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Noticias de america

10-01-2021 | Fuente: as.com
Estados Unidos 'invade' Europa
Dest, De la Fuente, Pulisic, Reyna, Yunus, Weah, McKennie o Hoppe forman una lista de jugadores norteamericanos que han irrumpido con fuerza en el Viejo Continente.
10-01-2021 | Fuente: as.com
Carlson, llegar y besar el santo con el triple de la victoria
Quedaba un segundo y medio, el norteamericano, sustituto de Echenique, recibió un pase de Oroz y lanzó punteado por Doornekamp. Partidazo de Shermadini en un Tenerife muy confiado.
10-01-2021 | Fuente: marca.com
Solari empieza con buen pie en el América
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09-01-2021 | Fuente: abc.es
Un Trump completamente aislado se enfrenta a su segundo «impeachment»
La gran maquinaria del «impeachment» o juicio político se ha vuelto a poner en marcha por segunda vez durante el único y atribulado mandato de Donald Trump. Ayer, aprovechando la conmoción postraumática de los republicanos, la líder de los demócratas en el Capitolio, Nancy Pelosi, tomó la iniciativa y anunció que a mediados de la semana que viene espera poder votar una nueva recusación del presidente por incitar a una turba furiosa a asaltar de forma violenta la sede del poder legislativo, provocando cinco muertos. «El desquiciado estado mental en el que se halla este presidente no podría ser más peligroso, y debemos hacer todo lo posible para proteger al pueblo estadounidense de su perturbador asalto a nuestro país y a nuestra democracia», dijo la demócrata Pelosi en una carta enviada desde el mismo Capitolio que hacía unas horas estaba siendo saqueado. Además de poner en marcha el juicio político, Pelosi llamó al jefe del Estado Mayor Conjunto, general Mark Milley, para pedirle garantías de que el presidente no tiene acceso a los códigos necesarios para lanzar un ataque nuclear, ya que considera que no está en plena posesión de sus facultades. Expulsión acelerada Previamente, Pelosi y algunos líderes demócratas llamaron por teléfono al vicepresidente, Mike Pence, para pedirle que ponga en marcha el proceso de inhabilitación del presidente por parte del consejo de ministros, algo que permite la enmienda número 25 de la Constitución cuando este «es incapaz de desempeñar los poderes y deberes de su cargo». El vicepresidente Pence les tuvo esperando 25 minutos al teléfono y finalmente no habló con ellos. Varios republicanos han expresado sus dudas sobre la necesidad de expulsar a Trump cuando apenas le quedan 11 días en el cargo. Los republicanos ya bloquearon la destitución de Trump en el juicio político de 2020. Entonces el presidente fue recusado en la Cámara de Representantes por presionar al Gobierno de Ucrania para que le ayudara a desprestigiar a Joe Biden, pero sólo un republicano se sumó a ellos en el Senado, el excandidato a la presidencia Mitt Romney, que en esta ocasión ha vuelto a convertirse en uno de los más duros críticos con Trump y sus acciones. Según dijo Pelosi este viernes, en esta ocasión tiene más apoyos para la recusación que el año pasado. Los demócratas tienen mayoría suficiente en la Cámara de Representantes para aprobar la recusación de Trump. Pero para expulsarle, e impedirle que se vuelva a presentar a unas elecciones, se necesitan dos tercios del Senado, algo harto de lograr para los demócratas, a pesar del profundo enfado que hay dentro de las filas republicanas con Trump tras su papel en el asalto violento al Capitolio. Trump, por su parte, confirmó ayer que no acudirá a la toma de posesión de Biden, a pesar de que el jueves asumió finalmente su victoria en las elecciones presidenciales de noviembre. Sólo después de una alarmante sucesión de dimisiones en su gabinete -incluidas las secretarias (ministras) de Transporte, Elaine Chao, y Educación, Betsy DeVos- el presidente aceptó leer un comunicado llamando a la concordia en un vídeo grabado y emitido en las redes sociales.<blockquote class="twitter-tweet"><p lang="en" dir="ltr">To all of those who have asked, I will not be going to the Inauguration on January 20th.