando le comunicaron que Jorge VI había muerto. Estaba en Kenia y era una chica guapa y risueña, de 1.63 de talla, ojos azules y gustos deportivos, que ese día vestía unos vaqueros. Ya nunca más se pondría unos jeans. Reina por azar, cree firmemente que fue un mandato de Dios y en su concepción del mundo de un deber así no se puede abdicar. Habrá Reina hasta el último aliento.
30-11-2020 | Fuente: elpais.com
El paje de San Nicolás desaparece de las bibliotecas públicas en los Países Bajos
El rostro pintado del llamado 'Zwarte Piet' (Pedro el Negro) choca con la sociedad actual holandesa
03-09-2020 | Fuente: abc.es
Rumbo a una Venezuela desconocida
Los venezolanos marchamos rumbo a una Venezuela desconocida. Hacia un país cuyas realidades comunes y más fundamentales no conocemos con certeza, ni tampoco podemos imaginar, porque sus antecedentes, el de aquel país estructuralmente pobre, pobre y en muchos sentidos atrasado que éramos hasta comienzos del XX, está, ahora mismo, muy lejos en tiempo. Ha transcurrido un siglo, desde aquel borroso y a menudo olvidado 1920, cuando la renta proveniente de la explotación del petróleo, que recién se iniciaba, comenzó a cambiar las condiciones de vida de los venezolanos. Durante un poco más de seis décadas -hasta 1983- muchas cosas florecieron en Venezuela. Cierto es que fue un crecimiento desigual e irregular, muchas veces obstaculizado por errores, incompetencias y falta de horizontes, pero sería absurdo no reconocer que en aquellos años la nación venezolana se modernizó, las expectativas de futuro se potenciaron, mientras la mayoría de los indicadores fundamentales -sanitarios, sociales, educativos y económicos- en términos generales, tendían a mejorar año tras año. Existían problemas y fallas profundas, eso no puede obviarse. Pero el balance -eso lo entendemos hoy mejor que entonces-, a la postre, resultó cualitativamente favorable. En esas seis décadas y pico se creó una institucionalidad, que fue perfeccionándose y ajustándose en el tiempo, que hizo posibles varias décadas consecutivas, en las que predominó la convivencia por encima de los conflictos. Esa institucionalidad significa que, a pesar de los vaivenes, las luchas de intereses y facciones, y de las tareas que nunca alcanzaron a cumplirse, Venezuela logró hacer posible un Estado de Derecho. Porque hay que decirlo: tuvimos un Estado de Derecho, asediado por las dificultades, pero que actuó como eje axial de la nación, lo quieran o no sus detractores. En ese período se levantó y estructuró una industria petrolera, que tuvo la categoría de modelo planetario. Nació y se expandió una clase media, que se convirtió en el núcleo desde el que se proyectó el desarrollo educativo, cultural, profesional y científico del país. Carreteras y autopistas, represas, hospitales, centros educativos de todo nivel, hospitales, instalaciones deportivas, salas de concierto, bibliotecas, mercados y muchas otras más obras de infraestructura fueron poblando el país de oportunidades e intercambios. Venezuela recibió a cientos de miles de inmigrantes que llegaban, primordialmente de Europa y América Latina, y que se incorporaron, sin traumas destacables, a la economía y al funcionamiento de lo social. Este listado de cosas, al que se podrían agregar muchas páginas de logros, aunque también de huecos que quedaron sin tapar, confluyeron en esto: en una sociedad que compartía una idea, una intuición o una aspiración de un mejor futuro. Hasta 1983, creo que es posible decir, que en nuestro país compartíamos, de forma mayoritaria, la presunción de que vendrían tiempos mejores. Había una especie de buen ánimo nacional. Con el quiebre de 1983 -me refiero a la devaluación de la moneda que se produjo el viernes 18 de febrero de 1983-, comenzó un deterioro, que alcanzó su culmen cuando Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales quince años más tarde, en diciembre de 1998: ese día Venezuela puso en marcha la tragedia por la que hoy transcurrimos. Lo ocurrido en estos 21 años se sintetiza en una frase: la Venezuela de la modernidad, que comenzó a construirse hace un siglo, fue destruida hasta alcances insospechados. Digo insospechado porque no sabemos