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«Merkel ha convertido a la CDU en un partido centrista»

11-10-2018 - Fuente: abc.es
«Merkel ha convertido a la CDU en un partido centrista»
Diez años después de la caída de Lehman Brothers, el historiador británico Adam Tooze (Londres, 1967) publica «Crash. Cómo una década de crisis económica ha cambiado el mundo» (Crítica, 2018), donde trata de explicar las causas y el origen de la crisis económica que estalló en 2008. Consciente del reto que supone estudiar un periodo histórico reciente, cuyas consecuencias todavía están en marcha y cuyo desenlace parece no haber llegado, Tooze concede una entrevista en ABC para explicar cómo Estados Unidos y la Unión Europea afrontaron el desafío al que se vieron abocados de manera muy distinta. Ha escrito un libro sobre la crisis económica que comenzó en 2008. Me imagino que como historiador es un reto estudiar un periodo tan reciente, cuyas consecuencias todavía no están claras. ¿Sabe lo que respondió un político chino cuando le preguntaron sobre la importancia de la Revolución Francesa? Que era demasiado pronto para conocerla. Fue un líder de la generación posterior a Mao. Hablando en serio, existe una diferencia de grado pero no de calidad en un estudio de este tipo, porque antes he trabajado sobre la Primera Guerra Mundial, Versalles y la Alemania nazi, pero incluso cuando trataba esos temas históricos más clásicos era muy consciente de que enmarcaba mi interpretación en mi condición contemporánea. Si se escribe la historia del poder estadounidense y sus consecuencias para el mundo, que es el tema de mis últimos tres libros, constantemente cambia la perspectiva con la que juzgamos. Para mí, una de las cosas más fascinantes de trabajar en este tema es que mi ocupación consiste en comprobar cómo ha cambiado la Historia. Coges los periódicos, y tienes que contestar a esa pregunta. Creo que todos los historiadores quieren escribir un libro como «Crash», porque es una prueba mental. Ahora que la prensa y su credibilidad están siendo tan cuestionadas, ¿cómo ha trabajado con las fuentes que provienen de medios de comunicación, de periódicos, imprecindibles en una obra de este tipo? Creo que el escepticismo que hay en el momento actual es un gesto para quitar a la prensa su naturaleza legítima, y hay que resistirse. No creo que la mayoría de las noticias sean inventadas o falsas ni que los periodistas se inventen cosas, aunque algunos sí lo hagan, desde luego. Lo que sí existen son las diferencias políticas, y la forma de abordar ese problema es familiar y clásica: hay que intentar ser lo más conscientes de nuestros propios sesgos, y a partir de ahí construir nuestra narrativa. Este libro es político. Yo soy un liberal de izquierdas y no espero que los conservadores estén de acuerdo con él, o que aprecien sus interpretaciones. Pero uso una base de fuentes abierta, y si existen diferencias podemos debatir, discutir y decidir si estamos de acuerdo en algo o no. Lo que no puedo hacer es poner mi sesgo político de lado antes de escribir, y de hecho no creo que eso pueda hacerse. El libro explica cómo Estados Unidos y la Unión Europea gesionaron de forma diferente la crisis económica. Las diferencias, en principio, no son tan evidentes, pero los caminos luego se bifurcan. La crisis, al principio, se ve impulsada por los mismos problemas: en 2007, en 2008, hay una deflación de las burbujas inmobiliarias a ambos lados del Atlántico, y se desvela una interconexión peligrosa entre los bancos de las dos orillas. Hacia 2009, se puede decir en términos generales que las economías de Estados Unidos y la Unión Europea sufrieron una bajada y una subida igual, pero a partir de 2010 se observan las diferencias. Lo que ocurre en Europa es que los problemas fiscales de Grecia se convierten en una batalla respecto a la constitución fiscal de la zona euro. Lo que hicieron los estadounidenses, y no los europeos, fue conectar a todos sus bancos, tanto a los fuertes como a los débiles, y recapitalizarlos con dinero del Gobierno. Los bancos odian el dinero de esa procedencia. Los que tomaron esa decisión fueron estadounidenses conservadores, centristas y tecnócratas. La idea era que si se forzaba la inyección de dinero, los bancos se iban a apresurar a quitárselo de encima para recibir, lo antes posible, capital privado. Resultó ser un sistema muy eficaz para reestructurar el sistema bancario. Lo que ocurrió en Europa es que no emergió ningún modelo de este tipo. Además, en relación con los gobiernos nacionales, los bancos europeos son mucho más grandes que los de Estados Unidos, así que ni siquiera Alemania pudo obligar al Deutsche Bank a aceptar dinero del Gobierno. Las diferencias entre los conservadores europeos y los estadounidenses, que propusieron soluciones distintas frente a la crisis, ¿son ideológicas o responden a algún tipo de experiencia histórica? Es una pregunta muy interesante. La Historia importa en el caso de la Unión Europea, porque la forma en que Bruselas aborda la crisis se debe, de manera importante, al fracaso del proyecto de Constitución Europea en 2005. Con lo estipulado en el Tratado de Lisboa, que la sustituye, la solución no va a ser federal, como en Estados Unidos. No creo que sea una cuestión de la izquierda o de la derecha. Si la Constitución hubiera salido adelante, los demócratas cristianos de Alemania podrían haber propuesto algo, pero lo que dijeron en 2009 es que no podían actuar a nivel europeo sin ningún tipo de legitimidad institucional. Los conservadores centristas estadounidenses, que tienen mucho en común con los liberales centristas, pensaron la crisis como una situación de emergencia. Eran economistas de mercado que sabían, por la Historia, que, cuando golpea una crisis, para salvar al capitalismo el Gobierno tiene que actuar. Además, hay que tener en