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Noticias de animales

28-08-2006 | Fuente: estaraldia.es
El Museo Imperial de la Guerra, en Londres, rinde un particular homenaje en la muestra “Animals War” (La guerra de los animales) a los animales utilizados en las guerras.
08-08-2006 | Fuente: estaraldia.es
El 81 por ciento de los hoteles de Baleares prohíben la entrada de animales de compañía a sus instalaciones, lo que convierte al archipiélago en la quinta Comunidad con menor oferta de este tipo para aquellas familias que deciden incorporar a su mascota en sus planes vacacionales, según Turespaña.
02-08-2006 | Fuente: estaraldia.es
Activistas de la organización de defensa de los derechos de los animales “AnimaNaturalis“, invitarán a los consumidores a “votar contra las pruebas en animales en Europa“.
13-07-2006 | Fuente: estaraldia.es
Uno de los animales más simbólicos de África se habría extinguido, según la Unión Mundial de la Naturaleza (IUCN, por sus siglas en inglés). El animal al que se refieren es el querido rinoceronte negro, todo un emblema en el continente africano.
29-06-2006 | Fuente: estaraldia.es
La Unión Europea y las principales industrias han acordado un plan de cinco años para limitar el uso de animales en las pruebas de seguridad de sus productos.
01-01-1970 | Fuente: abc.es
Apenas cumplido un año del golpe en la mesa global de Boko Haram, cuando en marzo de 2015 el líder de los yihadistas nigerianos, Abubakar Shekau, anunció la adhesión de su grupo a la red del Estado Islámico, las sinergias parecen ahora agilizarse. En una visita a Chad, el comandante de operaciones especiales estadounidenses en África, el general Donald Bolduc, ha sugerido que la colaboración entre ambos grupos se está expandiendo. El militar reconoce que el pasado 7 de abril Chad interceptó un «gran arsenal de diferentes tipos de armas» enviados desde Libia y destinados a la región. «Se puede, creo, sacar una conclusión (bajo la implicación de que las armas fueran enviadas por el EI)», aseguró a la prensa Bolduc. La «conexión Libia» con Boko Haram no es nueva. Incluso en tiempos pre-Estado Islámico. Ya en 2012, un informe hecho público por Naciones Unidas, denunciaba cómo el conflicto de Libia había servido de retroalimentación a los grupos armados que operan en la región africana del Sahara y el Sahel, caso de los islamistas nigerianos de Boko Haram. «A pesar de los esfuerzos (de las democracias regionales) para controlar sus fronteras, grandes cantidades de armas y municiones de los arsenales libios fueron introducidos de contrabando en la región desértica», denuncia el informe realizado por un panel de control de la propia ONU. En él se detalla todo tipo de material de guerra, de granadas a misiles antiaéreos. «Las armas fueron desviadas por ex combatientes libios, tanto regulares del Ejército como mercenarios que combatieron en nombre de Muammar Gadafi», añade. Cuatro años después, el general Bolduc recuerda ahora que «la región de la cuenca del lago Chad es la zona cero» en la lucha contra el extremismo en África. Aliado clave En los últimos tiempos el Gobierno de Chad se ha convertido en un aliado determinante de Occidente en la lucha contra Boko Haram. Ya en verano pasado, el presidente chadiano, Idriss Deby, asegurababa que Abubakar Shekau, hasta ahora líder de la milicia, había sido reemplazado en el cargo por Mahamat Daoud, un antiguo comerciante de perfumes. La información ha sido desmentida en numerosas ocasiones por el propio grupo terrorista. Como señalaban en aquellos días a ABC líderes religiosos locales, «la entrada de Chad en el conflicto se debe a un solo motivo: su agonía financiera». El análisis tiene su explicación en la industria bovina. Ante el incremento de los combates, a comienzos de 2015, los ganaderos de Chad se encontraban ahogados territorialmente, al no poder vender sus animales en la vecina Nigeria. Por ello, en esas fechas, el precio de éstos se había reducido en casi un 50%. A ello se une la muerte de hasta 8.000 reses de forma directa por la violencia. La primera de las grandes victorias de Chad en el campo de Marte islamista se remonta al 4 de febrero de 2015, cuando sus fuerzas acabaron con hasta 300 miembros del grupo radical en un solo operativo lanzado en la localidad de Gamboru, frontera entre Camerún y Nigeria (las cifras no se encuentran confirmadas de manera independiente).