cuánta ruina hay escondida en las instituciones públicas, no sabemos hasta qué extremos ha sido devastada la industria petrolera, ni tampoco cuánta podredumbre y desechos industriales se acumulan en las empresas básicas de Guayana. Lo ocurrido en estos 21 años se sintetiza en una frase: la Venezuela de la modernidad, que comenzó a construirse hace un siglo, fue destruida hasta alcances insospechados No sabemos cuánto territorio de las regiones sur y amazónica de Venezuela ha sido expoliado, socavado y contaminado, con la participación abierta del régimen, de militares cómplices y de las narcoguerrillas del Ejército de Liberación Nacional de Colombia -ELN-, y de empresarios que se han adherido a ese inmenso crimen que es el Arco Minero. No hay informes sobre la extensión y las consecuencias que han tenido derrames de hidrocarburos y de otras industrias. No existen tampoco registros fotográficos o testimoniales del estado de cosas al interior de las empresas que fueron expropiadas, incluso aquellas que estaban en plena productividad. Lo que vemos a simple vista; lo que narran los usuarios de los servicios del Estado; lo que arrojan las investigaciones periodísticas; lo que denuncian los ciudadanos que todavía guardan coraje y se atreven; lo que narran los presos políticos y sus familiares; lo que cuentan usuarios y sobrevivientes de hospitales, ambulatorios, centros de reclusión, cementerios, geriátricos, escuelas, cuarteles, depósitos y garajes de uso oficial; los relatos de conductores, pilotos y navegantes sobre las condiciones en que operan los vehículos y las naves propiedad del Estado que todavía están activas; lo que documentan los profesionales que resisten en centros de salud; las narraciones de docentes sobre la debacle nutricional de niños y adolescentes, cuyos aprendizajes son cada vez más precarios: todas estas realidades se aglomeran y se alimentan unas a otras, y nos advierten, aunque las élites del país apenas hablen de ello, ni tampoco los políticos, que la Venezuela de 1998 ha sido sepultada y que lo que viene, de aquí en adelante, será un país distinto, desconocido y esencialmente precario. Pero todavía hay algo más que no puedo omitir en este marco de cosas: la pérdida de talento, especialmente de jóvenes y profesionales, que forman parte de los 5 millones de personas que han huido de Venezuela en la última década. ¿Cuántos volverían en un escenario de cambio de régimen? ¿10, 15, 20%? Tampoco es posible estimarlo hoy, pero es difícil suponer que regresarán a reconstruir un país exhausto, empobrecido, arrasado hasta sus entrañas. Difícil será que quieran regresar a una Venezuela irreconocible, deteriorada por sus cuatro costados, desconocida y poblada de carencias.
16-07-2020 | Fuente: abc.es
La destrucción esencial: el potencial humano
El pasado 14 de julio, la Organización de Países Exportadores de Petróleo -OPEP- ha informado que la producción petrolera venezolana durante el mes de junio fue de 393.000 barriles por día. Esto significa que, de un mes al siguiente se ha causado una caída vertical e insólita de 180.000 barriles. Puesto que en mayo el promedio fue de 573.000 barriles por día, hablamos de un desplome de casi 32%: una cifra desquiciada, que escapa a cualquier forma de racionalidad. Estos pocos datos son categóricos e inequívocos. No aceptan atenuantes o excusas. Son el resultado del planificado proceso de socavamiento y perversión de Petróleos de Venezuela -Pdvsa- y de la industria petrolera en conjunto, que Hugo Chávez activó desde el día en que accedió al poder. Medida tras medida, día a día, fueron liquidando la que era una de las empresas más importantes del mundo. Se despidió, violando las leyes laborales y los más elementales derechos, a más de veinte mil trabajadores de Pdvsa, para así despejar el terreno que ocuparían corruptos, ignorantes del negocio petrolero, incompetentes y rufianes, que se han encargado de su desmantelamiento. Se distorsionó la misión empresarial para desfigurar su institucionalidad y convertir aquello en una oficina de contrataciones y prebendas, en gestora de falsos programas sociales, en centro de compras para el Estado (con toda la secuela de corrupción