</p>&mdash; Donald J. Trump (@realDonaldTrump) <a href="https://twitter.com/realDonaldTrump/status/1347569870578266115?ref_src=twsrc%5Etfw">January 8, 2021</a></blockquote> <script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script> Varios estrechos colaboradores del presidente le han amenazado con dimitir en horas recientes si no rebaja el tono. Entre ellos se halla, según dijo ayer CNN, Hope Hicks, una de sus personas de mayor confianza. También el procurador de la Casa Blanca, Pat Cipollone. Cuando la portavoz de la presidencia, Kayleigh McEnany, compareció el miércoles por la tarde, lo hizo para denunciar la violencia «en nombre de todo el equipo», como una forma de marcar distancias con respecto a las provocaciones del presidente. Después se marchó de la sala sin tomar preguntas. Pero ayer Trump volvió a la carga: «Los 75.000.000 de grandes patriotas estadounidenses que votaron por mí, por poner América primero y por hacer América grande nuevo tendrán una voz gigantesca en el futuro. ¡No permitiré que se les falte al respeto o se les trate mal!», dijo el presidente en un mensaje en Twitter, una red social de la que expulsado por un día por incitación al odio.<blockquote class="twitter-tweet"><p lang="en" dir="ltr">The 75,000,000 great American Patriots who voted for me, AMERICA FIRST, and MAKE AMERICA GREAT AGAIN, will have a GIANT VOICE long into the future. They will not be disrespected or treated unfairly in any way, shape or form!!!</p>&mdash; Donald J. Trump (@realDonaldTrump) <a href="https://twitter.com/realDonaldTrump/status/1347555316863553542?ref_src=twsrc%5Etfw">January 8, 2021</a></blockquote> <script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script> Varios republicanos están alzando la voz contra su presidente, en una revuelta insólita. El senador Ben Sasse dijo ayer en varios programas de radio que Trump quería que el caos engullera Washington el miércoles, antes de que el Capitolio certificara la victoria de Biden, como una forma de perpetuarse en el poder, algo que así descrito parece un golpe de estado. «Quería que ese caos se viera en las televisiones», dijo ayer Sasse. «El presidente renunció a sus obligaciones, de eso no hay duda», añadió. Los republicanos que siguen junto a Trump, callados estos días, están pagando por sus actos antes del saqueo del Capitolio. El senador Josh Hawley, que se negó a validar la victoria de Biden enarbolando la bandera de un supuesto fraude, ha perdido un lucrativo contrato para escribir un libro con la editorial Simon & Schuster. Los dos diarios de su estado, Misuri, le han acusado de tener sangre en sus manos. Y sus compañeros y varios donantes le han calificado de oportunista e insensato. Pocas veces ha sido sometido un republicano a un escarnio semejante por su propio partido. Tiempo de unión Cierto es que los republicanos en la Cámara de Representantes se oponen a una nueva recusación de Trump, aunque son minoría y su opinión en este caso no tiene efecto alguno. Kevin McCarthy, líder de ese grupo, sí dijo que activar el «impeachment» «sólo servirá para dividir a esta nación aun más». Aun así, por primera vez McCarthy se refirió a Biden como «presidente electo», para ofrecerle cooperación para «rebajar la temperatura y unir al país». Mientras, la fiscalía investiga los hechos del miércoles, y cómo una turba fue capaz de penetrar en el Capitolio y saquearlo. Además de los cuatro asaltantes, ha fallecido un agente de policía, Brian D. Sicknick, que fue golpeado en la cabeza con un extintor. La cúpula policial del Capitolio ha dimitido a petición de los líderes políticos. Hay más de medio centenar de detenidos, y el FBI, la policía judicial, está haciendo más arrestos, ayudada por el hecho de que los asaltantes documentaron y transmitieron su asalto en redes sociales, jactándose de sus acciones. El hombre que entró en el despacho de Pelosi y se sentó ante un escritorio fue detenido ayer. Nuevos detalles de ese asalto emergieron ayer, como que un grupo de asaltantes gritó que quería encontrar al vicepresidente Pence y colgarlo de un árbol frente al Capitolio por considerarle un traidor Nuevos detalles de ese asalto emergieron ayer, como que un grupo de asaltantes gritó que quería encontrar al vicepresidente Pence y colgarlo de un árbol frente al Capitolio por considerarle un traidor. Momentos antes de que la turba penetrara en el edificio rompiendo las ventanas, el vicepresidente había dicho en un comunicado que se negaba a ceder a las presiones de Trump y que validaría la victoria de Biden. Trump le llamó «cobarde» en redes sociales justo en el momento en que la masa enfurecida se infiltraba en los pasillos de la sede del poder legislativo. Según varios colaboradores citados en la prensa de EE.UU., el presidente ha estado preguntando estos días si antes de abandonar la presidencia puede indultarse a sí mismo y a su familia, en el caso de que la fiscalía presente cargos contra él por incitar al odio. La Casa Blanca no ha confirmado este extremo.