01-01-1970 | Fuente: abc.es
Guerra, armas y hambre, las razones del asesinato de 208 personas y el secuestro de 125 niños en Etiopía
Una campaña internacional impulsada en las redes sociales ?#BringBackOurGirls? y caras conocidas exigiendo su liberación. El secuestro de 200 niñas en la localidad nigeriana de Chibok el 14 de abril de 2014 concienció al mundo sobre las tropelías del grupo terrorista islámico Boko Haram. El silencio que ha rodeado a un acto equivalente, aunque con otras víctimas y verdugos, contrasta con la cobertura que recibió ese suceso. El pasado viernes, un total de 208 personas murieron y 125 fueron capturadas con vida, entre ellas mujeres y niños, en Etiopía. Según la información proporcionada por las autoridades del país africano, los atacantes provenían de Sudán del Sur y pertenecían a la tribu marle. Las víctimas, a la nuer. Y el asalto y la matanza, que se produjeron en la región etíope de Gambella, se originaron en el marco de los enfrentamientos tradicionales entre ambas, aunque con un grado de violencia desconocido hasta entonces. Un miembro de la tribu nuer se recupera en un hospital de Médicos Sin Fronteras después de enfrentamientos tribales en Sudán en 2009. En 2011, Sudán del Sur se separó de Sudán. En Sudán del Sur conviven tribus enfrentadas entre sí, sobre todo nuer y dinka, aunque los murle también asaltan a los nuer, y viceversa. Los choques entre estas comunidades, ganaderas y seminómadas, suelen producirse por los recursos ?razias para robar animales?, aunque se han agravado como consecuencia de la presencia de armamento en la zona, resultado de décadas de guerra- REUTERS La hostilidad entre tribus que compiten por territorio y recursos en el continente africano solo explica en parte este tipo de masacres. La presencia de armas en la región, con el consecuente recrudecimiento de los ataques, incrementa la violencia de las matanzas. Armas que abundan en la zona, debido a la conflictividad que sufre desde hace décadas. Sudán, un condominio egipto-británico que obtuvo su independencia en febrero de 1956, padeció desde entonces los enfrentamientos entre el norte, árabe y musulmán, contra el sur, negro y cristiano. Una visión que simplifica una realidad más compleja. Después de dos guerras civiles libradas entre 1955-1972 y 1983-2005, la mitad meridional se emancipó de la septentrional tras el referéndum sobre autodeterminación celebrado en enero de 2011. Sudán del Sur nació como tal el 9 de julio de ese año, y días más tarde se incorporó a Naciones Unidas. Logrado el objetivo que las había unido, los odios entre tribus enemigas volvieron a escena, sobre todo cuando el presidente dinka Salva Kiir acusó a su vicepresidente, el nuer Riek Machar, de una intentona de golpe de Estado en diciembre de 2013. El dinka Salva Kiir (derecha) y el nuer Riek Machar (izquierda) firman acuerdos de paz para resolver el conflicto abierto en Sudán del Sur en Adís Abeba, la capital etíope. Tanto Kiir como Machar formaron parte del Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán, el grupo armado que luchó por obtener la independencia de Sudán del Sur. Las guerra abierta en 2011 reavivó la tradicional enemistad entre tribus- REUTERS Las tribus murle, dinka y nuer comparten territorio en Sudán del Sur, y las dos últimas suponen «ejemplos etnográficos clásicos de una cultura ganadera trashumante compleja, vinculada con valores compartidos, mitología, formas de colaboración y asaltos conflictivos», como recuerdan los historiadores Robert S. Kramer, Richard A. Lobban y Carolyn Flueh-Lobbar en su «Diccionario Histórico de Sudán». Precisamente dinka y nuer engrosaron las filas del Movimiento de Liberación de Sudán, partido político que encabezó el combate contra el norte, y también del Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán, su brazo armado. «En toda esta zona, en Tanzania, Kenia, Uganda, Sudán del Sur y Etiopía, hay tribus seminómadas que siempre van armadas con su kalashnikov y con el ganado, que llevan de un sitio a otro. Para ellos no hay fronteras y los conflictos son constantes. No consideran 'esto es mi estado, mi país, mi idioma', sino que van con su ganado y si en una zona no hay pastos y en otra sí, pues lo llevan ahí», explica José María Márquez, director de la ONG África Directo, que realiza proyectos de cooperación en la zona. Conflicto y represalias La tribu nuer, víctima del asalto del pasado viernes, se distribuye entre Sudán del Sur y Etiopía más allá de lo que establecen las fronteras. Como en otros países africanos, su trazado responde a la lógica del reparto colonial europeo y no a la idiosincrasia de las sociedades que habitan el territorio. Aunque no es la única explicación. La presencia de esa comunidad en la región etíope de Gambella, colindante con Sudán del Sur, también se debe a la guerra abierta tras la intentona de golpe de Estado de diciembre de 2013. La violencia desatada en el país africano ha incrementado la presencia de refugiados en Etiopía. Gambella acoge actualmente un total de 272.443, según datos proporcionados por la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). La tensión tribal solo supone un añadido más a la violencia latente en esa zona, altamente militarizada, como admitió Getachew Reda, portavoz del Gobierno etíope. «Las fuerzas de seguridad han matado a docenas, y algunos vestían claramente ropa militar de camuflaje, aunque en esta parte de África eso no es sorprendente», indicó Reda tras la matanza perpetrada por la tribu murle, en declaraciones recogidas por el diario estadounidense «The Washington Post». El país decretó dos días de duelo nacional, del 20 al 22 de abril, según indicó en un artículo el diario francés «Le Monde» este jueves. Un trabajo donde el medio galo también advirtió sobre el riesgo de represalias, de venganzas que alimenten los odios tribales, ya agravados por el empleo de armas modernas. Lo cierto es que existen razones para el miedo. En Jonglei, una región sursudanesa limítrofe con la etíope Gambella, «gente de las tribus murle y lou nuer han estado involucradas durante muchos años en ataques mortales y contraataques a causa de disputas por el ganado, las tierras de pastoreo y el agua», como recordó ACNUR en un informe publicado en marzo de 2016. Texto que también lamentó que «los enfrentamientos entre estas tribus en los meses de diciembre y enero han afectado a unas 120.000 personas en la zona de Jonglei». Lucha por los recursos Razias como la provocada por la tribu murle contra la nuer se enmarcan en un contexto cultural, pero también en otro vinculado a los recursos que ofrece el propio territorio. «La economía es casi de subsistencia, ganadera casi exclusivamente. Leche, mantequilla, algo de queso y ocasionalmente carne es la base de su alimentación y de su riqueza, pues el ganado es moneda y símbolo de su estatus, además de que también proporciona el cuero», explica Ángel Navarro Madrid. El geógrafo y antiguo profesor de la Universidad Complutense de Madrid, que considera que la matanza cometida el pasado viernes se vincula «a la incursión de grupos armados de Sudán del Sur para capturar jóvenes exiliados en Gambela», también recuerda que la población de esa región etíope se compone de «ganaderos, con ciertos desplazamientos ocasionales, pero de rendimientos muy bajos y casi siempre completamente abandonados por Etiopía». La carestía descrita por Navarro se agrava por el contexto bélico. La crisis humanitaria que padecen los sursudaneses es una de las causas de su exilio etíope: una de cada cinco personas ha abandonado su hogar, una de cada tres escuelas ha sido cerrada y existe un médico por cada 65.000 habitantes, según indica un informe de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA, por sus siglas en inglés). En un comunicado de prensa realizado de forma conjunta por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y el Programa Alimentario Mundial y publicado en abril de 2016, ambos organismos señalaron que, además, «el conflicto interno» que arrasa Sudán del Sur se une «a las lluvias desfavorables que han reducido más todavía su producción agrícola». «A cada momento, ante todo conductor, pastor de ganado o viandante surge un obstáculo, un rompecabezas, un problema que exige solución: cómo pasar sin chocar con el vehículo que viene en sentido contrario, cómo llegar hasta las vacas, los carneros y los camellos sin pisar a los niños y a los tullidos que andan arrastrándose (..) Y, sin embargo, nadie grita a nadie, nadie se enfada, ni maldice, ni blasfema, ni amenaza», contó el reportero polaco Ryszard Kapuscinski en su obra «Ébano», en concreto en el capítulo donde narra su estancia en Etiopía. Una descripción que contrasta con la violencia que sacudió al país africano el pasado viernes, cuando 208 personas fueron asesinadas y unos 125 mujeres y niños permanecen en paradero desconocido.