que eso produjo). Se nombraron en cargos de enorme responsabilidad, en áreas fundamentales para la operación, a enchufados, amiguitas y amiguitos, militantes y otros incapaces. Se dejó de invertir en las propias operaciones petroleras, con lo cual se estaba sellando el declive de la producción de la que somos testigos. Se abandonaron por completo, en acciones de irresponsabilidad que entrañan delitos de carácter penal, las obligaciones de mantenimiento que exigen operaciones industriales de alto riesgo, en las que se utilizan líquidos y gases de alta capacidad inflamable. Y, lo que es más conocido por la opinión pública, se firmaron convenios con decenas de países para entregar el petróleo a precios irrisorios, a veces por debajo del costo de producción, para garantizar lealtades políticas y diplomáticas. Lo escribo con plena comprensión de lo que afirmo: no hay en la historia de las instituciones, un caso de destrucción tan alevoso e implacablemente ejecutado. Esta sinopsis del procedimiento de demolición, con algunas inevitables variantes, ha sido aplicado al sistema de salud y hospitalario, a las más importantes infraestructuras del país -como el Teatro Teresa Carreño, un simbólico ejemplo-, al conjunto del sistema hidroeléctrico nacional, a la desfalleciente infraestructura educativa nacional, a las universidades, a los puertos y aeropuertos, a museos, salas de conciertos y bibliotecas, a los hipódromos, a represas y embalses, a los parques nacionales, a las regiones donde está avanzando, a velocidad asesina, la devastación causada por el saqueo promovido por Maduro, que lleva el nombre de Arco Minero. El 80% de la población en pobreza extrema Podría continuar listando decenas y decenas de ámbitos y casos donde la destrucción ha hecho de las suyas. No hay exceso en esta afirmación: nada hay en Venezuela que haya logrado preservarse, nada que permanezca intacto, nada que no presente los síntomas que anuncian su próxima ruina. Pero llegado a este punto de este artículo, todavía no me he referido a lo primordial: al doblegamiento de las capacidades humanas, a la feroz y constante práctica de debilitamiento y sometimiento de las personas. Es duro pensarlo y escribirlo: el régimen ha actuado para reducir, aplanar, hacer inviable el potencial de la sociedad venezolana. Al rebajar y rebajar las condiciones de vida, en todos los planos donde ello sea posible, está anulando el derecho, la posibilidad de aspirar a una vida de progreso y bienestar. ¿Qué potencial tiene una sociedad, en la que 80% de la población vive bajo el asedio de la pobreza extrema? ¿Qué podemos aspirar, en todos los ámbitos de la vida pública -la producción, la formación, la investigación, el ejercicio profesional, las iniciativas de solidaridad, el desenvolvimiento de la política, la organicidad de la sociedad civil- cuando alrededor de 5 millones de compatriotas, en su mayoría jóvenes, muchos de ellos profesionales y personas sólidamente formadas, han huido del país y, en un porcentaje que luce relativamente alto, han logrado establecerse en otras partes del mundo, salvando todas las dificultades que ello representa? ¿Qué clase de prospección le está reservada a Venezuela hacia las próximas dos, tres o cuatro décadas, cuando ahora mismo hay 4 millones de niños y adolescentes que tienen problemas casi insalvables para asistir a la escuela, escuelas donde a menudo no hay maestros calificados, en las que no se cumplen los objetivos curriculares, donde no hay comedores, ni mucho menos computadoras, mi materiales escolares, ni electricidad, ni agua, ni mínima salubridad, ni seguridad, ni nada que remedie este creciente cúmulo de adversidades? ¿A qué expectativas se expone una sociedad que lleva en su seno a 700 mil niños que sobreviven bajo el hostigamiento de la desnutrición crónica, o en la que 60% del total de su población no alcanza a consumir las 2 mil calorías mínimas necesarias para aspirar a una vida activa y productiva? En definitiva, ¿de qué está hecho nuestro horizonte personal, social y como nación, cuando hora tras hora, se van reduciendo nuestras capacidades reales de organizarnos y actuar, carcomido nuestro país por el hambre y las carencias?