08-01-2021 | Fuente: abc.es
Un año en el que las presidenciales complicarán las economías post-Covid
El año que ha empezado no va a ser fácil para Latinoamérica. El retraso en la vacunación de su población puede hacer más lenta la recuperación, de forma que el rebote económico previsto para 2021, tras una caída del PIB regional estimada para 2020 de entre un 8% y un 9%, podría ser más endeble de lo previsto. Aunque el comercio con China se ha recompuesto mayormente en los últimos meses, la reducción de importaciones e inversiones desde Estados Unidos y Europa y la ausencia de turistas se está prolongando. Las elecciones presidenciales que se celebrarán en diversos países a lo largo de 2021 probablemente no ayudarán a enfocar bien la salida. Especialmente significativas en términos económicos serán las presidenciales de Perú (11 de abril) y de Chile (21 de noviembre). En los dos lugares, a raíz de la crisis institucional que viven, puede romperse el consenso sobre las políticas de libre mercado que han venido implementándose por todos los gobiernos en las últimas décadas y que han sustentado el desarrollo de ambos países. Menos cambio de fondo se operaría en Ecuador (7 de febrero) en el caso de que gane el partido del expresidente Rafael Correa, pero la agenda de necesarios ajustes impulsada ya antes de la pandemia por Lenín Moreno puede verse dejada de lado, lastrando al país en los próximos años. En 2021 habrá además elecciones presidenciales en otros tres países latinoamericanos. En Nicaragua (7 de noviembre) la celebración de elecciones con serias limitaciones democráticas consolidará el proceso de dictadura impuesto por Daniel Ortega, alargando las penurias económicas que vive el país desde las revueltas de 2018. En Honduras (28 de noviembre) y en Haití (fecha aún por determinar) el resultado de las presidenciales no afectará propiamente a la evolución de la economía, ya maltrecha por los últimos huracanes, la reducción de las remesas y el tapón migratorio que ha supuesto la Administración Trump. Habrá también elecciones legislativas ?en algún caso, junto con comicios locales? en El Salvador (28 de febrero), Bolivia (7 de marzo), México (6 de junio) y Argentina (24 de octubre). Tendrán menor relevancia en materia económica; no obstante, las citas de medio mandato para los electores mexicanos y argentinos revisten una importante significación política. Perú y Chile Perú y Chile están viviendo un proceso en cierto modo paralelo, con algunos pasos por delante en el caso chileno. En el fondo se trata de la revisión de un modelo económico y de un largo ciclo político que hasta ahora han sido especialmente útiles para ambos países desde las dictaduras de Fujimori y de Pinochet, respectivamente. Las manifestaciones callejeras en Chile en 2019 pusieron en evidencia una cierta incomodidad social con el actual marco, manifestada en el plebiscito de 2020 a favor de una nueva Constitución. Las elecciones generales de 2021 probablemente supondrán la ruptura de la estructura política que ha conocido el país en las últimas décadas, con una alianza electoral entre socialistas y democristianos frente a conservadores. Es posible que una mayor influencia de la izquierda radical lleve a que la nueva Constitución consagre una economía más social, aunque no está claro que eso pueda combatir sustancialmente la desigualdad. En Perú las manifestaciones callejeras se han producido un año más tarde, en 2020, e inicialmente no ligadas a percepciones sociales, sino políticas. Los peruanos han desmontado primero la estructura política (han tenido cuatro presidentes en lo que debía ser un solo mandato), para ir avanzando hacia lo que puede desembocar también en un cambio de la Constitución, que, como en el caso chileno, data de la época de la dictadura. Inestabilidad política y «experimentación» económica no serían, desde luego, la mejor receta para afrontar las exigencias de todo orden que plantea la pandemia de coronavirus y sus consecuencias. Ecuador y Nicaragua Si Rafael Correa cedió la presidencia a Lenín Moreno en 2017 en parte fue porque sabía que, tras la caída de los precios del petróleo y el creciente endeudamiento del país, hacía falta aplicar recortes que generarían conflictividad social. En lugar de forzar seguir en el poder, prefirió designar sucesor, probablemente con la esperanza de volver cuatro años después, una vez superadas las dificultades económicas del país y volviendo a poner a cero el controvertido contador de reelecciones. Pero la operación no le ha salido al expresidente