01-01-1970 | Fuente: abc.es
Chernóbil, el laboratorio del fin del mundo
El 25 de abril de 1986, a la 23.04 de la noche, hora local, el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil quedó fuera de control. Los técnicos del turno de noche trataron de contener la liberación de energía en el núcleo, donde el uranio estaba alimentando millones de reacciones en cadena, pero algunos fallos de diseño y algunos errores de los operarios lo impidieron. Cuando a las 23.40 se ordenó la parada de emergencia del reactor 4, ya no había nada que hacer. El núcleo no respondía a las contramedidas de los operarios y estaba tan caliente, que tenía una potencia 100 veces superior a la de los límites máximos de seguridad. Finalmente, a la 01.24 de la madrugada, se produjo una potente explosión de vapor que hizo saltar por los aires el escudo que protegía el reactor, a pesar de que alcanzaba las 2.000 toneladas. Desde aquel momento, se desató un infierno nuclear y la central de Chernóbil se convirtió en un auténtico ventilador capaz de dispersar material radiactivo en todas direcciones, como si se tratara de una bomba sucia. Fotografía tomada horas después de la explosión. Los vapores liberan al aire elevadas dosis de partiículas radiactivas- AFP La explosión elevó el combustible nuclear, y los subproductos de las reacciones, hasta una altura de 1.200 metros. Los alrededores de la central fueron bombardeados por una rociada extremadamente nociva de polvo radiactivo, partículas finas (aerosoles) y gases. En las alturas la situación se complicó aún más. Los incendios que se produjeron en la central, y que duraron hasta el 5 de mayo, se aliaron con el viento y formaron una gigantesca pluma de aire contaminado que barrió la mayoría de los países de Europa. Según datos del UNSCEAR, en 10 días se liberó una cantidad de radiación 30.000 veces superior a la que soltaban cada año todas las centrales nucleares del mundo en ese año. Las primeras víctimas: los bomberos Los operarios y los bomberos trataron de impedirlo. Cerca de 600 personas lucharon para combatir los incendios, y quedaron expuestos así a unas dosis de radiación desorbitadas. Dos personas murieron inmediatamente, a causa de la explosion, y otras 28 murieron en los cuatro meses siguientes, a causa del síndrome de irradiación aguda. Los afectados sufrían náuseas, vómitos y diarrea, además de pérdida de leucocitos y de daños en la médula ósea que les dificultaban producir glóbulos rojos. La viuda de uno de los bomberos, decía en «Voces de Chernóbil», escrito por la premio Nobel de Literatura Svetlana Alexievich, que su marido «empezó a cambiar: cada día veía a una persona completamente distinta Las quemaduras fueron aflorando, en la boca, la lengua, las mejillas. Al principio eran pequeñas heridas, pero luego se hicieron más grandes. Empezaron a caerse por capas, como una película blancuzca. (..) Cuando lo agarraba para levantarlo, se me quedaban trozos de su piel en las manos..». Al menos otras 134 personas sufrieron este síndrome, pero lograron sobrevivir. Eso sí, con la huella de la radiación en forma de quemaduras en la piel y cataratas en los ojos. Secuencia del accidente y área de exclusión, en rojo, la más afectada por la contaminación- ABC/REUTERS En el reactor 4, el calor era tan intenso que el combustible nuclear se fundió y derritió el armazón de hormigón que protegía la parte inferior. Como resultado de las reacciones, se formó una especie de lava volcánica extremadamente radiactiva que seguía liberando material contaminado. Las autoridades soviéticas trataron de enterrar el núcleo, vertiendo 5.000 toneladas de arena, grava y arcilla con la ayuda de helicópteros, pero con ello también aislaron el corazón ardiente de la central y ralentizaron su enfriamiento. El 27 de abril, cuando el reactor aún estaba ardiendo y estaba abierto al exterior, la pluma radiactiva soltaba su carga mortal sobre Alemania Oriental. El 30 de abril llegaba al norte de Italia, y el 5 de mayo, los vientos provenientes del Sur llevaban el aire contaminado hasta Gran Bretaña, esquivando así a España y a Portugal. Pero, a medida que pasaban los dias, los incendios y la actividad del núcleo del reactor 4 segúian elevando ingentes cantidades de material radiactivo hasta la atmósfera, con lo que el viento pudo seguir formando plumas contaminadas que dispersaron el material aún más. Trabajos de descontaminación, antes de la construcción de un sarcófago protector- EFE Dentro de estas nubes, había un cóctel de muchas partículas radiactivas distintas, cada una de ellas con unas propiedades concretas y distinto poder tóxico. Todas ellas se caracterizaban por tener una vida media determinada, un parámetro que mide el tiempo que una partícula radiactiva tarda en degradarse como parte de su proceso natural de descomposición. Así, había partículas que se degradaban y dejaban de ser peligrosas en cuestión de segundos, pero había otras capaces de aguantar décadas. Entre las más duraderas, había isótopos (átomos que se diferencian en el número de neutrones de sus núcleos) de Cesio (el isótopo 137), de Estroncio (el 90), de Iridio (el 131) y de Plutonio (los 239 y 240). Se extiende la plaga radiactiva Todas estar partículas que fueron arrastradas por el viento llegaron al suelo en algún momento. Se depositaron sobre las hojas de las plantas, en los edificios y en los vehículos, y en otras ocasiones descendieron junto a la lluvia, que las sumergió en el suelo, donde las raíces, los microorganismos y los animales entraron