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El sombrío legado de la revolución comunista sigue vivo en Rusia

28-10-2017 - Fuente: abc.es
El sombrío legado de la revolución comunista sigue vivo en Rusia
Pese a que el consumismo y la ostentación llevan lustros instalados en el tejido social de Rusia, se da la paradoja de que el gran país eslavo no ha logrado todavía sacudirse la impronta del comunismo. Moscú, cada vez más esplendorosa en su acicalamiento a medida que se acerca la celebración del Mundial de Fútbol 2018, igual que San Petersburgo, el resto de las sedes del campeonato y muchas otras ciudades rusas, convive con elementos imborrables del pasado soviético. En mitad de la Plaza Roja, «corazón de Rusia» y lugar más emblemático de su rutilante capital, se yergue todavía el mausoleo con el cuerpo momificado del cabecilla de la Revolución de Octubre y fundador del Estado Soviético, Vladímir Ilich Uliánov (Lenin). A través de todo el inmenso país sigue habiendo calles y plazas que llevan su nombre y miles de bustos y estatuas en su recuerdo. Aunque en menor medida, se mantiene el mismo culto hacia otras figuras visibles de aquella revuelta o «golpe de Estado», como Sviérdlov, Kírov, Kalinin o Dzerzhinski. Stalin aparece mucho menos debido a que su memoria fue proscrita en el XX Congreso el PCUS, celebrado en febrero de 1956, tres años después de la muerte del sanguinario dictador comunista. Pero hoy día el Kremlin se afana en rehabilitar e incluso ensalzar al terrible carnicero y se hace con tres argumentos fundamentales: Stalin, pese a sus crímenes y excesos, llevó a su pueblo a la victoria contra el nazismo, industrializó el país y lo convirtió en una potencia mundial. Hasta Trotski, el único de los dirigentes bolcheviques al que apenas se le han dedicado calles o monumentos, es el protagonista de un serial de inminente estreno en el Primer Canal de televisión ruso. Los símbolos de aquella época están igualmente presentes. El escudo soviético corona hoy día multitud de edificios oficiales, entre ellos el de la Duma (Cámara Baja del Parlamento ruso) y el Ministerio de Exteriores. La hoz y el martillo está por todas partes, en instituciones, centros docentes, fábricas, institutos científicos, instalaciones para entrenamiento de cosmonautas, cuarteles, fachadas de las casas e incluso en los puentes y las locomotoras del ferrocarril. El himno soviético fue restablecido por el presidente ruso, Vladímir Putin, nada más llegar al poder. «Hay que reconocer que entonces la gente humilde vivíamos mejor, todo era mucho más barato y accesible que ahora», sostiene Zinaida, una jubilada que apenas consigue llegar a fin de mes. Tiene 82 años y prefiere no recordar las penalidades que sufrió, siendo una niña, durante la Gran Guerra Patria (la Segunda Guerra Mundial). Tampoco quiere hablar de otros momentos difíciles como la escasez, las colas y el descalabro económico que provocó en la Unión Soviética la carrera de armamentos durante la Guerra Fría. Nostalgia de la URSS El líder del actual Partido Comunista de Rusia (KPRF), Guennadi Ziugánov, recordó el lunes en una rueda de prensa convocada para informar de los actos organizados con motivo del centenario de la Revolución de Octubre que «la educación y la sanidad eran gratuitas en la URSS». Nostálgicos de la época soviética, empezando por el propio Putin, sigue habiendo. Lo son casi todos los mayores de 60 años, coinciden en señalar los institutos sociológicos, y eso pese a que sufrieron algún tipo de represalia de parte del sistema. O lo vieron en cabeza ajena, no sólo con penas en campos de concentración (Gulags) sino hasta con ejecuciones sumarísimas. A medida que la edad disminuye lo hace también el porcentaje de adeptos al comunismo. Svetlana, de 19 años, una estudiante de primer curso en la Facultad de Filología de la Universidad Lomonósov de Moscú (MGU), ve todo aquello como muy lejano. «Parece que el comunismo en nuestro país tuvo ciertas ventajas, pero yo creo que era un régimen demasiado duro y represivo», asegura. Sin embargo, según los resultados de una encuesta publicada a principios de mes por el centro sociológico ruso VTsIOM, un 24% de la población no sabe nada de la represión estalinista. El director del instituto, Valeri Fiódorov, afirma que tal conocimiento aumenta con la edad. Entre los mayores de 60 años, el 86% sí saben de las purgas, persecución y exterminio llevado a cabo por el NKVD, la policía de Stalin y órgano precursor del KGB. El 53% de los encuestados creen que la mayor parte de los represaliados eran «personas inocentes». Pero el que puso la primera piedra del «terror rojo» fue Lenin con su tenebroso Comité de Excepción (ChK), la Cheka, a cuyo frente puso a Félix Dzerzhinski. En ese contexto de atrocidades sin límite fue ejecutado el último Zar ruso, Nicolás II, y toda su familia, el 17 de julio de 1918 en Ekaterimburgo. Nicolás II es hoy día venerado en Rusia. Pese a ello, en un reciente sondeo, el 56% estima que el papel de Lenin en la historia del país fue «positivo». Muchos psicólogos rusos consideran que lo más patente que ha quedado de la revolución bolchevique ha sido la «mentalidad de homo sovieticus», es decir, la predisposición a la uniformidad y a ser dirigidos por un «líder fuerte e incontestable». A juicio del periodista ruso exiliado en Ucrania, Evgueni Kisiliov, Putin ha sabido «aprovechar tal circunstancia». La herencia revolucionaria Lo más evidente, precisamente, de la herencia revolucionaria, aunque las autoridades rusas sean ahora alérgicas a las revoluciones, es el modelo sibilino de organización del Estado, su enorme opacidad y su carácter coercitivo. El político liberal ruso, Grigori Yavlinski, cree que «Putin se ha inspirado en el modelo comunista para construir su poder autoritaria organizado de manera vertical». En lo económico, asegura el exconsejero presidencial, Andréi Illariónov, «es un capitalismo monopólico de Estado». Utilizando como símil la palabra Gosplan, el órgano que en la URSS organizaba los planes quinquenales, Yavlinski llama al capitalismo de Putin Gosklan, palabra formada a partir de las palabras Estado (gosudarstvo) y clan.