del todo como esperaba: por un lado, Moreno rompió pronto con su padrino y propició que un referéndum aprobara la limitación de mandatos, cerrando el paso a una nueva candidatura presidencial de Correa; por otro, los recortes aplicados por su sucesor no han sido suficientes para enderezar la economía, pues el coronavirus ha agravado la situación. Reclamado por la justicia, Correa no ha podido optar al menos al cargo de vicepresidente, como sí hizo Cristina Fernández de Kirchner en Argentina. Para las elecciones del 7 de febrero (con segunda vuelta el 11 abril, en caso necesario) ha promovido la candidatura de Andrés Arauz. Algunas encuestas dan ganador a Arauz y otras en cambio apuntan a un triunfo del conservador Guillermo Lasso. Cualquiera de los dos deberá asumir los compromisos adquiridos por Moreno con el FMI para poner de nuevo de pie financieramente al país; es posible que Arauz asumiera ese papel, pero una presión de Correa para evitar medidas impopulares podría complicar seriamente la recuperación de Ecuador. Por lo que se refiere a Nicaragua, la profundización de la vía dictatorial emprendida por Daniel Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosa Murillo, no hará sino torpedear la salida de la crisis económica. A raíz de la represión de 2018, cuando el régimen asesinó a más de 300 manifestantes, el PIB del país cayó ese año un 4% y en 2019 lo hizo un 3,9%. La llegada de la pandemia habrá supuesto el descenso de otro 5,5% en 2020. Nicaragua es el país, después de Venezuela, con peor evolución económica de Latinoamérica en los últimos años y el único para el que en 2021 se prevén números negativos, con un descenso de 0,5% del PIB.
08-01-2021 | Fuente: abc.es
El hundimiento
Después de cuatro años de ignorar sistemáticamente la preocupante espiral protagonizada por el trumpismo de abuso de poder, corrupción política, comportamiento destructivo y degradación democrática, el Partido Republicano ya no puede seguir ignorando la amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos que representa su presidente. Tras el asalto al Capitolio, se está imponiendo en Washington el temor a que un Donald Trump ?descrito como «mentalmente aislado» incluso de más estrechos ayudantes? pueda seguir causando daños irreparables durante los doce días que le restan de mandato con todos sus poderes presidenciales intactos. Llama la atención cómo el mundo empresarial americano ha tomado la delantera a la hora de reconocer este riesgo inaceptable y obrar en consecuencia. La patronal ha dejado saber.. Ver Más
08-01-2021 | Fuente: abc.es
El día que los necios se conjuraron en el Capitolio
La vista desde el cabo de la avenida Pensilvania era digna del final de los tiempos, de aquella película de ciencia ficción en que Michael York se fugaba de no sé qué prisión futurista y acababa en un Washington en ruinas. Al llegar al Capitolio, se lo encontraba derruido y habitado solo por gatos y un viejo harapiento que hablaba de un apocalipsis que ya pasó. Esa hecatombe bien podría haber llegado el miércoles al anochecer, cuando una turba escalaba los andamios ante la imponente cúpula de mármol, cubierta de un grueso humo, con pequeños incendios por todos lados. Los gritos se fundían con las sirenas de policía. La gente, desorientada, caminaba en plena calzada, algunos corriendo con el gesto malicioso de un niño que acaba de romper el jarrón con la pelota y ha escondido los añicos bajo la alfombra. Dos banderas gigantescas colgaban de los balcones de la escalinata principal del edificio, pero no eran banderas americanas, eran banderas en las que se leía «TRUMP». Cuatro personas habían muerto ya en este asalto del miércoles, según diría después la policía. Justo en ese mismo punto, hace cuatro años, el mismo presidente Trump juró el cargo y prometió poner fin a la «masacre americana». La fauna que había logrado doblegar a la policía, forzando la evacuación del vicepresidente, 100 senadores y 435 diputados, era realmente variada. Tipos vestidos de camuflaje como si estuvieran a punto de apresar a Bin Laden en Pakistán andaban junto a familias con niños, todos con la gorra roja que ha hecho famosa Trump. Cristales rotos De esos miles de manifestantes, solo un exclusivo grupo, libre ya de cualquier inhibición, se marcó el objetivo de penetrar en el Capitolio, y lo logró rompiendo ventanas, saltando por ellas y paseándose por los solemnes pasillos y las sobrias salas como si fuera aquello la llegada del maidán a la mansión del presidente ucraniano en 2014. La élite de esta confederación