en contacto con ellas. La parte más peligrosa quedó en los alrededores de Chernóbil, donde las partículas más pesadas, grandes y dañinas, quedaron desperdigadas en lo que hoy en día es una zona de exclusión de 30 kilómetros. Más allá de esta zona, Ucrania, Bielorrusia y Rusia sufrieron la acumulación de depósitos altamente activos. En total, una región de más de 150.000 kilómetros cuadrados, en la que vivían 5 millones de personas, quedó contaminada. Cementerio de vehículos usados en las tareas de descontaminación de la central nuclear de Chernóbil- AFP Pero no todas las zonas eran igual de peligrosas. Cuando la lluvia cayó sobre el polvo seco, aumentó la radiactividad de los residuos en unas 10 veces, por lo que las zonas más húmedas, como las montañosas, sufrieron más los efectos de la radiactividad. En los bosques, los árboles capturaron el polvo radiactivo, y los depósitos contaminados se hicieron allí más peligrosos que en zonas abiertas. En el agua dulce, como en el río Prípiat, un afluente del río Dniéper, y a su vez el r ío que suministraba a los tres millones de habitantes de Kiev, las partículas decantaron con el paso de las semanas, y quedaron atrapadas en los sedimentos del fondo. Para tratar de contrarrestar la contaminación, las autoridades enviaron a 600.000 liquidadores, militares y civiles encargados de limpiar el reactor y los alrededores. Además, se evacuó a unas 116.000 personas solo en 1986, a las que se sumarían otras 230.000 en años sucesivos. Solo en Ucrania se sacrificaron a cerca de 14.000 cabezas de ganado posiblemente contaminado y se prohibió el consumo de agua del Dniéper en Kiev, pero la población rural no dejó de consumir verduras ni leche contaminada. El bosque rojo: una arboleda de pinos muertos De acuerdo con el informe de 2007 de la UNSCEAR, en los primeros veinte días tras el accidente, murió un número desconocido de ejemplares de las especies más sensibles a la radiación: mamíferos, aves, árboles, anfibios, reptiles, crustáceos e insectos. Los niveles de radiación en aquel momento en las cercanías de la central nuclear eran capaces de dañar el ADN y las proteínas de las células, produciendo mutaciones, enfermedades y, en ocasiones, la muerte. Fue en este momento, cuando partículas muy radiactivas (con alto poder específico) procedentes de la central hicieron un daño masivo en la zona del «bosque rojo», donde los pinos murieron apenas tres semanas después del accidente, en una zona de cuatro o cinco kilómetros cuadrados. Fueron precisamente las agujas muertas de los pinos, que adquirían un tono rojizo, las que le dieron nombre al bosque. También se registraron daños menores en una zona de 120 kilómetros cuadrados. Los árboles crecen en la ciudad de Chernóbil- AFP Los pequeños invertebrados del suelo sufrieron daños muy graves, sobre todo porque los huevos y las larvas murieron, puesto que la contaminación coincidió con la etapa de reproducción tras el invierno. También aparecieron malformaciones. La presencia de invertebrados entre los 3 y los 7 kilómetros de distancia a la central se redujo en 30 veces. De hecho, se registraron drásticas caídas en la población de libélulas, abejas y mariposas. No fue hasta 1995 cuando estos animales comenzaron a recuperarse. Curiosamente, no se documentó la presencia de mamíferos ni aves muertas inmediatamente después del accidente. Algunos investigadores documentaron después un aumento de la infertilidad de las golondrinas y la aparición de mutaciones que en algunos casos provocaron que desarrollaran picos deformes. Cerca de esta región, también se documentó la aparición de plantas mutantes de trigo. Por otro lado, entre 1989 y 1992 se decubrieron mutaciones en los sistemas reproductivos de los peces, que provocaron un aumento de de la esterilidad en las carpas en el lago de refrigeración de Chernóbil, así como un incremento de aberraciones en células reproductivas de los peces, en el lago Blubokoye. La radiactividad se hace crónica Entre el verano y el otoño de 1986, las partículas radiactivas más inestables fueron degradándose, y fueron las más duraderas las que comenzaron a integrarse en el medio ambiente, ya que fueron transportadas a través de procesos físicos, químicos y biológicos: por ejemplo, las plantas absorbieron las partículas del aire y del suelo y las acumularon en su interior, desde donde luego también pudieron pasar a los herbívoros, y desde allí a los que se alimentaban de estos. Entre otras cosas, se descubrió un descenso de la población de pequeños mamíferos, y la presencia de casos de cáncer de tiroides en caballos y en vacas. Un año después del accidente, los niveles de radiactividad bajaron y pasaron a depender sobre todo de una partícula muy estable, el isótopo 137 de Cesio, (cuya vida media está cerca de los 30 años). La mayor parte de estas partículas estaba acumulada en el primer centímetro del suelo o en los sedimentos presentes bajo las masas de agua dulce. Imagen del bosque rojo, tomada en 2009. En el primer centímetro de suelo se concentran partículas del isótopo radiactivo 137 del Cesio- Timm Suess Para el año 1988, la zona del bosque rojo estaba siendo colonizada por hierbas, arbustos y árboles más tolerantes a la radiactividad. Ya en el 1991 los pinos comenzaron a crecer, aunque en su interior se siguieron encontrando huellas de daños por lo menos hasta 1995. Comida radiactiva En las primeras semanas tras el accidente, el isótopo 131 del Iridio se convirtió en el principal contaminante radiactivo para las personas