Infortelecom


«O tiramos Gobiernos o ponemos Gobiernos que no puedan gobernar»

11-03-2018 - Fuente: abc.es
«O tiramos Gobiernos o ponemos Gobiernos que no puedan gobernar»
El basurero de la historia estaba hasta ahora completo: allí fueron a parar el nazismo, el estalinismo, los nacionalismos y las guerras mundiales. Sin embargo, la crisis económica ha sacado del contenedor a nacionalismos y populismos, que pululan por Europa como Pedro por su casa. El auge de estos movimientos ha troceado el voto en los países europeos, como recientemente en Italia, hasta convertir sus Parlamentos en quesos cortados en miniporciones. Donde en España el queso se lo repartían dos partidos hoy hay cuatro a la mesa; en Austria se ha pasado de tres a cinco comensales; en Irlanda de tres a seis; en Francia, los cuatro tradicionales han de repartirlo con cinco y así sucesivamente. Hasta la crisis, la democracia era entendida como un modo de legitimar Gobiernos a través de la ciudadanía; ahora la democracia se entiende como «un ejercicio de bloquear al que gobierna, el ciudadano cree que el que le manda es su enemigo y por eso el ideal de toda barra de bar es bloquear la acción del político, ponerle coto. O tiramos Gobiernos o ponemos Gobiernos que no puedan gobernar», mantiene José Luis Barreiro, doctor en Ciencias Políticas y Sociología. Esa fragmentación del voto europeo se debe, a juicio del economista e historiador Gabriel Tortella, al «anquilosamiento de los partidos tradicionales que no logran adaptarse a los cambios sociales». Es decir, cuando la gente ve en peligro su nivel de vida «busca soluciones radicales y simplistas». O dicho en otras palabras: la sociedad evoluciona, y las viejas ideologías que atraían a trabajadores y burgueses se van quedando anticuadas ante una sociedad más fluida, donde las distinciones de clase se diluyen y resurgen grupos de interés: pensionistas, mujeres, desempleados, micronacionalistas..». Como si volviéramos a los gremios de la Inglaterra de Ken Follet en «Los pilares de la tierra». Por eso, nuevos gobernantes como el presidente francés, Emmanuel Macron, han hecho suyas banderas «de gremio», como la del feminismo, que, a la vista de lo ocurrido el jueves pasado, reporta muchos más beneficios electorales que defender este o aquel sesgo ideológico. Por eso el paradigma del inmovilismo, Mariano Rajoy, tumbó como un resorte las reticencias contra la movilización femenina de algunas de sus compañeras de partido para colocarse desde primera hora el lazo morado en defensa de la igualdad. Macron, Rajoy y el feminismo Macron y Rajoy, no en vano dos de los gobernantes europeos con mayor estabilidad, saben que ese es el camino para resistir. Para Tortella, si los partidos tradicionales no quieren morir «deben mostrar flexibilidad» y dependerá mucho su supervivencia «de su capacidad para resolver los problemas que se van presentando». El de las mujeres es uno de los más importantes. Cristina, Santamarina, doctora en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense, dirige su mirada a las instituciones: «Hay una radicalización de la tendencia de voto que da cuenta de la falta de consenso de las opciones más centrales, de la debilidad de predicamento y de la autoridad de las instituciones». Esto es, la sociedad desconfía de las instituciones primero por causas tan graves como la corrupción pero también porque, según Santamarina, las instituciones «no han sido capaces de comunicar la importancia de su existencia a la ciudadanía». De ahí que el Movimiento Cinco Estrellas italiano junto a La Liga Norte hayan mordido la mitad del queso. Y por eso ese país se ha estrenado como el primero de la UE en que el voto de protesta, el voto contra el establishment político, se alza con la mayoría absoluta. O de ahí también que la mismísima Alemania, a pesar de que ha logrado frenar a los partidos eurófobos y antisistema, haya estado inopinadamente cinco meses sin Gobierno. Por no hablar de España, cuya parálisis durante casi un año pasará a los libros de texto. La consecuencia de ello es, en palabras de Barreiro, que «mientras antes la pluralidad era tener varias opciones para gobernar, como ha ocurrido desde la transición en España, ahora la pluralidad es que haya muchos partidos pero para no gobernar». El catedrático de Sociología de la UNED, Juan Jesús González, apunta a la gravísima crisis de la socialdemocracia y a la ruptura del pacto social en Europa como hilo conductor de la división del voto. Ese pacto de posguerra que establecía que amplios sectores tendrían una sólida cobertura social, se ha roto. «Las políticas de austeridad ?sostiene González?, que tienen más repercusión en la periferia de Europa que en el centro, han fragmentado social y políticamente al continente». Por ello, no es tanto la crisis económica reciente como la manera en que se afronta ese problema el causante del troceamiento. Los ejes políticos también han variado: en España donde había bipartidismo fundamentado en la rivalidad entre izquierda y derecha, desde 2015 se reformula entre vieja y nueva política. Por eso los 11 millones de votos de Zapatero se dividen casi por la mitad en 2015 con la entrada de Podemos y, por eso también, Ciudadanos emerge para sustraerle votos a Rajoy, como referente de las nuevas clases medias convirtiendo al PP «en el partido de los mayores», con menos empuje que las clases urbanas. Adiós a la socialdemocracia Es el mismo fenómeno que ya había experimentado el PSOE. Y en Europa partidos socialdemócratas como el PS francés, el Pasok griego o hace unos días el PD italiano del efímero Matteo Renzi. Barreiro también señala al ocaso de la socialdemocracia. «Esto no pasó durante treinta años y ahora pasa porque la socialdemocracia europea es incapaz de colaborar en la estabilidad». El caso español es de libro, según el politólogo gallego. «Mientras Pedro Sánchez, que atiende a intereses electorales cortoplacistas, da manotazos de ciego sobre el sistema para arañar votos, otros socialistas, fuera ya de la visión de la inmediatez, como Felipe González o Alfonso Guerra, tienen clarísimo que hay que hacer justo lo contrario». Lo más preocupante de estos procesos de descomposición política es la estela de debilidad sistémica que dejan. Barreiro sostiene que «con Gobiernos tan difíciles e inestables, los sistemas no funcionan. Eran como una maquinaria de reloj suizo, pero cuando se toca el Código Penal, las Autonomías, la ley electoral? pues el sistema se bloquea». Cataluña es un ejemplo. A falta de capacidad de pactar entre los partidos antes de que estallara la crisis, ahora el problema es casi irresoluble. Así lo describe: «Cuando al Gobierno se le tildaba de fábrica de nacionalistas el problema se podía haber arreglado con un acuerdo entre partidos en una mañana. Ahora ya no se arregla ni con 200 acuerdos en 200 mañanas». Ni siquiera la UE es ya la solución. Primero porque, como apunta la profesora Santamarina, «un caso como el italiano debilita aún más la importancia del proyecto europeo y por ello los Estados nacionales y las instituciones supraeuropeas deben volver a convocar pactos de confianza con los ciudadanos, más allá incluso de los partidos políticos tradicionales». Más Europa, sí, pero «con un nuevo pacto social», reclama Juan Jesús González.