de necios logró asaltar la cámara del Senado, gritando «viva Trump», algunos con arma a la cintura y uno con un manojo de esposas de plástico, como si se dispusiera a tomar rehenes. El primero en llegar, que se descolgó desde las gradas de la prensa, que están en un piso superior, se sentó inmediatamente en la silla del vicepresidente y posó para un selfie tras gritar «Trump ha ganado». Puede decirse que dentro del Capitolio llegó la crème de la crème de un movimiento radicalizado por el populismo y firmemente convencido de la utilidad de los escraches, los rodeos al congreso y el asalto popular a las instituciones. Todos con sus banderas ?americanas, confederadas, trumpistas? se infiltraron en las salas con sus chalecos antibalas, sus cascos, sus botas de combate. Forzaban puertas de despachos, abrían armarios, movían muebles, se llevaban documentos. Un tipo que entró en el despacho de la líder demócrata Nancy Pelosi se sentó en un escritorio y puso los pies sobre la mesa. Otro se paseó con un suéter antisemita en el que se leía «Campamento Auschwitz», además de otra parafernalia neonazi. Un tercero le puso una gorra y una bandera de Trump a una estatua del presidente Gerald Ford. Los murales de Colón se salvaron, aunque varios muebles fueron destrozados. En suma, por extravagante y grotesco que este grupo fuera, el terror que infundió la horda en la sede del poder legislativo y la capital de la primera potencia mundial fue mayúsculo. Fue la demostración de que sin las necesarias medidas de seguridad hasta el pelotón más ridículo puede sembrar el caos. Lo malo para ellos es que ahora el FBI les busca, y fueron tan incautos como para retransmitir en redes sociales absolutamente todo con sus teléfonos. Si no rinden cuentas será por una incompetencia asombrosa, u otro motivo digno de una teoría de la conspiración.
07-01-2021 | Fuente: abc.es
El avance del populismo agrieta la convivencia en EE.UU.
Tras uno de los días más deshonrosos en la historia de la democracia estadounidense, demócratas y republicanos se unieron en repulsa del presidente Donald Trump, que retuvo a su lado al final solo a un último reducto de fieles motivados estos por claros cálculos electoralistas. Con una mayoría lo suficientemente clara y contundente, las dos cámaras del Capitolio, que horas antes había sido tomado por una turba violenta, validó la victoria de Joe Biden y Kamala Harris en las elecciones presidenciales del 3 de noviembre. Eran las 03.45 de la madrugada del jueves, y a partir de aquel momento, ya nada podrá impedir el relevo de poderes. El presidente, recluido en la Casa Blanca, no tenía forma de comunicarse con el mundo, porque las principales redes sociales le habían vetado por incitar al odio, al instar a la multitud a que rodeara el Capitolio para impedir que Biden se proclamara ganador. Así que, minutos después, a las 03.49, a través de un portavoz, su coordinador de redes sociales Dan Scavino, el presidente prometió un traspaso pacífico y ordenador de poderes, sin admitir la derrota. «Aunque estoy en desacuerdo con el resultado de estas elecciones, y no acepto los hechos, habrá un traspaso de poderes ordenados el día 20 de enero», dijo el presidente. Ya era tarde, de todos modos. Su partido estaba indignado con lo que llegaba de la Casa Blanca. El presidente acaba de invitar a decenas de miles de partidarios, a los que él había llamado personalmente a Washington, a rodear la sede del poder legislativo. Cuando la turba rompió cristales y lo asaltó a la fuerza, se resistió a autorizar el envío de los reservistas de la Guardia Nacional. Y al pronunciarse después sobre ese asalto violento, lo hizo para decir, sobre todo, que entendía la rabia que había propiciado semejante ataque. Desde entonces, demócratas y republicanos comenzaron a debatir opciones de echar a Trump del poder aunque solo le quedaran dos semanas de presidencia, por los estragos que pueda seguir causando desde la Casa Blanca. Nuevo «impeachment» Dos son las principales opciones: un juicio político o «impeachment» por la vía rápida, que además le impediría presentarse a unas nuevas elecciones, o que una mayoría del consejo de ministros lo declare incapaz y lo inhabilite. En ambos casos, le sucedería el vicepresidente, Mike Pence, hasta que le correspondiera a Biden asumir la presidencia. Fue precisamente Pence quien se negó el miércoles a ceder ante las presiones de Trump y aceptó, en calidad de su otro cargo honorario de presidente del Senado, los resultados de las elecciones. La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, y