de Bielorrusia, Rusia y Ucrania. En un principio no se alertó a los granjeros, y el consumo de leche contaminada con este isótopo se tradujo en un incremento del número de casos de cáncer de tiroides, según la UNSCEAR. Se cree que este efecto sobre todo afectó a las pequeñas granjas, porque en las colectivas las prácticas agrícolas que había dificultaron el proceso de la contaminación. Tiempo después, las setas y las moras de los bosques, así como los peces de los ríos y los lagos, se convirtieron en una importante fuente del isótopo 137 del Cesio. Llegan las víctimas humanas Aunque la ciencia conoce bien los efectos de la intensa radiactividad que se liberó en Chernóbil sobre el medio ambiente, lo cierto es que los efectos sobre la salud de las personas aún no son del todo claros. Por ejemplo, algunos investigadores incluso dudan de que sea posible atribuir muertes al accidente, puesto que en el momento de lo ocurrido no se hicieron estudios capaces de analizar este hecho. En este sentido, algunos epidemiólogos han resaltado la enorme dificultad de asociar el cáncer al accidente de Chernóbil, puesto que esta enfermedad ya es la causa de la cuarta parte de las muertes en Europa y resulta difícil distinguir qué muertes se deben a una causa u a otra. Otros estudios han informado de un aumento de las tasas de cáncer de mama y de enfermedades cardiovasculares, pero no han descartado que estos aumentos se hayan producido como consecuencia de la nutrición, del consumo de alcohol o del tabaquismo. Otros incluso han hablado del incremento de mutaciones genéticas en niños de padres afectados por el accidente, pero este tipo de efectos no se ha visto en niños de los supervivientes de los bombardeos atómicos sobre Japón, cuando en aquellos las dosis de radiación fueron superiores. Una chica es analizada en busca de cáncer de tiroides en la aldea de Ukrainka, a 100 kilómetros de Kiev- REUTERS Uno de los puntos en los que sí existe consenso es en la aparición de cáncer de tiroides entre los niños que estuvieron expuestos a la radiación en 1986. De acuerco con el informe de 2008 de la UNSCEAR, aparecieron 6.848 casos de cáncer de tiroides entre personas menores de 18 años en el momento del accidente, aunque otros estudios incrementan esta cifra. Entre todos estos, los informes de Naciones Unidas solo dan cuenta de 15 muertes asociadas al cáncer. Sin embargo, la organización ecologista Greenpeace, entre otras, denunció en el pasado que las cifras de víctimas del accidente de Chernóbil eran muy superiores, y las situaban en torno a as 140.000 muertes en los 15 años posteriores a la explosión del reactor 4. Al mismo tiempo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó sobre el riesgo de que se produjeran 4.000 nuevas muertes en los próximos años a causa del cáncer. El verdadero alcance de Chernóbil La ausencia de estudios o de resultados concluyentes sobre el alcance de la catástrofe de Chernóbil no es prueba de que la fuga de los productos radiactivos no aumentaran la incidencia de cáncer u otras enfermedades, o de que produjera miles de muertes: es prueba de que los científicos no han llegado a un acuerdo ni han podido demostrar que así fuera. Tal como destacan algunos investigadores, en gran parte la controversia se debe a la complejidad de medir el alcance de los efectos perjudiciales a largo plazo en poblaciones expuestas a múltiples factores de riesgo , sin contar con las consideraciones políticas de partidarios y detractores de la energía nuclear. «30 después del accidente vivimos con problemas graves de salud y seguimos comiendo productos contaminados», denunció a ABC Svitlana Shmagailo, una habitante de una aldea próxima a Chernóbil que vivió el accidente cuando tenía 12 años, y que fue invitada el pasado 20 de abril a España por Greenpeace para denunciar «el abandono de los supervivientes de Chernóbil». «No hay ayudas sociales del gobierno, ni para liquidadores, ni para inválidos ni para habitantes», se lamentó. Maria Urupa , una de las personas residentes en la zona de exclusión, en el interior de su espartana casa- AFP Lejos de la escasez de víctimas reconocidas oficialmente, la familia de Shmagailo parece representar un escenario distinto: «Mi primo y mi madre murieron de cáncer, mi hermano tiene cáncer. Mi madrina y mi hijo tienen enfermedades inumunologicas y mi hermana y yo tenemos problemas de tiroides». Alcoholismo y depresiones Junto a los daños sobre la salud que oficialmente produjo la catástrofe, y junto a aquellos que quizás estén escondidos en las estadísticas, la UNSCEAR ha destacado otro tipo de daño poco tangible: el psicológico. Este afectó tanto a 300.000 personas que fueron desplazadas como a las 270.000 que se quedaron viviendo en la zona contaminada. El accidente, y la vida en una zona contaminada y deprimida económicamente, junto a la incertidumbre y la desesperanza, provocó un aumento no mesurable de casos de depresión, ansiedad y cambios en el acoholismo y en el tabaquismo, según la UNSCEAR. En este sentido, Svitlana Shmagailo explicó que junto a los problemas económicos, que impiden a muchas personas marcharse a otros lugares o dejar de consumir comida contaminada, hay familias con problemas de alcohol, divorcios y peleas. Los lobos de Chernóbil Lejos de todo problema humano, la zona de exclusión, a 30 kilómetros de la difunta central nuclear de Chernóbil, bulle de actividad. «Allí hemos tomado imágenes de tejones, lobos grises, mapaches, martas, comadrejas, zorros rojos, jabalíes, bisontes, ardillas