cuenta que Estados Unidos está en guerra; desde el 11-S, cuando los estadounidenses piensan en imágenes positivas de acción gubernamental, piensan en términos militares. Así que la crisis económica la ven como una de seguridad nacional, y por eso a los conservadores no les importa apoyar al Estado. Entonces, según señala, la Unión Europea gestionó peor la crisis por su falta de integración, y eso, precisamente, parece haber conducido a un aumento del nacionalismo en los estados. Una explicación sencilla, un poco cruda, pero creo que válida, es decir que los argumentos sobre el reparto del pastel, si el pastel no aumenta de tamaño, se vuelven más violentos. El problema es que para hacer que el pastel vuelva a crecer, necesitamos un juego de suma positiva. Grecia, curiosamente, fue uno de los pocos países de la Unión Europea donde la reacción política a la crisis aupó a un partido político populista de izquierdas. ¿Por qué? Cuando hay un terremoto, el efecto que tiene depende de tu distancia del epicentro, de la arquitectura, de lo bien que estén mantenidos los edificios, y de si hay una planta nuclear justo al lado. El choque, por tanto, puede tener consecuencias políticas distintas en función de las estructuras políticas, de cómo reaccionan las personas, y de si hay una olla a presión justo al lado a punto de estallar. En Grecia, la izquierda tiene una historia muy potente vinculada al nacionalismo, y Syriza, aunque es un partido progresista de izquierdas, sin duda es nacionalista. Lo primero que hizo Tsipras cuando fue elegido fue ir al monumento de la Gran Resistencia, porque, en la tradición de su partido, esa es la Grecia que representa. Merkel ha distorsionado por completo el sistema alemán, convirtiendo la CDU en un partido centrista. Esa decisión dejó un vacío en la derecha, donde surge Alternativa para Alemania, que es un producto de la crisis de la zona euro reforzado por la crisis de los inmigrantes de Siria. Todo el mundo tuvo que reaccionar al choque de alguna forma. Usted ha estudiado otros periodos de crisis en el siglo XX. No sé si se siente tentado a establecer paralelismos entre ellos y el actual, o si le parece desacertado. He tenido que escribir este libro para explicar que la crisis económica estadounidense fue una crisis europea, y que la Reserva Federal rescató a todos los bancos europeos. Que yo sepa, este relato no se ha publicado en francés, alemán o español, y tampoco en inglés. Todo el mundo habla del Plan Marshall, pero no de esto. Sin embargo, creo que su pregunta se refiere al populismo. Soy bastante escéptico cuando se intentan establecer paralelismos muy fuertes. La política extremista en los años 20, 30, fue una política de autosacrificio, con gente uniformada que celebraba la muerte o la muerte heroica. Amanecer Dorado, en Grecia, es lo más similar. Pero eso es ahora es minoritario, y, en realidad, siempre lo fue; la diferencia es que, en la matriz cultural de la primera mitad del siglo, era posible trasladar algo que estaba en los márgenes hacia la normalidad, porque, por ejemplo, ser un hombre durante ese tiempo significaba imaginarse a sí mismo como un soldado, de derechas o de izquierdas. Por suerte, creo que esto ha desaparecido de nuestro sistema político. El racismo sigue siendo perjudicial y existe mucha violencia, pero no tiene ese imaginario épico para insertarse en el discurso. Ha explicado que Estados Unidos gestionó de forma acertada la crisis económica. ¿Cómo se explica, entonces, la victoria de Trump? Bannon decía que todo había cambiado a partir de 2008. Es una de las grandes ironías. El precio que pagaron los centristas, de izquierdas y derechas, por gestionar la crisis, fue la pérdida de legitimidad. Ahí está la aparición del Tea Party o Sanders. Es dramático. Ahora, entre los jóvenes de Estados Unidos, es totalmente normal decir que se es socialista, algo impensable hace veinte años. Trump no ganó las elecciones por una mayoría de votos; ganó en tres o cuatro estados clave. Además, el discurso del Partido Republicano, desde los años 70, para las bases electorales, ha abierto la puerta a Trump. Es un discurso vinculado con la raza, con la xenofobia. En su libro, indica que los votantes de Trump tienen ingresos superiores a los del estadounidense promedio. No parece que hubiera, por tanto, motivación económica, malestar económico, para apoyarle. ¿Fue, entonces, cultural? Porque también señala que muchos varones blancos, sin formación universitaria, pasaron a votar republicano en las presidenciales de 2016. En Estados Unidos, los negros y los latinos suelen votar demócrata, y el sueldo promedio del votante demócrata siempre va a ser un poco más bajo. En la clase obrera que ha votado a Trump existe un estrés, una ansiedad, que no se debe a la globalizacón en general, o a la desigualdad, sino a cuestiones vinculadas al tema de la raza. Hoy en día, cuando se habla de proteccionismo, la imagen del obrero que hay que proteger es siempre la de un tipo blanco, aunque un número importante de obreros en la construcción o en las fábricas son mujeres, negros y latinos. Trump es la política de la fantasía. Su política comercial favorece al acero y al aluminio. Existen mil veces más obreros que usan el acero y el aluminio que los que lo hacen. Si te interesa la clase obrera de los Estados Unidos, no hay que poner impuestos a su materia prima, sino a su competencia, a los productos finales, a los coches. Por último, en «Crash» señala que una de las causas de la derrota de los demócratas en 2016 fue tratar con condescendencia a Trump. ¿Qué críticas debe hacerse el Partido Demócrata si quiere volver de nuevo a la Casa Blanca? Desconozco la respuesta (se ríe). Si los demócratas buscaban un candidato que desilusionara a la gente a la que le había gustado Obama, Clinton era la persona apropiada. Era más impopular que él en 2008.