el líder demócrata en el Senado, Charles E. Schumer, le pidieron este jueves directamente a Pence que invoque la enmienda número 25 de la Constitución, la que le permite a los ministros destituir a Trump por incapacidad. «Al incitar a la sedición como lo hizo ayer, debe ser destituido de su cargo. Si bien solo quedan 13 días, cualquier día podría ser un espectáculo terrorífico para EE.UU.», dijo Pelosi en una conferencia de prensa en el Capitolio. Además la líder demócrata pidió la dimisión de la cúpula policial del Capitolio por los fallos de seguridad que propiciaron el asalto del miércoles. Por si caso los republicanos arrastran los pies, algunos demócratas ya han comenzado a redactar los artículos del «impeachment», los que permitirían iniciar un juicio político como el que ya pasó Trump hace un año, saliendo indemne por decisión de los republicanos. Una de ellas es Ilhan Omar, la diputada de Minnesota que dijo el miércoles de madrugada: «No podemos permitir que permanezca en el cargo, es una cuestión de preservar nuestra República y tenemos que cumplir con nuestros juramentos». Paralelamente a estos debates, se sucedieron desde la noche del miércoles varias dimisiones en el Gobierno, más de segundo nivel que otra cosa. Primero la jefa de gabinete de Melania Trump, Stephanie Grisham; después el enviado especial para Irlanda del Norte, Mil Mulvaney, y la secretaria de Transporte, Elaine Chao, entre otros. Los principales exministros de la Administración Trump salieron además a criticar duramente al que fue su jefe. El exfiscal general William Barr le acusó de «traicionar el cargo y a sus partidarios». James Mattis, que fue su ministro de Defensa, le acusó de «tratar de subyugar la democracia estadounidense mediante actitudes mafiosas». Al amanecer de este jueves, a Trump le quedaba alrededor solo su guardia pretoriana, su familia más cercana, su abogado personal Rudy Giuliani, y poco más. En los medios norteamericanos, varios colaboradores desencantados lamentaban de forma anónima que se ha convertido en «un monstruo», alguien «desconectado de la realidad», «incapaz de razonar», «totalmente amargado por su derrota». Eran las últimas filtraciones anónimas de una Casa Blanca que ha vivido completamente sumida en ellas, para desazón del propio Trump. La ira del presidente El presidente, mientras, dirigía sus últimos estertores de ira contra su vicepresidente, después de que este se negara a ceder a sus presiones y certificara la victoria de Biden, anunciándolo además en una carta publicada en redes sociales. «Es mi decisión, meditada, que mi juramento de apoyar y defender la Constitución me impide reclamar una autoridad unilateral para determinar qué votos electorales deben contarse y cuáles no», dijo Pence. Horas después, como represalia, Trump le impedía la entrada al recinto al jefe de gabinete de la vicepresidenta, Mike Short, víctima colateral de una guerra civil en el gobierno que se precipitaba mientras la turba asaltaba el Capitolio de forma violenta. El ya ganador oficial de las elecciones, aclamado en la madrugada del jueves, acusó a Trump de haber desatado toda una insurrección con sus actos. «Provocó un asalto total contra las instituciones de nuestra democracia desde el principio, y ayer fue la culminación de ese ataque implacable», dijo en un discurso desde Delaware. Tras el ataque del miércoles, la toma de posesión, que ya va a ser excepcional por las medidas sanitarias de la pandemia, va a contar un dispositivo de seguridad antológico, por si la masa enfurecida del miércoles vuelve a descender sobre la capital. Biden además cuenta desde el miércoles con una mayoría demócrata en ambas cámaras del Capitolio, pues su partido ganó la segunda vuelta en los dos escaños de Georgia al Senado. Ahora el presidente electo tiene un mayor margen de maniobra para nombrar a su gabinete y para aprobar sus primeros proyectos. Este jueves, tras el violento asalto al Capitolio, presentó en un acto público a su nuevo fiscal general. Se trata del juez Merrick Garland, que fue el último candidato de Barack Obama a la corte Suprema, boicoteado por los republicanos cuando todavía tenían la mayoría en el Senado que acaban de perder. Trump, por su parte, se mantuvo este jueves alejado de los focos. Tuvo una ceremonia en la Casa Blanca para conceder unas medallas honoríficas, pero fue a puerta cerrada, sin cámaras y sin declaraciones. Tampoco pudo comunicarse con sus seguidores en Twitter al tener restringido el acceso por incitar a las manifestaciones.