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La capital del mundo cierra el telón

21-03-2020 - Fuente: abc.es
La capital del mundo cierra el telón
La voz de Nueva York sale apagada, como si llevara puesta mascarilla. No suenan el estruendo de los tubos de escape, el suspiro hidráulico de los autobuses, el griterío de los «dive bars» del East Village, el murmullo de tacones de la hora punta en Grand Central o Penn Station. Es como si la esencia de la ciudad se hubiera congelado. La Nueva York hiperactiva, compulsiva, que se lanza cada tarde a explorar bares, teatros, cocinas, «performances», se ha esfumado. Ha quedado en un suburbio somnoliento con edificios altos. Todavía se apagará más a partir de hoy. Esta noche entra en vigor la orden de confinamiento del gobernador del estado, Andrew Cuomo, que ordena a todos los habitantes de la principal ciudad de EE.UU. y al resto del estado al que da nombre a permanecer en casa. La ciudad cierra el telón para tratar de frenar la expansión de la epidemia del coronavirus, una batalla que será cruenta. Nueva York es otra vez la Zona Cero. Ahora la explosión es lenta, pero imparable. Los casos de coronavirus se han disparado en esta última semana. Los positivos confirmados se han multiplicado en más de diez veces desde el lunes. Al cierre de esta edición, el estado de Nueva York había superado los diez mil casos, cerca de la mitad de todos los registrados en EE.UU., que cuenta con contagios en sus 50 estados. De ellos, 6.211 casos se registraban en la ciudad de Nueva York. Estos números son solo la cresta de una ola gigantesca, que está a punto de descargar su fuerza contra la ciudad. Es evidente que son muchos más y que, cuando el lector lea estas cifras, ya estarán anticuadas, con un crecimiento exponencial. Lo que es innegable es que Nueva York -que supone ahora mismo más de un tercio de todos los casos registrados en EE.UU.- es el «epicentro de la crisis». La definición es del alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, que lleva días defendiendo la imposición de medidas estrictas de confinamiento y el despliegue inmediato del ejército. «Es una de las mayores crisis en este país en las últimas generaciones», advirtió este viernes. Como en cualquier otro lugar afectado por la epidemia, la gran preocupación es el sistema hospitalario, que ya da señales de sofoco. Al final de esta semana, los hospitales de todo el estado han empezado a advertir de que no habrá camas, que se quedan sin respiradores para los casos más graves, que faltan mascarillas y protección para los trabajadores sanitarios. Las autoridades tratan de reaccionar: el presidente de EE.UU., Donald Trump, ha enviado un buque-hospital con mil camas; se han cancelado cirugías no urgentes y se han dado altas a casos poco graves para liberar espacio; se forma a médicos de otras especialidades para operar respiradores y tratar a pacientes de coronavirus; dos mil médicos jubilados se han prestado como voluntarios para trabajar; el Cuomo anunció ayer que se instalaría un hospital de campaña en el Javits Center, el mayor centro de convenciones de EE.UU., y otros centros en más localizaciones. Otra dimensión Pero todo parece un parche ante el tsunami de contagios y hospitalizaciones que promete el coronavirus. La situación trágica de Italia y España apunta a repetirse en Nueva York, con el agravante de que es una ciudad muy grande -la mayor de EE.UU. con 9 millones de habitantes y otros 23 millones en su área metropolitana-, de gran densidad urbana, muy articulada con un amplio sistema de transporte público y con un sistema sanitario disfuncional, un mosaico inconexo de hospitales y seguros médicos. Hace una semana, la gente llenaba las terrazas de los restaurantes en un día de primavera adelantado y se seguían juntando en los bares, a pesar de que las televisiones no echaban ningún partido, con todas las ligas profesionales ya suspendidas. El virus, que se contagia también sin síntomas, ha podido circular con velocidad conectada y abigarrada. El temor es que Nueva York -y EE.UU. en general, comandado por un Donald Trump que ha tardado en entender la gravedad del asunto- no haya aprendido de Italia y España y haya reaccionado tarde. Para muchos, las medidas también son insuficientes. El confinamiento ordenado por Cuomo este jueves y que arranca esta noche es una versión «light» de lo que se vive en España. En principio, solo se puede salir de casa a trabajar en servicios esenciales, comprar comida o medicinas o recibir tratamiento médico. Pero, al mismo tiempo, se permite que la gente dé paseos o salga a correr, siempre que mantenga el distanciamiento físico de dos metros. Tampoco se multará a la gente que no cumpla con las normas. Calma tensa «Deberían cerrar los parques, ayer estaban llenos de gente, jugando a baloncesto y a fútbol», asegura Shantal de los Santos, neoyorquina de Queens. Ayer era el viernes, con un día de nuevo primaveral y mucha gente se echó a la calle, como si nada pasara. La contradicción habitual de Nueva York se reflejaba en la reacción a la epidemia: algunos se parapetaban en sus casas, siguiendo las recomendaciones de las autoridades; pero Central Park estaba lleno de grupos de personas disfrutando el buen tiempo y en las escaleras externas de las casas de Brooklyn había música, jolgorio y olor a barbacoa, como cualquier noche de primavera. La ciudad vive en una mezcla de estupefacción, ansiedad, indiferencia y temor, con la calma tensa que antecede a la tormenta. En la calle, el colapso sanitario, que las autoridades dan por hecho, todavía no preocupa tanto como el impacto económico. Miles de neoyorquinos se han quedado sin trabajo y con la incertidumbre de cuánto durará esta situación. Es el caso de Marcos de la Fuente, un español que vive aquí desde hace dos años y que organiza el Festival Kerouac y otras citas culturales alrededor de la poesía. Toda su actividad se ha parado, igual que la de su mujer, Vanesa Álvarez, una artista que da clases de muralismo en un colegio público del Bronx. Como muchos otros, se han quedado sin ingresos de la noche a la mañana. Ella está embarazada. Su casera les exige el pago adelantado de cinco meses de alquiler para renovar su contrato de subarrendamiento. El gobernador ha anunciado una moratoria de 90 días para los desahucios, pero eso no acaba con la ansiedad que sienten muchos vecinos sobre su futuro. «La verdad es que me preocupa más lo económico que la salud», dice De la Fuente. «Es una situación muy complicada». El drama es que nadie sabe cuándo acabará.
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