rojas, ciervos..», explicó a través de correo elctrónico James Beasley, un investigador de la Universidad de Georgia (Estados Unidos), que dirige una investigación cofinanciada por la National Geographic Society para estudiar los efectos a largo plazo de la radiación sobre los lobos grises y otros mamíferos. Un bisonte, en la zona de exclusión de Chernóbil- Jim Beasley y Sarah Webster, cortesía de National Geographic Society En este sentido, varios estudios científicos han sorprendido al mostrar la abundancia y el aparente buen estado de salud de los animales que viven en la zona de exclusión, que lleva 30 años libre de la presencia humana. Junto a los árboles creciendo en ciudades, las manadas de caballos y de lobos se extienden por allí como si se tratara de un peculiar edén post-radiactivo. «Una vez que entras en la zona no tienes que viajar más de unos kilómetros para darte cuenta de que hay poblaciones muy abundantes con muchas especies viviendo ahí. Allá donde mires hay huellas de vida salvaje. No es una sensación que haya tenido en ningún otro lugar, con la excepción de otras grandes reservas naturales como el Parque Nacional de Yellowstone», dijo Beasley. Un jabalí, en Chernóbil- Jim Beasley y Sarah Webster, cortesía de National Geographic Society Aunque aún no hay muchos estudios sobre el estado de salud real de estos animales, Beasley no ha encontrado evidencias de enfermedades o mutaciones. «Por lo que he visto, al menos en mamíferos, parece que los beneficios de la ausencia de personas superan a los perjuicios de la radiación. (..) Con esto no quiero decir que la radiación sea buena para la vida salvaje. Sino que, para muchas especies, los efectos de la actividad humana son peores que la radiación». Bacterias mutantes El biólogo español Mario Xavier Ruiz Gonzalez publicó un marzo de este año un artículo en la revista «Scientific reports» en el que presentaba a otro ser vivo que parece vivir mejor de lo previsto en Chernóbil: las bacterias. En concreto, encontraron a 20 tipos de bacterias que parecen haberse adaptado a vivir en ambientes sometidos a un nivel intermedio de radiación. «Los efectos de la radiación sobre los seres vivos pueden quedar fácilmente enmascarados. La mayoría de las mutaciones que sufren no son letales y pueden permanecer escondidas. Además, las células (las bacterias incluidas) tienen sistemas de reparación para defenderse de estos errores imprevistos», explicó el investigador, para aclarar cómo pueden los seres vivos medrar en ambientes azotados por la radiación. Entre otras cosas, se sabe que tanto plantas como microorganismos pueden favorecer la mutación de ciertos genes esenciales y relacionados con las condiciones desfavorables (estrés) que, en teoría, podrían dar lugar, con el paso de las generaciones, a plantas y bacterias más resistentes a la radiación. En relación con las bacterias resistentes, Ruiz González reconoció que el siguiente paso que querrían dar es buscar esos posibles mecanismos de defensa. De catástrofe nuclear a reserva natural Actualmente, viven en la zona de exclusión al menos 400 especies de vertebrados, 50 de ellas dentro de la lista roja europea de especies amenazadas. Allí se alimentan y viven raras especies como el águila de cola blanca o el águila moteada. Hay cientos de familias de castores y el caballo salvaje de Prezewalski, en peligro de extinción, ha logrado asentarse allí. Sin actividades como la caza, la agricultura, la construcción de carreteras o la tala de árboles, la naturaleza parece florecer con fuerza, incluso a pesar de la radiactividad. El caballo de Przewalski, única subespecie salvaje de caballo que existe en la actualidad- Lars Schmitt «En los últimos años Chernóbil ha sido como un importante laboratorio en el que los científicos han podido entender cuáles son los efectos alargo plazo de la radiactividad», dijo James Beansley. Pero ha sido un banco de pruebas para mucho más que eso. La pérdida de vidas humanas y el sufrimiento que causó la explosión del reactor 4, y los efectos devastadores de la radiación sobre la naturaleza, son una herida aún abierta que puede servir para aprender de lo ocurrido. Y nunca olvidar el temible poder destructivo que tiene el hombre.
01-01-1970 | Fuente: abc.es
Chernóbil, las voces de una tragedia olvidada
«Todo pasó en unas horas. Eran poco más de las cinco, cuando me despertó el sonido del teléfono. Llamaba mi jefe que, sin ninguna explicación, me dio el día libre. Había amanecido un hermoso día de primavera así que salí de paseo con familia», explica Iván Kuzmin, un liquidador de Chernóbil que vivió durante años en Prípiat, el monumento al sueño socialista. Fundada en 1970, a 250 kilómetros de Kiev, cumplía con el estereotipo de urbe soviética: limpia, ordenada, ajardinada, con grandes avenidas, segura. Daba cobijo a más de 50.000 personas. «Cuando regresamos a casa ?continúa? volvieron a llamar. Me dijeron que debía cerrar todas las ventanas e ir a trabajar esa misma noche. Supe entonces que había sucedido un accidente en la central nuclear la madrugada anterior. Y aunque Prípiat sería evacuada, yo me ofrecí de forma voluntaria a colaborar en la descontaminación», recuerda. El 27 de abril de 1986, un día después de la catástrofe, fue evacuada en una flota de 1.200 autobuses. Han pasado ya 30 años y aún quedan otros 24.000 más para que pueda volver a ser habitada. Hasta entonces permanecerá como una ciudad fantasma. ««Sabía que había radiación, pero a efectos prácticos no entendía lo que ello