25-06-2020 | Fuente: abc.es
Arranca la votación de las enmiendas constitucionales para permitir a Putin seguir en el poder
Tras la muestra de poderío militar exhibida ayer en la Plaza Roja de Moscú bajo la inefable batuta del presidente Vladímir Putin, hoy se han abierto en Moscú y algunos territorios de Rusia los colegios electorales para poder votar de forma anticipada las enmiendas constitucionales que permitirían al actual jefe del Estado optar a dos mandatos más al frente del poder a partir de 2024. La consulta había sido convocada inicialmente para el 22 de abril, pero tuvo que posponerse a causa de la pandemia. Las urnas permanecerán disponibles desde hoy y hasta el próximo 1 de julio, día del «plebiscito» propiamente dicho, declarado festivo para facilitar la afluencia de ciudadanos. La votación se podrá efectuar también por correo postal o a través de las páginas web habilitadas a nivel local. Todo un despliegue dirigido a movilizar a la población para que participe en el evento electoral «con las máximas garantías para evitar contagios» de Covid-19 , pero que deja, a juicio de la oposición, numerosos agujeros susceptibles de favorecer el fraude y la manipulación de los resultados. Uno de los primeros en depositar su voto, esta misma mañana en un colegio en la parte oeste de Moscú, ha sido el expresidente del país y primer ministro hasta el pasado mes de enero, Dmitri Medvédev, que ha llamado a los rusos a pronunciarse a favor de la reforma de la Carta Magna para «fortalecer los derechos laborales de la ciudadanía». La nueva Ley Fundamental rusa, además de dejar a Putin la vía libre para continuar en el poder hasta 2036 y establecer, entre otras cosas, que el único matrimonio posible es el formado por la unión de un hombre y una mujer, obliga a actualizar anualmente los salarios y las pensiones. Más de 610.000 contagiados La capital rusa inició el martes la última fase de la desescalada permitiendo a los restaurantes recibir clientes, no sólo en las terrazas como venía sucediendo ya desde hacía una semana, sino también en el interior, aunque aumentando la distancia entre mesas y con instalación de mamparas. Se han abierto también los gimnasios, agencias de viaje, guarderías infantiles y piscinas. Se reanudan además los cruceros y paseos fluviales y las bibliotecas podrán funcionar ya sin ninguna limitación. Según el alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, el ritmo de hospitalizaciones por coronavirus se mantiene en unas 500 diarias, cifra, a su juicio, perfectamente asumible por el sistema sanitario de la ciudad, en donde, desde ayer miércoles se han registrado 885 nuevos casos de Covid-19. Suponen 74 más que el día anterior y elevan el total a 217.791 contagios desde el principio de la pandemia, de los que 142.806 están ya curados. Moscú ha anotado en las últimas 24 horas 12 nuevos fallecimientos, lo que sitúa el total de muertes en 3.669. En el conjunto de Rusia desde ayer ha habido 7.113 nuevos casos de coronavirus, 63 menos que miércoles. El total de contagios asciende así a 613.994, de los que 375.164 fueron ya dados de alta. Significa que hay todavía 230. 225 casos activos. Desde el miércoles se han producido 92 nuevos fallecimientos después de que el día anterior se contabilizaran 154. Desde que estalló la epidemia, en Rusia ha habido 8.605 decesos por Covid-19.
16-06-2020 | Fuente: abc.es
Casi una veintena de regiones rusas no harán desfiles el 24 de junio por miedo a un rebrote de Covid-19
Casi una veintena de regiones rusas no organizarán el 24 de junio los desfiles conmemorativos del 75 aniversario de la Victoria sobre la Alemania nazi que debieron celebrarse el pasado 9 de mayo y se pospusieron a causa de la Covid-19. Las autoridades de estas regiones, 17 en total, temen que las paradas militares puedan disparar los contagios. El gobernador de la región de Oriol, Andréi Klichkov, explicó ayer que el Kremlin no les ha obligado a hacer los desfiles, les ha dejado libertad de acción en función de la situación epidemiológica particular de cada territorio. Efectivamente, el portavoz de la Presidencia rusa, Dmitri Peskov, señaló ayer que «las autoridades locales actúan en el marco de sus prerrogativas y lo entendemos perfectamente». Sin embargo, la orden partió del Ministerio de Defensa, en donde todavía no ha habido reacción a la decisión de cancelar los desfiles en estos 17 entes territoriales de Rusia. En otras ciudades, por ejemplo en Volgogrado (la antigua Stalingrado), se llevarán a cabo paradas castrenses, pero sin espectadores. La idea de celebrar el desfile el 24 de mayo fue del presidente Vladímir Putin y ha sido muy criticada por la oposición, que considera que la pandemia no ha remitido todavía y existe el peligro de un rebrote. Por la televisión Moscú, en donde el desfile tendrá como de costumbre el imponente escenario de la Plaza Roja, se ajustará a un formato parecido al de siempre, aunque el alcalde de la ciudad, Serguéi Sobianin, ha llamado a la ciudadanía a quedarse en casa y contemplar el espectáculo a través de la televisión. El Kremlin está de acuerdo con el llamamiento de Sobianin. Mientras tanto, la capital rusa da hoy un paso más en la desescalada con la apertura de las terrazas de bares, cafés y restaurantes. Empiezan a funcionar también los dentistas, las bibliotecas, algunos museos, el zoológico y se podrá asistir a las competiciones deportivas, siempre y cuando en las tribunas no haya más de un 10% del aforo. Moscú registra ya más de 208.000 contagios por coronavirus y casi 3.400 fallecimientos. En el conjunto del país, la cifra de infectados se aproxima a los 550.000 y el de muertos supera los 7.000.
15-06-2020 | Fuente: as.com
Joaquín Carmona: el tuitero del atletismo que vive en la calle
El gran tuitero español del atletismo vive en la calle, en Madrid. Se conecta a sus redes sociales gracias al wifi de las bibliotecas.
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