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El cataclismo que alumbró la nueva Europa

10-05-2020 - Fuente: abc.es
El cataclismo que alumbró la nueva Europa
Se cumplen ahora 75 años del término de la II Guerra Mundial. El escaso interés por conmemorar la efeméride que están mostrando las potencias europeas implicadas no se debe solo a las contingencias del coronavirus. También influye el hecho de que, con la perspectiva de la distancia, incluso los vencedores tienen conciencia de que todos perdieron la guerra, no solo Alemania. Alemania quedó destrozada por los bombardeos y acaso también traumatizada por la terrible experiencia de haber secundado las locuras de Hitler, pero los otros supuestos vencedores, el Reino Unido y Francia, quedaron en la bancarrota y agobiadas por crecientes problemas sociales que el estado de guerra había aplazado. Podría decirse que esa guerra solo la ganó Stalin. El tirano rojo jugó sus cartas con astucia y puso sobre la mesa de negociaciones los 22 millones de muertos que la guerra había costado a su país, así como el hecho de que la URSS hubiese sido la potencia decisiva en la derrota alemana. El Reino Unido y Estados Unidos todavía enzarzados en la guerra contra Japón no supieron o no pudieron reaccionar ante el hecho de que Stalin había corrido un telón de acero entre sus conquistas y el resto de Europa. Como consecuencia de esta contienda, Europa perdió el dominio del mundo. Las dos Guerras Mundiales, que vienen a ser la misma guerra con un descanso intermedio, supusieron el suicidio político de una pujante Europa que había dominado el globo terráqueo durante medio milenio. De las cenizas del cataclismo bélico emergían ahora dos grandes potencias extraeuropeas, la URSS y Estados Unidos que competían por ese dominio y se repartían el mundo en sus respectivas esferas de influencia. Para las potencias europeas, al descalabro de la guerra seguía el descalabro de la paz: supuestamente vencedoras perderían pronto sus respectivos imperios coloniales, en parte por el lógico despertar de los pueblos sometidos y en parte por la insidiosa influencia de los nuevos gendarmes territoriales que buscaban mercados libres y estados satélites. Stalin, el verdadero vencedor de la contienda había adelantado sus fronteras hasta el corazón de Europa. En la penosa situación en que había quedado los países contendientes, con la economía estragada, aún era presumible que el comunismo se impusiera en las urnas tan democráticamente como años antes se había impuesto el nazismo. La potencia de los partidos comunistas de Italia y Francia lo hacían factible. En tal caso toda Europa podía someterse al imperio de la URSS, o al menos a su esfera de influencia. La nueva gran potencia hegemónica occidental, Estados Unidos, no podía consentirlo. Acudió en auxilio de sus empobrecidos aliados europeos con el Plan Marshall, la lluvia de un maná vivificador en forma de dólares e inversiones en el que también se integró la estragada Alemania. Los países occidentales fueron conscientes (con ciertas reticencias de De Gaulle) de que en lugar de reducir a Alemania a un estatus de potencia de tercer orden (como había propuesto el Plan Morgenthau) convenía ayudarla en su recuperación para que pudiera ejercer como estado tapón frente a la potencia soviética. ¿Restituir su fuerza a Alemania? Para ello hubo que olvidar y perdonar cuando las heridas aún sangraban. Tras una leve desnazificación los aliados repusieron en sus antiguos puestos a los mismos funcionarios que habían servido fielmente a Hitler y lo habían secundado en sus delitos. Con esa maravillosa disciplina y sentido de obediencia al Estado que caracteriza al pueblo alemán los nazis de antaño se transformaron en los demócratas de hogaño bajo la nueva gerencia. Algo positivo acarreó la pérdida del rango de las potencias europeas. Desde hacía un siglo la sociedad europea se había escindido en dos clases antagónicas, los explotadores y los explotados, fruto de la imposición del capitalismo salvaje que siguió a la revolución industrial. Tras la guerra, y ante la amenaza del comunismo revolucionario, cobró fuerza el camino intermedio socialdemócrata que alumbró el Estado del bienestar, una especie de pacto entre los dos bandos sociales antes enfrentados que ha devuelto a Europa unos niveles de prosperidad y paz como nunca había conocido. Las ganancias de la guerra Otra consecuencia de la inmediata posguerra fue el consenso de las grandes potencias antes enemigas para buscar un provecho común: el Mercado Común que una vez desarrollado se transformaría en la Unión Europea, una empresa no exenta de autorizados detractores que pueden señalar que, a través de ella, Alemania va camino de ganar su tercera guerra, esta vez no con panzers sino con euros. Finalmente deberíamos celebrar otra consecuencia indirecta de las Guerras Mundiales: la emancipación (todavía en curso, lo sé) de la mujer. Históricamente relegada la mujer a ser un menor de edad en el ámbito familiar y un ciudadano de segunda en el nacional, después de la guerra resultó imposible devolverla al ámbito privado cuando ya había demostrado en el público que podía desenvolverse tan bien como el hombre y en ocasiones hasta mejor. Confortémonos pensando que si mucho perdimos los europeos en aquella guerra de nuestros abuelos cuyo final hoy conmemoramos, también tenemos motivos para consolarnos con sus ganancias. Juan Eslava Galán es autor de «La Segunda Guerra Mundial contada para escépticos»