suponía. Yo era un simple cerrajero y nadie me explicó cómo me afectaría a lo largo de los años»Iván Kuzmin Kuzmin se quedó solo los dos primeros días. «Después nos juntamos varios trabajadores de Chernóbil en un mismo piso. Nos parecía menos desolador así». En aquel momento no era consciente del peligro que corría su salud. «Sabía que había radiación, pero a efectos prácticos no entendía lo que ello suponía. Yo era un simple cerrajero y nadie me explicó cómo me afectaría a lo largo de los años». Kuzmin llegó a Prípiat con 22 años. Se enamoró de la ciudad y de su panadera, lo que le impulsó a establecerse y buscar trabajo en la central nuclear de Chernóbil. Vivió los cinco años más felices de su vida hasta que el 26 de abril de 1986 el reactor número cuatro hizo explosión, liberando una cantidad de radiación 200 veces superior a las de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. En ese momento, 200.000 militares y 400.000 civiles de todas las repúblicas soviéticas se dirigieron a Chernóbil para luchar contra un enemigo al que la humanidad no se había enfrentado antes: la radiación. Fueron los llamados liquidadores, que con un traje que apenas cubría las necesidades básicas de seguridad, expusieron sus vidas para descontaminar y evitar el cataclismo nuclear. Muchos de esos hombres han muerto ya, el resto están enfermos. Su legado: una estructura de 35 metros de altura llamada «El Sarcófago», que cubre el cráter del reactor y que evita que halla fugas radiactivas del interior. (La fecha de caducidad del Sarcófago fue en enero del 2014). La decisión más drástica fue evacuar y delimitar una zona de 30 kilómetros. Una zona que se vallaría, se militarizaría y, por qué no decirlo, se olvidaría. Una región entera que se la conoce como zona de exclusión, zona de alienación o la zona muerta. Kuzmin y su familia, son unos de los miles de refugiados nucleares que provocó el accidente. Hoy viven en Kiev, pero hay otros que se negaron a abandonar sus hogares. Territorio radiactivo Es el caso de Yusefa Ivanovav, de 91 años, una de los únicos cuatro habitantes que quedan vivos en Poliske (a mediados de los años 80 tenía 12.000). Asegura que no se marchó «porque aquí nacieron y murieron todos mis antepasados. Yo también crecí aquí ¿Acaso no tengo el mismo derecho? De alguna manera, Poliske me pertenece», subraya con vehemencia. Nunca la asustó la radiación. «¿Por qué iba a hacerlo? No muerde (ríe con ganas). No la puedo ver, ni oler, ni sentir». «Me quedé en Poliske porque aquí nacieron y murieron mis antepasados. No me da miedo la radiación porque no la veo»Yusefa Ivanovav Pero este enemigo invisible sigue causando estragos. «El 90% de los habitantes del distrito de Ivankiv tiene el estatus de víctimas de las consecuencias del accidente nuclear», explica la doctora Oksana Kandun, directora del hospital local. «La tasa de mortalidad de las personas en edad de trabajar ha aumentado 10 veces en comparación con los años anteriores a la catástrofe y la discapacidad de la población infantil es causada en el 30% por defectos de nacimiento». Para Kandun, el panorama es alarmante, especialmente si se cumplen los estudios que afirman que el ADN de las células germinales que transmiten la información genética fue dañado por la radiactividad. Lo que sugiere que las secuelas de Chernóbil podrían perdurar durante varias generaciones. «Convivimos con una sensación de riesgo constante». En Orane, una aldea perteneciente a Ivankiv, con 500 habitantes, vive Vladimir Snidco, que con solo 12 años ya acumula cinco veranos en San Sebastián y dos operaciones de estómago. Es un niño rubio, sin brío, anémico. Forofo del Athletic de Bilbao, sueña con ser camionero «para viajar lejos de Ucrania». El historial médico de su familia no es muy alentador: su madre nació el año de la catástrofe y ahora tiene en su mejilla derecha una protuberancia del tamaño de un huevo, su tío y su abuelo fallecieron recientemente de cáncer de tiroides y su padre y sus dos hermanos sufren enfermedades relacionadas con el corazón. Ninguno tiene empleo. Subsisten con las hortalizas que cultivan, los animales de corral y el único ingreso económico que entra en casa es la pensión de la octogenaria abuela, Hanna. «La tasa de mortalidad de las personas en edad de trabajar ha aumentado 10 veces en comparación con los años anteriores a la catástrofe»Oksana Kandun La cifra oficial de muertos desde 1986 hasta el año 2000 era de 30 muertos, una cifra que comprende únicamente a los empleados y a los bomberos que murieron la noche del desastre y los días posteriores. Una cifra, por supuesto, manipulada. Las Autoridades Soviéticas obligaron a los médicos a relacionar las defunciones o las discapacidades con alguna enfermedad anterior del paciente, nunca con Chernóbil. La peor parte se la llevaron Ucrania, Bielorrusia y Rusia. Por el aniversario del desastre, Greenpeace ha recopilado informes de Naciones Unidas y de la Organización Mundial de la Salud, publicados con anterioridad. Desde 1986 habrían muerto entre 50 y 100 mil liquidadores, pero además se espera que hasta el año 2065 se diagnostiquen 50 mil nuevos casos de cáncer y que para ese mismo año, otras dieciséis mil personas mueran por enfermedades relacionadas con el desastre. En total, entre heridos, evacuados, enfermos de leucemia, cáncer y en general el calvario que la gente continúa en vida hacen un total de diez millones de personas. Las cifras no dejan lugar a duda: Chernóbil fue un auténtico infierno creado por el hombre.
01-01-1970 | Fuente: abc.es
«Aquí no existe el pánico», así viví desde el corazón de la URSS la catástrofe de Chernobil
Parecía que alguien se había vuelto loco en Tass, la agencia oficial de noticias soviética. Durante aquel 26 de abril de 1986 era como si no hubiera más noticia en el mundo que el relato de todos los accidentes nucleares sufridos por Estados Unidos. Nunca había imaginado que el amigo americano hubiese estado tantas veces al borde del apocalipsis. Al mismo tiempo, desde Suecia se alertaba de una subida dramática de los niveles de radiactividad sobre su territorio. Cuánto más subían los niveles de radiactividad en Suecia, más abundaba la agencia Tass en informarnos del accidente nuclear en la isla norteamericana Tres Millas y otras catástrofes del capitalismo. Solo después de unas tres horas de documentarnos sobre el supuesto penoso estado de la industria nuclear estadounidense, un teletipo de una sola línea de Tass informaba de que «un incidente ha ocurrido en la central de Chernobil». Naturalmente, fueron suecos y norteamericanos los que nos tuvieron que decir que Chernobil era una central nuclear ucraniana, no muy lejos de Bielorrusia. Aquella noche el «Bremia», el telediario de las 21.00 horas, el principal informativo de la televisión soviética, emitió un reportaje desde Pripiat, una pequeña ciudad del norte de Ucrania, en la frontera con Bielorrusia, en el que -sin decir por qué- se nos daba cuenta de la regalada vida de la que disfrutaban aquellos privilegiados ciudadanos. Un habitante de la ciudad enseñaba a la cámara el colosal pez que había pescado muy poco antes en el río Pripiat, el mismo que pasa junto a la central nuclear. El reportaje concluía con un mensaje: «En Pripiat, en toda la próspera región de Chernobil, no existe el pánico». Ni una palabra de que la central nuclear había estallado y una inmensa nube de veneno nuclear comenzaba a extenderse por la zona. A nadie se le había ocurrido avisar a aquel infeliz pescador de que el pez que había atrapado era una bomba tóxica. Ni a él ni a los cientos de miles de personas que vivían en la región. Los medios de información soviéticos tardaron más de dos días en alerta a la población. Cuando lo hicieron, las primeras palabras del locutor del «Bremia» fueron: «En Chernobil, en Pripiat, no existe el pánico». Nadie, tampoco, había previsto la evacuación de la población, ni siquiera informar de la gravedad de aquella explosión. Mientras la central escupía toneladas de humo radiactivo que se extendían por toda Europa, el único mensaje a la gente era el de que «aquí nadie tiene miedo». Ningún periodista occidental fue autorizado a viajar a Chernobil hasta ocho o nueve años después de la catástrofe. En 1986 había que pedir un permiso especial para viajar fuera de Moscú y, obviamente, nadie podía ni soñar con acercarse a menos de cientos de kilómetros de una central nuclear o de cualquier instalación que la URSS considerase de «alta seguridad». La colonia de occidentales en Moscú sabía que algo muy grave había ocurrido, pero tampoco había una información muy precisa de nada. Algunos europeos creyeron que lo más seguro era alejarse de Moscú cuanto antes y tomaron un avión hacia sus hogares, hacia occidente, sin reparar en que el viento soplaba precisamente en aquella dirección. No sabían que estaban volando en medio de la nube radiactiva de Chernobil. El balance oficial de víctimas fue de 31 muertos. Pero nunca se sabrá cuántos de aquellos cientos de miles de personas estaban siendo envenenadas mientras durante semanas se les repetía que no cundiera el pánico ni se moviera nadie de donde estaba. Más de un mes tardó en ser evacuada la población de la zona. El entonces líder soviético, Mijail Gorbachov, nunca fue un político muy sagaz y previsor. Pero sí un hombre de paz, un buen tipo que creía sinceramente que el comunismo se podía reformar para hacer habitable aquel experimento. Recién llegado al poder, tardó en reaccionar. Cuando al fin fue consciente de la gravedad del desastre y del inmenso daño que el silencio oficial y la resistencia a reconocer la catástrofe habían provocado, adoptó su primera gran consigna de cambio. Fue entonces cuando vino la histórica directriz política de la «glasnost» (transparencia). La «glasnost» no tenía nada que ver con la libertad de información, pero suponía el reconocimiento de que la opacidad imperante hasta entonces no había sido solo una actitud ridícula, sino también criminal. Aquello fue la ventana por la que, poco a poco, se fue colando el informe cotidiano que destapó que la ineficacia, la corrupción y un inmenso absurdo corroían las bases del sistema. Aunque avanzaba muy poco a poco, la «glasnost acabó siendo un instrumento que escapó al control de su propio creador. Ya en el ocaso del régimen, hacia 1990, se distribuyó en los pujantes circuitos contraculturales del país un documental que mostraba terneros de dos cabezas, fetos monstruosos, enfermedades inimaginables en los animales expuestos a la radiación de Chernobil. Imposible no imaginar qué habría ocurrido con los paisanos de aquel hombre al que se le felicitaba por pescar una hermosa perca en el río Pripiat el mismo día de la explosión nuclear. En Moscú nadie se enteró En Moscú tampoco nadie se dio por enterado. Pocos días después del accidente, miles de obreros fueron acarreados desde su fábrica a la Plaza Roja para celebrar el gran desfile del Uno de Mayo. El resto de la población disfrutó de un soleado día de fiesta, bebió como solía y dio unos cuantos hurras a los fuegos artificiales con los que se cerró la celebración. En realidad la nube tóxica no había pasado por Moscú, pero por si acaso en mi casa intentamos ser cuidadosos. Durante meses fregamos las verduras en agua hirviente y basamos nuestra dieta en alimentos occidentales -preferentemente enlatados- que comprábamos en las tiendas exclusivas para quienes teníamos dólares. El agua ni la probábamos. Entonces éramos jóvenes y recuerdo que, durante unos meses, mi mujer y yo tuvimos como principal base de nuestra dieta los botes de cerveza danesa que comprábamos al por mayor. Teníamos miedo de la lluvia, porque no se sabía de dónde venían las nubes. Y nos recogíamos en casa en cuanto comprobábamos que el viento soplaba con fuerza. Así, durante cuatro o cinco meses. Los bomberos que acudieron de urgencia a la central sabían que iban a morir, como lo sabían los aviadores que durante meses estuvieron arrojando sacos de arena a la central para enterrarla antes de comenzar a construir el sarcófago que aislaría a la bestia del mundo exterior. Ninguno de ellos dio media vuelta ni se quejó de su suerte. En las catástrofes, los rusos se crecen. Lo que sí terminaron sabiendo todos los soviéticos, rusos o no, es que la explosión de Chernobil fue debida a un experimento en el que se desactivaron todos los mecanismos automáticos de seguridad. Las alarmas advertían de que el reactor estaban siendo erroneamente manipulado. Pero, como el experimento tenía que seguir adelante a toda costa, se desconectaron también las alarmas y se siguió trasteando manualmente el reactor. Hasta que la chapuza acabó en una apocalíptica explosión que, por poco, arrasa media Europa. La metáfora perfecta de lo que era la Unión Soviética. Aquel fue el principio del fin de aquel desgraciado monstruo histórico.